El niño — «La fiesta» (V)

Su mandíbula se movía a gran velocidad, las gafas de sol me impedían ver sus pupilas. Venía hasta las trancas






Cien pavos tuvieron la culpa. Por aquello mísero billete verde me metí en donde no debía. Todo se torció desde el primer momento. Desde con quién quede para trasladarnos en coche a la urbanización donde se celebraba la fiesta. Tino nunca había tenido muchas luces, siempre había sido así, entre la priva, la droga y la tontería de acelerar había conseguido que su vida fuera una mierda. Talego y calle, calle y al poco de nuevo talego. Si es que lo iba pidiendo a gritos...

Pues no viene el nota y aparece con un León más tuneado que un Ferrari y encima amarillo. Discretito, fue lo primero que pensé. Ideal al escuchar la música que atronaba desde el coche a medio barrio. Su mandíbula se movía a velocidad de vértigo, las gafas de sol me impedían ver sus pupilas pero su cabeceo me informó de todo lo que ya presentía. Venía hasta las trancas.

—¡Nene! ¿Cómo va todo?

—Va que no es poco.

—Dambutem, vamos para el curro.

Derrapar es algo que hacen los niñatos. Lo que hicimos nosotros fue algo más allá que se situaba entre joder el motor, asustar a medio barrio y ponerme los cataplines por corbata. Si se hubiera detenido le hubiera sacado del coche y le hubiera dado de hostias, ¡qué a gustito me hubiera quedado! Todo por culpa de la Patri. 

El culito mejor hecho del polígono del barrio. Toda la vida detrás de ella, siendo novios cada tres meses para dejarlo a los otros tres, mi referente femenino. Su mala hostia, mi mala cabeza. Siempre un malentendido entre nosotros, el último estaba intentando remediarlo, Tino su primo, el favor que me pide ella y yo que nunca he sabido decirle que no. A ella no. Lo que quiera. Si me hubiera pedido acudir con cuatro granadas y cinco escopetas a matar a todo el barrio lo hubiera hecho con gusto. Cuando uno entrega el corazón lo hace de verdad o no lo hace.

Ella me pidió que le echara una mano a Tino. Dos niños sin nada que llevarse a la boca. Eso y la promesa que vi en sus ojos de abrirse de piernas fue todo lo que necesitaba. 

Tino era el encargado de gestionar la seguridad de una fiesta privada, machacas de gimnasio, tipos grandes, musculosos y que tenían más presencia que maneras. En esas maneras de dar hostias y encajarlas entraba yo. La mitad que cualquiera de esos maromos pero capaz de repartir más que tres juntos. Imaginaba el resto, niñatos divirtiéndose, nosotros mirando a la calle con la mano en los huevos y deseando que todo terminará. Otros disfrutan, tú trabajas.

Tino creía que la M40 era toda suya y la empleaba a modo de circuito. Para qué ir al límite de velocidad si el coche demandaba ir a toda hostia. La situación ideal, la música atronando, el conductor con un movimiento de mandíbula que estaba a punto de desencajársela y el color discreto del vehículo. Yo ya me hacía dándole explicaciones a la Guardia Civil.

—No se apure, agente, que en cuanto dejemos su carretera le saco del coche y le infló a hostias. No se apure que es cosa mía, señor agente. Si solo van a ser dos docenas de hostias, apenas un plis plas.

Gritos en el coche mientras mi mente repasaba por dónde iba a comenzar a pegarle.

—¡Niño!¡Niño!

—¡Qué! —el volumen impedía cualquier comunicación que no fuera a gritos.

—¡Tú de tranqui! ¡Son gente con posibles! ¡Mucho dinero! ¡No te emociones!

—Me cago en mi madre, que no me emocioné. ¡Y me lo dice el farlopildo este! ¡Con el coche a toda hostia y enzarpao perdido!

Iba a comentarle algo sobre emocionarme y su cara cuando tuvo que frenar, alguien ocupaba el carril por el que circulábamos a velocidad razonable y nuestra carrera tuvo que detenerse. Claxón y gesto de contrariedad.

—¡La gente no tiene ni puta idea de conducir! ¡No les deberían vender coches!

Mi puño se cerraba, su rostro era mi objetivo, por un momento dejé de mirar a la carretera y pasé a comprobar el paisaje del dolor que iba a presenciar. Esa nariz ganchuda circunscrita por una perilla zorrera y por unas gafas de sol sería el primer elemento de mi atención. Después esa mandíbula que se movía incesante mostrando alguna pieza dental en deteriorado estado y cuando iba a presenciar el último recorrido escondido tras las gafas me asombré, me vino el recuerdo de la Patri, sus muslos torneados, su trasero perfecto y decidí que mejor me contenía. Qué tendría que tener un poco de paciencia porque en un cuarto de hora ya quería hostiar a su primo y motivos tenía, porque yo soy un tío tranqui.

El final de nuestro recorrido era una urbanización de chalets de lujoa las afueras de Madrid. Casas que parecían palacios, lugares inhóspitos en sus dimensiones, inabarcables para la gente de mi categoría, que hemos crecido en cincuenta metros cuadrados. 

El chalet que era nuestro destino tenía una entrada discreta para ellos para el resto presagiaba riqueza y lujo, tras ella una extensión de césped que permitiría una final de la champion y una vivienda que parecía perderse en la lejanía.

Sergio Torrijos



Continuará...


Publicar un comentario en la entrada