El niño — «La fiesta» (VI)

Ojos desorbitados y rojos, ya no sólo coca sino también alcohol





Varios tipos grandes nos esperaban. Tino comenzó a repartir órdenes, unos a la entrada, otros alrededor. Media docena de personajes que mejor no era conocer. Con dos más fui a la entrada principal. Con nosotros un nota con una lista en una libreta y con el tono de suficiencia de haber aprobado el primero de la ESO, el resto un machaca con el rostro cosido a hostias y un servidor. 

El tío con la cara masacrada se ocupaba de la entrada junto con el listo. Un servidor un poco más atrás, intentando que hubiera cierto orden en el aparcamiento. Comenzaron a llegar los coches, el más barato pagaría mi casa y la del vecino, en ellos chóferes y tíos viejos, algunos con un puro que abultaba más que ellos y todos, ineludiblemente, con una pibas que cortaban el hipo. El paraíso de la silicona, pensé, y no erraba. Todas con morros, con un tetamen que ganaban a la fuerza de la gravedad, demasiado perfecto para ser cierto. Excitación de ver aquellos cuerpos embutidos en finas telas que dejaban entrever más de lo preciso y en oler aquel perfume caro, excesivo y extravagante. Empalmado todo el rato. A punto de dar de hostias a cualquier viejarra y liarme con cualquiera de aquellas tías.

Movimientos de putas y contoneo de saber cómo ganar dinero. En la puerta varios fotógrafos intentando sacar alguna foto. Órdenes de Tino, despejar la entrada. Miradas torvas a aquellos pobres que intentan vivir de la miseria ajena. Mi compañero de rostro masacrado amenazó, yo me preparé. Nuestro objetivo un par de melenudos que no tenían ni media hostia. Una mano que se alarga y que empuja ligeramente a uno de ellos, serán melenudos pero no gilipollas. Levantan las manos, paz aquí y luego gloria.

—Tranqui, nos vamos —aseguró uno de ellos con acento de ser de mi barrio—, además no publicaran nada de esos cabrones, uno de ellos es el jefe de un periódico.

—A ver si pilla una gonorrea —advirtió el otro y yo sólo puedo pensar en la suerte de coger esa enfermedad con esas tías.

Me volví a mi sitio, un último coche que llegó y salió un viejo más arrugado que el resto, apenas era capaz de bajar del coche. Le tuvo que ayudar su chofer, un tipo mayor y que parece que ha visto demasiado a través del retrovisor. A su lado, en rápida carrera llegó su acompañante, todo curvas, todo roce exacto de la seda sobre su piel, todo aroma a hembra que precisa de veinticinco revolcones. Demasiado tiempo sin sexo, pensé cuando ella me miró.

Los huevos en la garganta, el vello erizado cuando tocó con su mano mi antebrazo y susurró un gracias que parece sacado de cualquier telenovela. Tono de terciopelo más propio de otro continente y unos ojos negros infinitos. 

El viejo se agarró a ella y caminaron hacia la fiesta desde donde nos llegaba una música ambiente que no estorba. A mitad de camino mientras observaba su trasero perfecto, se giró y quedó mirándome durante un segundo que parece eterno. Sonrió y pareció que el mundo era un lugar mucho mejor. 

Intenté centrarme, mi mundo era la Patri y no la buenorra esta. Terminará agachándose y comiéndole el vergajo al viejo. Asco y pena mezclados. La vida era así, unos lo tienen todo para que otros tengan mucho menos.

Trabajo sencillo pienso, cien pavitos y con ellos invitar a mi chica. Reconciliación a la vista, mis sueños húmedos cumplidos. Me imagino el futuro, tranquilidad a su lado y mucho gimnasio, entrenamiento y ella, el dinero que nos sobra tras ganar cuatro peleas importantes y podemos dedicarnos a copular como babuinos.

Tino que viene hacia mí, con una sonrisa en los labios y sin gafas. Ojos desorbitados y rojos, ya no sólo coca sino también alcohol.

—Niño, me han preguntado por ti.

—¿Quién...? —pregunté inocente.

—Lorraine.

—¿Qué es eso?

—La última que llegó. Se llama así, es americana. 

—Tiene nombre de puta.

—Es que lo es, Niño, y de las buenas.

Me encogí de hombros, no iba a ser monja.

—Le has causado muy buena impresión, quiere que mañana la llames —me tendió una tarjeta, la miro, veo el peligro entre sus dedos en forma de papel. Por fin la tomo.

—Ni una palabra a la Patri, si me la lías termino contigo.

—Palabra de honor.

Le doy un cachetito en la mejilla un poco más fuerte de lo que sería considerado cariñoso y le explico que la próxima vez que venga a buscarme, acuda sin drogarse, sea discreto y no me acojone conduciendo como un loco. Sonríe, efecto del alcohol y de alguna sustancia más.

—¡Qué suerte tienes, Niño! Cuando Lorraine se abre de piernas ciudades se quedan sin luz.


Continuará...


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