¡Qué cabrones! Pablo Villanueva


Un hombre de mediana edad camina por una acera bastante sucia que le acerca a la estación de Atocha. Se encamina hacia los aseos donde se lava y se peina

Foto: Diario de Burgos

El amplio habitáculo en el que se encuentra el cajero automático empieza a registrar su actividad habitual. La noche ha sido tranquila, ya no hace el calor de los últimos meses en los que no es posible conciliar el sueño, y las ideas, malas por lo general, no paran de dar vueltas dentro de la cabeza. El pequeño grupo de habitantes de este espacio comienza a recoger sus pertenencias: una mochila por cabeza, la mayoría descoloridas y remendadas, unos pocos cartones y alguna esterilla para los más afortunados. Salvo las mochilas, los demás elementos quedan semialmacenados en un rincón con la esperanza de volver a encontrarlos al caer el sol.

Al salir a la calle cada uno toma un camino, cada uno con sus intenciones, todos con pequeños golpecitos en el interior del estómago mientras la ciudad despierta a un nuevo día, probablemente un día como todos los demás. Poco a poco va aumentando el bullicio de coches y peatones. Sólo uno de los usuarios nocturnos del cajero se aleja más allá del pequeño parque cercano donde los demás pasan como pueden el resto del día.

Un hombre de mediana edad, rondando los cincuenta, de estatura y corpulencia estándar, camina lentamente por una acera bastante sucia que a medida que asciende le acerca a la estación de Atocha. Una vez allí, como todos los días, da igual que sea martes que domingo, se encamina hacia los aseos donde, lo mejor que puede, se lava y peina además de realizar otras necesidades fisiológicas propias del lugar donde se encuentra. Antes de salir se mira en el espejo, mientras pasa su mano derecha por el mentón, apreciando que la barba ya está bastante crecida, pero no lo suficiente como para malgastar la poca espuma de afeitar que le queda en la mochila. Acostumbrado como estaba a rasurarse todos los días, ha tenido que ir adaptándose a llevar la cara cubierta con un pelo incipiente que elimina en cuanto puede.


esta mañana ha habido suerte: café acompañado de bollo


La estación es un buen lugar para arañar unos céntimos de aquí y de allá, aunque cada día cuesta más juntar los suficientes para poder llevarse algo a la boca. A última hora siempre consigue algunas sobras de los bares de la zona en la que ya es lo suficientemente conocido como para poder ser merecedor de ellas, sin embargo, a estas alturas de la mañana no es tan importante saciar el apetito sino poder acceder a un local de reciente apertura que se encuentra en la calle Moratín, una especie de café biblioteca donde la lectura de periódicos y revistas es parte de la oferta del establecimiento.

La decoración moderna llama la atención en una calle clásica de Madrid, estilo funcional al servicio de la simplicidad y el abaratamiento de costes frente a la pérdida de calidad. Un sitio que tiene como único aliciente la lectura a un precio reducido. Esta mañana ha habido suerte y hoy el café con leche irá acompañado de un bollo, ¡ni churros ni porras ofrece el local! La mesa del fondo está vacía, parece que sigue la suerte, quizás hoy se publique esa noticia tanto tiempo esperada.




El País, El Mundo, Expansión, Cinco Días, cuatro periódicos para un poco de todo. En primer lugar un repaso rápido a las noticias de ámbito local para después centrarse en las de carácter económico, a lo que ha dedicado la mayor parte de su vida. La crisis, una de las palabras más veces escrita y oída en los últimos años, sigue ocupando gran parte de las páginas de este tipo de publicaciones. “En 2010 salimos de la crisis”, esta frase retumba en su cabeza ¡qué lejano queda 2010! ¡qué fatídico año!

Aunque han pasado varios años, las noticias siguen siendo las mismas y las consecuencias parecidas. Hay una noticia que le recuerda esa época, comenta que la oposición reclama al Gobierno de la Comunidad de Madrid que exija a una empresa que devuelva las subvenciones recibidas debido a la deslocalización de la misma. La palabra deslocalizar ha sido incluida en el diccionario debido a la situación actual, antes no existía. No existía la palabra ni el problema al que se refiere, el traslado de empresas buscando menores costes y dejando a los trabajadores sin forma de ganarse la vida, algo cada día más habitual. ¡Qué cabrones!, piensa, mientras recuerda que la empresa en la que él trabajaba hizo la misma jugada quedándose con todo el dinero público, por cierto.


una lágrima cae sobre la hoja del periódico


La consecuencia de la noticia anterior aparece en las páginas siguientes, el desahucio de una familia como consecuencia del impago de la hipoteca. Otra más, y van muchas, aunque a cada uno le afecta más la suya. Una lágrima cae sobre la hoja abierta del periódico, un recuerdo más de aquél nefasto 2010. Otras noticias sobre el crecimiento de las economías de los países asiáticos gracias a las inversiones de empresas extranjeras, los productos que antes él fabricaba ahora los hacen allí para luego venderlos aquí a un precio mucho más competitivo aunque a costa de una calidad muy inferior. ¡Qué cabrones! Esto no da para más, todo sigue igual, así que tras devolver los periódicos a la estantería correspondiente, sale a la calle en busca de… ni él mismo lo sabe.

