Ulises. James Joyce


Los eruditos buscan símbolos, equivalencias y caricaturas en esta novela épica, de argumento banal y prosaico. Faltándome espacio y sobrándome displicencia, haré mi pequeña aportación

Virulento y alcohólico irlandés

Nada más lejos de mi intención que desarrollar aquí un estudio narrativo serio sobre el Ulises de James Joyce, algo para lo que, dado el texto que tenemos entre manos, faltaría mucho espacio y me sobraría displicencia. Esa fue, sin embargo, la postrera intencionalidad de este virulento y alcohólico irlandés, dentro a la par que fuera de su tiempo; dar pie a la eternidad, y a una interminable caterva de estudiosos, para que se quebrase los sesos dando vueltas al interminable decálogo de símbolos, equivalencias y caricaturas eruditas que abarrotan la obra. Pese a todo, evitando cualquier pretensión, me apresto a llevar a cabo mi pequeña aportación a la hipérbole de divagaciones que tienen como objeto el Ulises.

No cabe duda de que afrontar hoy por hoy el libro es una tarea ardua, en el mejor de los casos, e imposible para la mayoría de gente que actualmente se embarque, cual dura batalla, en una lectura completa. No obstante, más que encontrarse tales dificultades debidas a la tan cacareada densidad de un texto paradigmático, podemos percibirlas en la disposición del que trate de leerlo. Se trata de un libro cuyo disfrute depende en gran parte de la recepción del lector, de su bagaje referencial, sentido del humor y ámbito intelectual, por lo que podemos afirmar que, dada la indefensión cultural que nos rodea, muy próxima al analfabetismo, Ulises es una novela poco recomendable. Si ya en 1922, año de su publicación, pocos lectores, aún en los círculos cultos de la Irlanda de la época, tenían la erudición necesaria para aproximarse a ella en plenitud, en los tiempos que corren mejor no pensarlo siquiera.


se pasa por el forro las convenciones de la narración


Y es una pena, ya que se trata de una de las obras cumbre de la literatura del siglo XX. Una novela épica, cuyo argumento banal y prosaico cambia brutalmente de prisma bajo el enfoque simbólico, inapelable, que transforma el devenir cotidiano de unas vidas insignificantes en un viaje épico y alucinado, tan memorable como la Odisea de Homero en la que tanto empeño puso Joyce para encontrar paralelismos y ejercitar parodias. El Ulises es un libro al que resulta conveniente aproximarse con inherente cautela, pero siempre carente de las aprensiones que podrían emponzoñar el primer y vital acercamiento a la prosa de Joyce, a sus juegos de palabras, sus brutales ejercicios mnemotécnicos y su mofa constante de arquetipos e instituciones. Es mejor dejarse llevar por la vorágine del fluir de la palabra y el devenir súbitamente poético de la plasmación de ambientes y situaciones, intentando en la primera lectura no abstraerse en el vislumbrar concomitancias odiseicas, salvo quizá en los capítulos evidentes, memorables por otra parte.

El núcleo conceptual del Ulises no es otro que la plasmación de la idea de que el pensamiento humano no ha de darse sino en la forma del lenguaje, y es esto y no otra cosa lo que produce la brutal revulsión que tuvo lugar a la hora de la publicación del libro. El germen y a la vez el punto álgido del stream of conciousness que luego hubieron de tomar otros escritores con mayor o menor fortuna (veamos a Virginia Woolf y el desalmado grupo de Bloomsbury, eximiendo siempre de cualquier connotación peyorativa a la gran Katherine Mansfield), es una de las constantes estilísticas de la obra y una de sus recurrencias, pese al empeño del autor en mostrarnos su inmensa técnica (y su gusto por la parodia, en muchas ocasiones a temas que sólo Joyce conoce) divergiendo en estilos dispares a tenor de los diferentes capítulos del libro. Estos se hallan unidos en el constante fluir de los pensamientos de los personajes sin una secuencia lógica definida, algo que encuentra su canto del cisne en el muy famoso monólogo en duermevela de Molly Bloom, donde el autor, en aras de alcanzar la plena connivencia con el pensamiento, prescinde por completo de signos de puntuación y se pasa por el forro cualquiera de los hasta entonces inviolables preceptos de la narración literaria. Quizá algo así hubiese dado en resultas una broma grotesca, de no ser por el alma poética de James Joyce, en cuya memoria visual, verbal e incluso auditiva todo fluye y se coordina. ¿Es por ello que podemos encontrar poesía en Ulises, independientemente de su hiperrealismo y de su en ocasiones cazallero humor de mórbido irlandés borracho? A mí, particularmente, no me cabe la menor duda.

Edición recomendada:
Cátedra, 2004
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J.F. Pastor Pàris


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