Sentido

No soy tan ingenua como para pensar que el género negro no tiene un sentido: iluminarnos sobre los mecanismos del poder y sobre la naturaleza humana

Todo esto TIENE un sentido
La lectura del libro Último domicilio conocido de Joseph Harrington recomendado por José María Sánchez Pardo, recomendaciones siempre a tener en cuenta, coincidió con el anuncio del último libro de Eugenio Fuentes, un ensayo titulado Literatura del dolor, poética de la bondad. No he leído este libro todavía, pero estoy impaciente por hacerlo. El autor me merece confianza y el tema que, supongo, trata es uno de los temas clave por el que me aficioné a la lectura de policíacos, negros y negrísimos.

Cuantas más novelas leía, más cuenta me daba de que el género debía de sostenerse en dos pilares básicos: el reflejo, más o menos crítico, de la sociedad y la reflexión sobre cuestiones morales, es decir, sobre el mal. Y hacerlo, además, con la ligereza y aparente facilidad de una literatura «menor». Como decía un personaje de Robertson Davies creo que sobre el arte en general (es verano, hace calor, no me hagáis buscar la cita exacta), “no soy tan ingenuo como para pensar que todo esto no tiene un sentido”. No soy tan ingenua como para pensar que el género negro no tiene un sentido, el de iluminarnos sobre los mecanismos del poder y sobre lo más oscuro de la naturaleza humana.



el poder como verdugo de los inocentes


Creo que Harrington también tenía claro el sentido del género. Literariamente, hay novelas mejores, pero pocas con una intencionalidad moral y un planteamiento tan radical como esta. De entrada, no hay cadáver. Sólo la búsqueda de un hombre clave para un juicio. Pero no se busca un mafioso, un asesino, se busca  a un hombre honrado y, de hecho, se acaba buscando una niña. El policía es un antihéroe, no corre aventuras, ni tiene brillantes intuiciones, sólo la tenacidad de un sabueso y el obsesivo afán de cumplir con su deber. Este policía protagonista es un auténtico cenizo: la novela empieza cuando lo degradan, precisamente mediante un flagrante abuso de poder. Pero lleva sus desgracias con total dignidad, sin emitir la mínima queja.


El amargo final pone en evidencia cómo el sistema social y el poder que lo maneja convierten a inocentes en chivos expiatorios necesarios para su propia supervivencia. Cómo seguir a rajatabla la letra de la ley (coger a los mafiosos), olvidando su espíritu, su sentido primero (defender y salvaguardar a los inocentes) nos lleva a aberraciones tales como llevar a un supuesto altar sacrificial de la ley a una víctima tan inocente como una criatura de nueve o diez años.


La novela acaba de manera simétricamente opuesta a como empieza: el poder actúa como verdugo, abusando de los inocentes, abusos que van implícitos, no nos engañemos, en la propia naturaleza de todo poder.


Lectura recomendada:
Último domicilio conocido
Ediciones del azar, 2013



                                                    Ángeles Salgado
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