Hasta hace unos días en los que el calor apretaba de lo lindo, estas horas del día las pasaba entre calles estrechas y frescas, entre Antón Martín y Lavapiés, viendo escaparates o en algún banco a la sombra. Su precaria situación le impedía acceder al interior de los locales por lo que raramente entraba en algún sitio. Un banco situado frente a un bazar de esos en los que se vende prácticamente de todo se convirtió en parada obligatoria. Desde allí podía ver perfectamente lo que ocurría en su interior, gentes comprando objetos de plasticucho, un empleado de ojos rasgados cobrando junto a la puerta y un continuo entrar y salir de gente. Un comercio al servicio de la simplicidad y el abaratamiento de costes frente a la pérdida de calidad. Las dotes de observación de las que siempre había hecho gala, pronto le hicieron darse cuenta de algo que se escapa a la mayoría de las personas. Aunque los orientales nos parecen todos iguales, no es así, por lo que, con un poco de atención, se le hizo evidente el continuo cambio de cobradores a la puerta del comercio. Algo mosqueado, su otrora ocupada cabeza empezó a bullir en su interior. Decidió entrar al local en el que cada vez pasaba más tiempo, siempre observando, siempre atento. Escondido tras unas estanterías analizaba todos los movimientos, hasta que descubrió una trampilla en el fondo del local por la que aparecían y desaparecían los distintos ocupantes de la caja registradora, por otra parte, único empleado del establecimiento cuando este estaba abierto. También advirtió que el cambio de cajero únicamente se producía cuando no había nadie en el local, o eso creían. ¡Qué cabrones!, masculló.


Foto: Antonio J. Cano

Una tarde de calor sofocante se quedó dormido en el banco durante mucho tiempo. Cuando se encendieron las luminarias de las farolas, abrió un ojo mientras la persiana metálica del local situado frente a él bajaba lentamente emitiendo un leve sonido. Tras sorprenderse por haberse dormido, aún lo hizo más al comprobar que estaban cerrando el local ya que tenía la impresión de que este tipo de establecimientos no cierra nunca. Quiso comprobarlo al día siguiente, pero la persiana no bajó, al menos hasta medianoche, cuando decidió volver a su dormitorio habitual. Su innata vocación de observador y, porqué no decirlo, el no tener nada mejor que hacer, le llevaron a seguir comprobando los días sucesivos si el establecimiento cerraba o no. Tras varias semanas pudo concretar, sin temor a equivocarse, que al anochecer, un día concreto de la semana, la persiana echaba el cierre, algo que no ocurría los demás días. A partir de aquel momento volvió a entrar asiduamente al establecimiento, aunque nunca compró nada. Siempre atento a escapar del campo de acción de la cámara de seguridad que se movía con acompasados y regulares giros y que por alguna extraña razón nunca llegaba a la trampilla situada al fondo del local.

Tras salir del local de la calle Moratín, se dirige hacia el Paseo del Prado donde muchas personas se encaminan hacia las puertas de entrada del museo del mismo nombre, la mayoría turistas extranjeros, abundan las rubias con rostro pálido y cortos pantalones y los de tez amarillenta con una o dos cámaras colgadas del cuello. Él solo está de paso, aunque conoce bien el interior porque procura visitarlo los días en los que es gratuito en horario vespertino. Continúa callejeando por lugares de grato recuerdo y perfecta compañía, paseos repetidos las mañanas de tantos domingos hasta no hace mucho tiempo junto a su esposa y su hijo que está a punto de cumplir los once años. Un hijo al que tanto añora porque hace varios meses que no ve, desde que se refugió con su madre en el norte, en la casa familiar que los ha acogido y donde no hay sitio para él. Deja atrás el Museo del Ejército hasta llegar al Parque del Retiro, excelente lugar para gastar unas cuantas horas de un bonito día de principios de otoño.


personas ociosas en el parque


No hay mucha gente en el parque, personas ociosas en su mayoría, algunos jardineros y unos pocos manteros junto al estanque que venden películas y música pirateadas, tabaco de dudosa procedencia, juguetes de plástico y cosas por el estilo. ¡Qué cabrones! Todo ilegal. El sol está en lo más alto aunque no calienta demasiado. Algunos bancos están ocupados por gente comiendo estilo inglés, pequeños bocadillos en su mayoría de pan de molde. A ver si hay suerte y alguno deja algo sin terminar.

