Cartas de amor

Estaba borracho y además estaba en celo

Y mi vista se aclaro por el brillo de sus ojos
Era de noche y la luna, cual sonrisa del cielo, se reía de mi borrachera. Sí, estaba borracho y además estaba en celo. De esto último se debió de dar cuenta una prostituta dorada que había en la calle, pues se vino hacia mí y me dijo sensualmente: “Hola, guapo. ¿Me buscabas?”. La miré. Era la puta de oros. Ignorándola, seguí caminando como si nada y entré en un bar que estaba de bote en bote. Llegué dando tumbos a la barra y pedí un whisky doble a dos camareros gemelos que vinieron a atenderme a la vez. Al momento me trajeron el whisky entre los dos. Cuando conseguí cogerlo, al tercer intento, miré a mi alrededor. Y mi vista se aclaró por el brillo de los ojos de una mujer. Estaba al fondo de la barra. Alucinado y turbado, la miré. Era preciosa, maravillosa. Y al verla bien me di cuenta de que era la mujer que había buscado durante toda mi vida: la dama de corazones. Sí, la dama de corazones, la dama que atiende a todos los corazones. Apresurado, caminé hasta llegar a su lado, la tomé del brazo con suavidad y le dije lenta, dulcemente: “Todo hombre busca un agujero donde esconderse. Yo quiero que tú seas el mío. Quiero perderme dentro de ti. Quiero esconder mi rostro entre tus senos...”. Y no pude decir nada más, pues me pegó un puñetazo en un ojo, otro en el estómago y me tiró con violencia al suelo. Me había equivocado de carta, por supuesto. Ella no era la dama de corazones: era la sota de bastos.

Relato contenido en El último concierto de David Salas, de Roberto Malo, el más y mejor cuentista de la banda.
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