La guerra de los dos mil años. Francisco García Pavón

La tradición antirrealista emerge a la superficie tras años de vida subterránea

Visión distópica del paisaje urbano
Aunque su dedicación a la novela policiaca pudiera indicarlo, lo cierto es que Francisco García Pavón (1919-1989) aceptaba con reservas el racionalismo. De hecho, su Plinio se guiaba más por «pálpitos» que por evidencias. No es de extrañar, por tanto, que el autor de Tomelloso haya cultivado la literatura fantástica, legando este libro llamado La guerra de los dos mil años.

Esta antología, que vio la luz en 1967, ha sido recuperada gracias a la reedición de Ana Casas y David Roas. Según ellos mismos dicen, «no resulta tan extraña si se tiene en cuenta el contexto en el que aparece: se alinea con una tradición antirrealista que, tras años de vida subterránea, emerge a la superficie en la década de los 60, cuando el realismo empieza a dar signos evidentes de agotamiento».

Si en novelas policiacas como Las hermanas coloradas o El hospital de los dormidos, García Pavón hablaba de un mundo —la España rural y sus costumbres que estaba desapareciendo, en La guerra de los dos mil años, partiendo del presente y con actitud satírica, parece mirar al futuro, viendo lo que se nos avecina. Llama la atención la dedicatoria del libro:


Para mi hija Sonia. Tan nueva, tan lejana todavía de las extrañas cosas de este mundo, de esta guerra de los dos mil años.

Veinte cuentos, también llamados capítulos, componen esta obra monográfica de carácter unitario, donde se percibe la represión sexual de la época —no faltan cuentos surreales de erotismo desatado, que bien podrían firmar Buñuel o Fellini—, y se pueden rastrear nuestras más españolas tradiciones. Pero, sobre todo, se ve con desconfianza el progreso de la tecnología, que cada vez tiene un papel más protagonista dentro de nuestra sociedad.



un paisaje urbano que ahora llamaríamos distópico


La visión del paisaje urbano que ofrece García Pavón, que ahora no dudaríamos en calificar de distópica, resulta premonitoria: en nuestras ciudades la polución aumenta hasta límites intolerables, y los coches se adueñan de todo: calzadas, aceras... hasta fachadas y azoteas.

Quizás el lector actual de ciencia ficción esté acostumbrado a todo tipo de explicaciones y justificaciones científicas. Pero Pavón es de la vieja escuela y no duda en dar la espalda al rigor de la narración si se trae entre manos un argumento o una situación humana que vale la pena denunciar. De alguna manera, al autor le preocupaba —era capaz de adivinar— la pérdida de intimidad que acarrearía la llegada de los medios audiovisuales. Todo esto tiene más mérito si pensamos que lo escribió casi medio siglo antes de que llegara la Sociedad de la Información:

De pronto, todo el mundo se sintió espiado y observado minuto a minuto de su vida; y, a la vez, con un deseo obsesivo de espiar, de observar la vida del prójimo. La cosa llegó a tal extremo que era muy frecuente que los buscadores del secreto del prójimo, al intentar localizar a ese prójimo, lo hallarán junto a su receptor, mirando al mismo que los buscaba.

La urgencia que imprime estas páginas no las hace envejecer; más bien parece que contengan las reflexiones de un observador sabio del que podemos aprender mucho. Una lectura atenta justificará su estatus de «libro de culto», habida cuenta del contexto político y social en que se fraguó. Antes había que leerlo de prestado gracias a la generosidad de algún iniciado, y ahora, gracias a esta reedición, podemos comprarlo fácilmente. De hecho, yo conocí La guerra de los dos mil años porque muchos amigos —a decir verdad, dos: Luis de Luis y Fernando Cámara no paraban de recomendarlo, quejándose de que estuviera descatalogado. Me contaban una y otra vez, cuando estábamos en un bar, «El paso de las aceitunas», y no dejábamos de aplaudir la imaginación y la lucidez de Francisco García Pavón. No acabaré estas líneas contándoos este relato; ahora, por fin, lo podéis leer vosotros mismos.

Salto de página, 2013

David G. Panadero
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