Segundos negros. Karin Fossum

Europa del norte, países aparentemente pacíficos y civilizados donde también se cometen crímenes


Crónica negra y a la vez sentimental
Una extremada sencillez en el planteamiento y una tremenda eficacia en la resolución es lo que caracteriza esta novela de la reputada escritora noruega de novelas de misterio. Frente a la sobreabundancia tan acostumbrada en la narrativa actual, Karin Fossum se basta con unos pocos personajes para profundizar en un enigma, importando más el cómo se hizo que el quién lo hizo. De hecho, Fossum juega con las cartas boca arriba, y cualquier lector atento podrá hacer sus conjeturas y descubrir al culpable casi desde el inicio.

La preciosa Ida Joner está a punto de cumplir diez años. Una tarde cualquiera de septiembre sale a comprar golosinas... y no vuelve. Su madre quiere pensar que se habrá entretenido, pero pasa el tiempo y no llega. Se entretiene siguiendo sus rutinas habituales, como si eso ayudara a que la niña regresara... En muchas novelas negras nos hemos acostumbrado a un desarrollo frenético de la acción, que en ocasiones incluso pone en entredicho la verosimilitud del relato, todo con tal de buscar giros sorprendentes y nuevos golpes de efecto. No sucede así en Segundos negros, pues su autora plantea un ejercicio de "tensión lenta pero creciente", prestando más atención al desarrollo de personajes, humanizándolos para que dejen de ser meros estereotipos y tengan vida propia. No quiere eso decir que la novela carezca de sorpresa final. Eso sí, la sorpresa será tan llamativa como coherente, y no comprometerá la lógica interna de la historia.


sus gentes, sus claroscuros...


Además, como decíamos, el dramatis personae de la novela es escaso, ya que Karin Fossum prefiere centrarse en unas pocas situaciones y personajes, exprimiendo todo su potencial dramático, antes que acumular circunstancias, lugares, conversaciones que acabarían confundiendo al lector. 

Destaca el comisario Konrad Jeser, discretamente melancólico, que otorga un trato exquisito a los sospechosos, haciendo que se sientan cómodos... y acaben contando más de lo que les gustaría. También el joven Tomme, primo de la desaparecida, que sufre los vaivenes de la adolescencia. La robusta anciana Elsa, que cuida con mano firme de su hijo Emil, que ya anda por la cincuentena y desde la infancia, por algún motivo no aclarado, decidió dejar de hablar.

Todos estos personajes dibujan un fresco de la Europa del norte, de esos países aparentemente pacíficos y civilizados en los que da la impresión de que nunca pasa nada fuera de lo normal. Aunque también allí se cometen crímenes.

 —En este momento estoy pensando lo siguiente —dijo Sejer—: que un porcentaje abrumador de las personas que son asesinadas en este país mueren a manos de alguien a quien conocen.

No hace falta insistir en que, a su manera, la novela de Karin Fossum es una crónica negra que tiene mucho de sentimental, donde la vida interior de los personajes pasa a un primer término. Desarrollada desde esta perspectiva, como decíamos, la novela presenta con sencillez y eficacia una historia de gran calado. Y además, lo hace localizando la acción en un pequeño pueblo de Noruega, eso sí, eludiendo el costumbrismo pintoresco, retratando a sus gentes, con sus claroscuros, de forma concisa y ágil.

Mondadori, 2013

David G. Panadero
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