Con todo el odio de nuestro corazón. Fernando Cámara (II)

¿Hasta dónde se puede pisotear al ciudadano común, antes de que alguien salte y cometa una locura?

Una historia necesaria
Muchas veces, al leer una novela o ver una película, me asalta un pensamiento: ¿cómo es que esto no se me ha ocurrido a mí? La idea es tan buena pero a la vez tan obvia que la tenías delante de tus narices. Y te jode, porque se le ha ocurrido a otro en lugar de a ti. En el caso de Con todo el odio de nuestro corazón, la nueva novela de Fernando Cámara, la idea es tan evidente que asusta: tres personajes destrozados por la crisis deciden vengarse del sistema asesinando a un tipo que, a pesar de ser culpable de la ruina de millones de personas, jamás pagará por ello. Es decir, esta novela plantea una situación de lo más lógico: ¿hasta dónde se puede pisotear al ciudadano común, antes de que alguien salte y cometa una locura?

Afortunadamente, las musas decidieron depositar esta idea en la cabeza de Fernando Cámara. Y digo afortunadamente porque, si esta novela hubiera sido la obra de cualquier escritor con menos seso que Fernando —para que nadie se dé por aludido, supongamos que la hubiera escrito yo—, habría acabado siendo una ensalada de tiros, persecuciones, vísceras y violencia de comic. Por fortuna, Fernando es un tipo realmente inteligente. De eso te das cuenta en cuanto hablas con él cinco minutos. Le escuchas decir auténticas animaladas, o cosas realmente importantes, sin que su rostro impertérrito cambie en ninguno de los dos casos. Y mientras, de propina, puedes adivinar cómo su cerebro maquina a la vez alguna maldad. No me extraña que le hayan dado el premio García Pavón de novela negra de este año: si había una historia que lo mereciera, sin duda, es esta. Por lo actual del tema. Por el ingenio con la que está resuelta. Por absorbente. Por ambigua. Pero sobre todo, por lo necesario que resulta que hoy alguien cuente una historia como esta.


procúrate un arma...


En el año 1995, Mathieu Kassovitz dirigió El odio, una magnífica película con una temática, a priori, bastante similar: un policía pierde su pistola durante unos disturbios en un suburbio de Paris. Tres jóvenes, habitantes del suburbio, encuentran el arma, y, con ella en la mano, hacen planes para vengarse de aquellos que los oprimen. Hasta aquí las similitudes. Ahora comparemos ambas obras y veamos por qué Con todo el odio de nuestro corazón le gana la partida a El odio. Primer ejemplo de lo astuto que es Fernando Cámara: donde cualquiera habría jugado a la empatía con los personajes —en El odio, congenias enseguida con los tres amigos y rápidamente te identificas con sus problemas—, Fernando dibuja unos personajes tan complejos, tan llenos de aristas y tan contradictorios, que resultan aterradoramente reales. Si te los presentasen en una fiesta, seguramente te caerían mal. Segundo ejemplo: el odio que se respira en Con todo el odio de nuestro corazón es tan real que se puede masticar. No da tregua. Cada página de la novela está impregnada de un rencor asfixiante, desasosegante. El odio de esta novela es físico. Puedes palparlo, puedes olerlo. Puedes saborearlo. Impulsa a los protagonistas, aunque tengan claro que no va a haber final feliz para ellos o su causa, que la venganza es un callejón sin salida del que no hay vuelta atrás. Esta novela ha hecho, en fin, por el odio lo que El perfume hizo por el mundo de los aromas. Tercer —y, como no me quiero extender más, último— ejemplo: en El odio, los protagonistas son marginales de pata negra. Pobres y suburbiales de nacimiento. La novela de Cámara, sin embargo, nos retrata una realidad mucho más compleja: la de los que hasta anteayer pertenecían a la clase media —con su piso, su coche, su apartamento en Torrevieja, su tele de plasma y sus ahorrillos en el banco—, pero que hoy se ven en la calle, sin futuro. Personas que sufren la desorientación de haberlo perdido todo de un día para otro, sin saber cómo ha sucedido ni quién tiene la culpa. Gente que en el fondo piensa que alguien les ha tangado. El banco, el gobierno, la Unión Europea, los mercados o la madre que los parió a todos. Y entonces, ¿qué hacer? 

Pues eso. Procurarte un arma y cargarte a algún hijo de puta. Así que la pregunta pertinente al leer esta novela no sería: ¿cómo es que esta idea no se me ha ocurrido esto a mí? sino: ¿cómo es que esto no ha ocurrido todavía en la vida real?



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J. Olloqui
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