La casa vacía de Lilja Torr. Jimena Antoniello

Como un laberinto sin fin, una especie de Rayuela a la inversa, pésimamente planteada. Así me siento, un deplorable escritor al que sus personajes le abandonan




En blanco. Esta página se quedará en blanco. La maldita crisis de la página en blanco… ¿o será un síntoma de que ya no soy la misma persona que solía ser? Lo he intentado todo para que esto no sucediese, para no quedarme con los ojos secos y el gesto mustio. Mi editor me recomendó escribirlo, hablar de lo ocurrido como forma de exorcizar mis fantasmas, los del pasado y los del presente para volver a ser el sujeto alegre y dinámico que escribía novelas de un tirón. Novelas de crímenes y suspense.


Me acusó de cuentista barato y dejó de hablarme


Pero no funciona. Llevo tres noches seguidas intentándolo y nada parece mejorar. Lo cual me genera una impotencia terrible, y eso que le he dado vueltas hasta el cansancio, en busca de una razón, una sola, para entender cómo ha sido posible. He repasado con minucia cada uno de los movimientos para que nadie supiese que fui yo. Que aunque ha sido mi culpa, no fue mi intención ofenderle de ese modo y que desapareciese sin más. Ahora las letras se han quedado huecas y la estructura malforme. 


Lilja Torr se ha marchado de su casa cuando yo estaba escribiendo sobre ella. Llevábamos un tiempo discutiendo en cuanto a la mejor estrategia para descubrir que había ocurrido a su amiga Sarai, después de la muerte repentina del marido de ésta. Fue bajo circunstancias dudosas y la policía acusó a Sarai como sospechosa principal. Pero Lilja sabía perfectamente que ella no había podido ser, que su amiga era incapaz de dañar a alguien, así que decidí ayudarla y hacer algunas averiguaciones. Le indiqué el camino, las personas a las que debía visitar e interrogar, pero cuando las pistas nos llevaron a Mateus Torr, su padre, Lilja se enfadó conmigo y me reprochó que haya escrito todas esas cosas. Me acusó de cuentista barato, de liante sin compasión y dejó de hablarme. Luego se marchó. Fui hasta su casa en repetidas ocasiones a implorarle que hiciéramos las paces, pero no hubo manera. La última vez que golpeé su puerta sin que me contestase, descubrí una llave escondida en un macetero roto que se descomponía cerca de la entrada, y me aventuré a allanarla. Dentro todo permanecía intacto, cada cosa en el mismo sitio donde Lilja y yo lo habíamos dispuesto hacía años. Entiendo que un personaje no necesita equipaje, pero si yo no le brindo las cosas nadie más puede hacerlo. Y ahora, apenas soy capaz de teclear su nombre. Lo peor es que es obstinada y nunca se retracta, la conozco. No volverá jamás. 




Quizá esté coqueteando con algún lector que le haya dado asilo, o con otro escritor que se identifique más. Lilja se esfumó de mis dedos para siempre y me siento culpable y miserable. Intenté recapitular, hacer algunos cambios, pero las pistas y las huellas siempre me devolvían a Mateus Torr. No importaba cómo cambiase los argumentos o qué dialogaran el resto de los personajes, que la sospecha volvía a caer sobre los hombros de su padre. Como un laberinto sin fin, una especie de Rayuela a la inversa, pésimamente planteada. Además así me siento, un deplorable escritor al que sus personajes le abandonan. Pensé que en estos últimos dos años nuestra amistad y nuestro lazo se habían afianzado. Es cierto que la conocí de adulta, con sus treinta y pocos años y su cabello caoba, mientras rebuscaba en su billetera la tarjeta de crédito para pagar unos libros que había elegido. Fue cuando la localicé aquella mañana de lluvia, en pleno centro de la ciudad. 


Hasta he cambiado la cafeína por las infusiones


Pura casualidad que nos viésemos, porque no suelo escribir tan temprano. Pero me sonrió y ya no pude apartarme. Lilja tiene una personalidad arrolladora, alegre. Es un poco quisquillosa para ciertas cosas relativas a la comodidad y el orden, pero nada del otro mundo. Después que compró los libros le acompañé hasta una cafetería. Se sentó contenta, pidió un cortado doble y me miró a los ojos. Me preguntó con una soltura casi indecente, si ahora que nos habíamos encontrado pensaba seguir escribiendo con ella, sobre ella. Por supuesto no pude negarme. Así que seguimos juntos tomo tras tomo, mientras me ayudaba a resolver los intrincados crímenes de mis novelas negras. Al final se había convertido en una ayudante perfecta. Le ofrecí ser la protagonista pero me dijo que el teniente Morrison era mucho más elocuente y profesional, que su papel debía seguir siendo el de colaboradora ocasional que siempre tiene una buena idea para resolver el embrollo. Estuvimos todos de acuerdo, incluso el teniente; sobre todo él. Aunque Morrison es un hombre cincuentón y un poco rudo de aspecto, sé que Lilja le gusta. Le tiene un cariño que dista mucho de ser fraternal; ella es preciosa. Si tuviese que volver a describirla, diría que me recuerda a las palabras extensas, de fonética agradable, más bien vocal. Consonantes pocas. Sus movimientos recuerdan al Presente Perfecto del Indicativo, con una suave rotundidad que no deja lugar a dudas.


Ahora mis páginas estarán en blanco y su casa vacía. Lo he intentado todo, hasta he cambiado la cafeína por las infusiones y he dejado de fumar. A Lilja no le gusta el humo del cigarrillo, dice que pone las uñas y los dientes amarillos. Pero no ha vuelto. Aún no sé nada de ella y no puedo acudir a su padre porque no sabría explicarle el motivo de su desaparición. Intentaré quedarme un rato más frente al monitor a ver si la veo, si averiguo algo… si puedo volver a pintarla y de tener éxito, intentar convencerle para que se quede una temporada más aunque sea. Mientras tanto, me encuentro inactivo, y el teniente Morrison tendrá que esperar alguna página más para resolver su crimen.
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