El niño — «El concejal» (IV)

Mi aspecto dejaba muy a las claras mi profesión, el concejal sonrió con cierta suficiencia








Paseé por el pueblo, que no era pueblo ni ciudad, era una mezcla rara, más parecía un barrio. Por fin el Sepúlveda, un bar de aspecto antiguo de los que había antes en las carreteras nacionales, donde se detenía el autobús de línea. Tres escalones le daban entrada y en su interior había una barra enorme, alargada y que parecía no tener fin, amplio espacio, mesas al fondo, aspecto sombrío, dos docenas de clientes reunidos en pequeños corros y charlando a grandes voces. La suciedad imperaba en el suelo, en los aparadores de las botellas e incluso en lo que parecía la vajilla. Una mujerona de rotundos pechos y mirada golosa se precipitó a mi encuentro. Lucía un vestido de flores pasado de moda y tras poner un botellín a mi alcance, se apoyó en la barra mirándome con cierto interés y mostrando algo más que el nacimiento de sus pechos.

—¿Guapo... ?

—Me llaman Niño.

—¿Niño, cómo tú por aquí?

—Un asuntillo. Busco a un señor que para por aquí, es concejal.

—¿Qué me darás a cambio?¿Un besito…?

—Dejémoslo en diez euros.

—Hay cosas que no se pueden cobrar –apreció pasando su mano por mi antebrazo y notando las durezas propias del trabajo manual.

—Ni que lo digas.

—¿Serás bueno conmigo?

—Pues claro, preciosa...

—Amparo me llamo. Quien buscas es aquel del fondo, el del bigote.

—Gracias.

El concejal lucía los mismos problemas que mi jefe, es decir, no gustaba del agua, su camisa mostraba algún lamparón, la chaqueta arrugada y la corbata que pendía de un bolsillo. El rostro duro, de los tipos que han trabajado mucho al aire libre, con arrugas profundas. Bigote grande, que delimitaba una boca aún más grande como casi todo en él pese a ser no muy alto. Fuerte, con espaldas amplias y con un tono de voz que sobresalía sobre el resto de los que le hacían compañía.

Valoré cómo actuar, entrar a saco no presagiaba nada bueno y más aún contando que estábamos en el pueblo y la policía local me las podía hacer pasar canutas.

—Niño, ¿vienes a cobrarle una deuda?

—¿Cómo lo sabes?

—Han venido muchos. Apenas sale del pueblo por eso, en cuanto le pillen un día en Madrid le van a dar por todas partes.

—Vaya costumbre que tiene el pavo.

—Desde que se metió en la política, antes era muy cabal.

—¿A ti tampoco te paga? –pregunté.

—A mí no tiene huevos a no pagarme, si me deja a deber un botellín sacó el cuchillo jamonero y lo capo.

—Buena medida.

—Solo entiende eso.

—¿Qué debo hacer?

—Darle dos hostias —respondió Amparo—, lo entenderá enseguida.

—Le protege la policía.

—Aquí no entra la policía, mi cuñado es el sargento –advirtió Amparo.

Dicho y hecho. Me acerqué al grupo. Mi aspecto dejaba muy a las claras mi profesión, el concejal sonrió con cierta suficiencia. Miré a sus compañeros de barra, tipos del pueblo, rostro curtido por el sol y manos ásperas de hacer uso de herramientas.

—¿Podemos hablar? —pedí con tono neutro.

—Claro, hombre, ¿de parte de quién vienes?

—Un asuntillo de cartas.

—¿Cartas... ?

—El chiribito.

—En esa partida me engañaron, no pienso pagar nada.

Miré a sus compañeros que discretamente se retiraron un metro y comenzaron a hablar de sus asuntos.

—Estaban conchabados, por eso me sacaron tanto. Dile a tu jefe que no pago ni una puta mierda. Peores han venido a pedirme dinero y a todos les he dicho lo mismo.

Una hostia medida, no muy fuerte. Que notara el golpe pero que no le tirara. Mis nudillos contra su nariz, algo que cedió pues se escuchó un sonido de algo cartilaginoso al partirse. 

Sangre y confusión en su rostro.

—¿Nos hemos enterado ya —advertí en voz baja— o tengo que pasar a mayores?

—Cabrón de mierda.

—¿Vas a pagar? —pregunté con el puño cerrado.

—No.

El golpe no fue tan medido, dirigido al mismo lugar, mis nudillos de nuevo contra su nariz. Ganaron mis chicos, perdió su nariz. Cayó de rodillas, dolor extremo, nada es más doloroso que una nariz rota.

—Ya nos entendemos —advertí mirando alrededor y notando que todo el bar me miraba con cierta apatía.

—Creo que sí.

—¡Paga, cabronazo! —exclamó Amparo.

Sergio Torrijos




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