La pradera tiene una ligera pendiente, la hierba está un poco alta por lo que le cuesta rodar al balón que patea un niño pequeño. Muy cerca, sus padres, sentados en el césped, lo miran riendo ante las dificultades que tiene para lanzar el balón lejos. Los tres ríen y se abrazan durante mucho rato. Los padres, acurrucados, se dejan vencer por los rayos de sol y entran en un estado de duermevela mientras disfrutan de la felicidad del momento. De pronto, el niño golpea el balón con fuerza yendo a chocar contra la espalda del hombre al que produce un ligero sobresalto…


No es mucho, pero algo hay

Algo ha golpeado en el respaldo que le hace despertar inesperadamente, todavía entre un mundo y otro, al abrir los ojos, observa a un niño que lo mira con cara de susto señalando a sus pies. Sin dejar de mirarle recoge el balón que el pequeño espera impaciente y con un hábil gesto lo lanza certero hasta las pequeñas manos que lo reciben con no menos habilidad. El lanzador sonríe durante un segundo mientras el niño se aleja rápidamente con su balón bien sujeto.

Después de dormitar un par de horas en un banco, añorando otros tiempos y con el estómago medio vacío, por ser generosos, decide salir del parque y paseando tranquilamente llegar hasta la Cuesta de Moyano y el entorno de la estación a la que acude todas las mañanas. Con la tarde ya avanzada, su intención es comer algún resto que haya quedado en uno de los muchos restaurantes de la zona. No suelen dar las sobras a indigentes porque no quieren que se masifique la afluencia de estas personas, pero él solía frecuentar algunos de ellos y todavía le abren alguna puerta. Se acerca a la entrada trasera donde es recibido con lástima, no es mucho, pero algo hay, cada día sobra menos porque cada día se prepara menos comida. En un rincón de la cocina apura un plato de lentejas y un chusco de pan que le parecen el mejor manjar. Para compensar procura ayudar en alguna tarea como recoger alguna caja o tirar basura, algo que le hace sentir menos culpable y que le dejan hacer para que se sienta mejor aunque no sea necesario.


pensando que las cosas vuelvan a ser como antes


Con la llegada del atardecer hay que acercarse a la improvisada habitación, si te descuidas alguien puede usurpar tu lugar, como le ocurrió en varias ocasiones hace unas pocas semanas, y tener que dormir a la intemperie porque no hay forma de encontrar un hueco libre. Recoge su mochila en la que introduce un poco de pan ya bastante duro, pero que puede ser una tabla de salvación en cualquier momento. Pasa por una pequeña plaza donde queda poca gente aunque se amontonan tetrabriks de vino y botellas de cerveza de litro que han sido devoradas durante el día. Durante unos segundos mantiene la vista fija en el montón de residuos, por su mente ha pasado muchas veces la idea de abandonarse a su suerte, de pasar el día bebiendo cartones de vino en el parque como el resto de usuarios de su improvisado dormitorio, pero las mismas veces, o más, se ha acordado del placer que suponía tomar un buen vino, un tinto de Rioja, su preferido. Pasa suavemente su lengua por el labio superior y continúa su camino pensando que algún día las cosas puedan volver a ser como antes. La gente transita con parsimonia, en los últimos años parece que se han reducido las prisas en la gran ciudad, como si no hubiera adonde ir o no importara cuándo llegar. Con tranquilidad, sin prisa, se va acercando a su nueva casa, hoy es temprano y no tendrá problema para situarse. Pronto se amodorrará en un rincón esperando que vuelva a amanecer para comenzar un nuevo día, un día probablemente como todos los demás.

Han pasado varios días, el otoño avanza y al otro lado del cristal del habitáculo donde se sitúa el cajero automático se ven los primeros rayos de luz, una luz debilitada por las nubes grises que cubren la ciudad. Una fina lluvia se intuye entre las luces de los coches. Aunque el día se presenta desapacible hay que abandonar el lugar, por lo que la media docena de personas que han dormido en él comienzan a recoger sus escasas pertenencias para salir a la calle en busca de un lugar que les proporcione algo de refugio. Todos menos uno, que se dirige, como todos los días, hacia Atocha donde, hoy más que nunca, pasará desapercibido entre las idas y venidas de viajeros prestos a guardar o sacar, según vayan o vengan, sus paraguas. Es probable que hoy pase más tiempo bajo techo intentando mojarse lo menos posible.


