La verdad es mucho más cruel que una asquerosa mentira

Ella sonreía, esperando la respuesta de la máquina


Yo estaba alucinado por su actitud
Lo primero que me sorprendió al llegar a la ciudad costera fueron unas curiosas máquinas que había por todas partes; en ellas los turistas solían echar unas monedas para saber su futuro. Metían la mano en la máquina y ésta, después de estudiar un rato las líneas de la mano, escupía una hoja en la que aparecían escritas en varios idiomas las típicas trivialidades adivinatorias: “Vas a conseguir el amor de tu vida, Te va a tocar mucho dinero, Vas a ser muy feliz, Llegarás muy lejos en tu profesión...”. Nunca olvidaré el día en que se acercaron una pareja de ancianos a una máquina de éstas. El hombre, al parecer más temeroso, no quiso saber nada de la máquina. Sin embargo la mujer, más decidida, echó el dinero y metió su vieja mano en la ranura. Yo sonreí pensando en lo chocante que sería si le decía “Vas a conseguir el amor de tu vida, Llegarás lejos en tu profesión” y cosas por el estilo.


Ella sonreía emocionada a su marido mientras esperaba la respuesta de la máquina, y yo, con malsana curiosidad, me detuve a observarlos. En cuanto salió el papel, ella lo cogió rápidamente, se ajustó las gafas y comenzó a leerlo. Al instante, su rostro se crispó de odio y de indignación. Tiró el papel al suelo y empezó a golpear la máquina con ambos puños. Su marido, asombrado, se dispuso al momento a detenerla, pero ella lo apartó con facilidad y siguió golpeando la máquina con mucha fuerza, demasiada a decir verdad para tratarse de una anciana. Yo estaba alucinado por su actitud, desde luego.

Pero entonces la vieja se echó una mano al pecho y cayó al suelo. Dos jóvenes, que pasaban al lado, se agacharon a socorrerla. Yo me encontraba en la otra acera y pasaban coches, por lo que no podía cruzar. Uno de los jóvenes fue a llamar a una ambulancia. Mientras tanto, el viejo intentaba aliviar a su mujer.

De repente, los ojos de la mujer se cerraron. El otro joven le tomó el pulso. Dejaron de circular coches y pasé a la otra acera. “Creo que está muerta”, dijo el joven, temblándole la voz. El viejo rompió a llorar, abrazándola desesperado. Yo me agaché a recoger el papel. A diferencia de otras veces, sólo había una línea en varios idiomas, la cual decía: “Va a morir enseguida”.

Relato contenido en El último concierto de David Salas, de Roberto Malo, el más y mejor cuentista de la banda.
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