El niño — «El concejal» (III)

¡Su compañero de partido es un señor ministro del interior, dirige la policía y la guardia civil, si le tocamos nos joderán vivos!




Lo primero que me llegó fue el tufo de su aliento. Luego el olor propio de quien no se ha aseado nunca con mucho vigor. Sentir que apestaba, mirar el cuello de su camisa renegreando, la barba de cinco días y los dientes amarillos fue todo. La vida había sido cruel con Zamora y siempre te lo explicaba así. Su mal comenzó cuando su mujer decidió abrirse de piernas al vendedor de butano y Zamora se vio de patitas en la calle, sin negocio, sin casa y sin nadie que le calentara el lecho. Que luego fundara Zamora Impagados fue un hecho tan casual como podía haber puesto una verdulería. El negocio era el negocio.

—Niño llevo muy mala racha —admitió desde detrás de la mesa mirando al espacio que asomaba tras la única ventana del despacho tan cochambroso como su propio aspecto.


—La mía es milenaria –repliqué sabedor ya de sus artimañas.


—¿Quieres un chupito? —preguntó mientras ya rebuscaba entre los cajones de la mesa y dejaba ver una botella de Magno, como negué con la cabeza él se sirvió en un vaso que extrajo de otro cajón— Lo sé, Niño, terminará por matarme esto o el fumeque o la mierda de vida que llevo.


—Peores cosas pueden pasar —atestigüé.


—El Palomo es un concejal de un pueblo de la periferia, le gusta hacer el egipcio, irse de putas y jugarse mucho dinero en el chiribito. 


—¿Qué tiene de especial?


—Pues aparte de que en su pueblo no se le puede tocar porque todos los municipales le respaldan y que fuera de su pueblo el partido también le apoya, nada más.


—¡Y a mi que me importa que le apoyen! —exclamé.


—Su compañero de partido es un señor ministro del interior, dirige la policía y la guardia civil, si le tocamos nos joderan vivos.


—Renuncia a la deuda, ¿de quién es?


—De una persona que nunca renuncia a ellas.


—No lo entiendo Zamora, no le podemos tocar, ni amenazar, ni tampoco desistir, ¿qué tengo que hacer?


—Convencerle —gruñó y apuro la bebida—. Siempre para por ese garito, se llama Sepúlveda y está a la entrada del pueblo.


No era mi especialidad convencer a la gente, al menos con palabras. Mi tendencia natural era una violencia desatada, un buen par de hostias era el mejor método de cobro de morosos que existía. Las palabras se las llevaba el viento, las hostias perduran un poco más.


Cuando salía del despacho de Zamora Impagados sonó mi móvil, la llamada entrante era un número oculto. Imaginé a siete mil personas que deseaban amenazarme, joderme o simplemente devolverme algo de lo que yo le había dado. Estaba equivocado.


—Niño, en tres semanas tenemos combate —era la voz de mi nuevo manager Felisuco—. Nos vamos a la Gran Bretaña. Hay que prepararse bien, si ganamos el combate tenemos mucho futuro en Europa.


—¿Contra quién peleo?


—¡Joder! ¡Qué más da! Tú entrena, el resto déjamelo a mí.


—¿De cuánto es la bolsa......? —el sonido de la línea libre fue tan claro como las intenciones de mi manager.


Llegar a aquel pueblo me supuso casi una hora entre metro y Renfe. Era el paraíso de los mediocres, calles despejadas, filas interminables de adosados y un querer y no poder que parecía plasmado en cada recodo del pueblo. Mucho tipo en chándal yendo a por el periódico, mucha mujerona con pinta de divorciada y con carencia de un buen polvo desde hacía una década y mucho niñato cabrón a medio camino de no salir de su habitación jugando a la consola o salir de ella con una katana en la mano y liarla parda.


Aparentar lo que no se era, melindres e influencia extranjera. Solo me animé un poco al llegar al pueblo, se respetaba algo de lo que fue ancestralmente, calles estrechas, un par de casas típicas y tres bares de solera. Preguntar por el Sepúlveda y recibir explicaciones fue más sencillo de lo que me parecía, todo el mundo lo conocía, aunque estaba justo al lado contrario de donde quedaba la estación de tren.


Sergio Torrijos

Continuará...


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