Foto: Nosolometro

Al llegar al recinto de la estación, como siempre, la primera labor pasa por asearse en los baños públicos, es una idea que mantiene para poder enfrentarse a una nueva jornada, es una forma de mantener viva la esperanza de que algo empiece a cambiar. Tiene menos prisa que otros días, si cabe, por lo que se toma su tiempo. Pasa su mano derecha por el mentón para comprobar que la barba está muy crecida, es un buen momento para afeitarla. Procura no usar mucha espuma, es un bien escaso. Pasa con suavidad y muy despacio la maquinilla que en condiciones normales estaría en la basura hace meses. A pesar de lo crecido de la barba y el desgaste de la cuchilla consigue terminar sin ninguna herida. Su aspecto es mucho mejor que hace un rato, si tuviera una chaqueta nueva podría pasar por una persona que va a coger el próximo tren.

Siguiendo su rutina, al salir de los aseos intenta reunir algunas monedas, unos céntimos por el suelo, las vueltas olvidadas en la máquina de bebidas… Hay mucho ajetreo, es normal en un día lluvioso. Parece mentira, pero en poco tiempo ha logrado juntar un par de euros, todavía hay gente a la que le sobra el dinero, unos tanto y otros tan poco. Con un poco más que siga la suerte habrá buen desayuno en el café de Moratín, pero hoy hay poco que hacer así que sin prisa sigue dando vueltas en busca de aumentar el botín. Al pasar delante del puesto de venta de periódicos tropieza con un hombre que sale a toda velocidad mientras va leyendo un ejemplar recién comprado. Casi caen al suelo, pero le ha dado tiempo a ver, o ha creído ver, algo en la primera página del diario que le ha llamado la atención. Intrigado se acerca al lugar donde, en montoncitos, esperan las distintas publicaciones a que las lleve un comprador. Todos los periódicos de información general dedican un amplio espacio de la portada a la misma noticia. Una tímida sonrisa se dibuja en su cara.


una fina lluvia moja las calles mientras...


La calle de Argumosa está cortada al tráfico en un tramo muy amplio, prácticamente desde las traseras del Reina Sofía. Unos cientos de metros más arriba se agolpan los vehículos en el estrecho carril de circulación: coches fúnebres, de policía y uno con un rótulo que lo delata como del Anatómico Forense. Un cordón de la Policía Local impide acercarse a los curiosos que intentan enterarse de lo que está pasando, aunque la mayoría ya lo saben. Las calles adyacentes también están llenas de coches, sobre todo de medios de comunicación. Una cinta con colores rojo y blanco en la que se lee repetidamente “Policía no pasar” ha sido colocada entre los barrotes de unas ventanas, los árboles y un banco que se encuentra junto al bordillo de la acera. Un continuo ir y venir de gente entre los coches y el local acordonado por la cinta mantiene en vilo a los periodistas que se agolpan en las inmediaciones.

En un rincón un poco más espacioso, buscando la distancia necesaria para realizar su trabajo, un hombre con una cámara al hombro enfoca a una chica joven a la que se ve nerviosa. Tiene un micrófono en la mano derecha y unos papeles en la izquierda. A una señal comienza a hablar: “Ayer, a última hora de la tarde, un grupo de la policía forzó la persiana metálica del local ante el desagradable olor procedente del mismo. Consultados algunos vecinos de la zona, comentaron que llevaba cerrado varias semanas, manifestando su extrañeza por ser un comercio que no cerraba prácticamente nunca. Al entrar la policía, como todos ustedes ya conocen, descubrieron que el olor procedía de una trampilla situada al fondo del local y al abrirla encontraron un sótano con una docena de cadáveres, todos ellos con rasgos orientales. Aunque la policía todavía no ha informado nada oficialmente, podemos decirles que, al parecer, la trampilla estaba cerrada por un pequeño dispositivo magnético equipado con un sensor para accionamiento a distancia. En cuanto a las causas del suceso, se ha barajado un cierre fortuito del dispositivo, pero en los últimos momentos ha trascendido la noticia, extraoficialmente por el momento, de que en el sótano había grandes cantidades de objetos de gran valor como oro y joyas y sobre todo mucho dinero en metálico, por lo que se empieza a pensar en un ajuste de cuentas entra bandas. Por otra parte…”

Una fina lluvia moja las calles mientras un hombre de mediana edad, rondando los cincuenta, de estatura y corpulencia estándar, y una mochila de un azul descolorido al hombro, se aleja calle arriba con las manos en los bolsillos y una amplia sonrisa dibujada sobre un rostro recién afeitado a la vez que un rayo de sol se abre paso entre las nubes grises que cubren la ciudad.


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