Navajas. Roberto Malo

Vi cómo un hombre mataba a navajazos a otro hombre. Yo pasaba cerca y le vi la cara. Él también me vio. Nos miramos durante sólo un segundo...

Caminaba por una calle desierta...

...eran las tres de la mañana y me dirigía hacia casa. Caminaba por una calle desierta soportando el frío de la noche que había caído sobre mí. Era invierno, un frío invierno, o al menos eso le parecía a mi friolero cuerpo, pues llevaba las manos dentro de los bolsillos de mi cazadora de piel y me daba la impresión de que me abrigaba menos que una camiseta de baloncesto.

Era el final del lunes. O mejor dicho, el inicio del martes. Por ello era normal que no hubiera nadie por la calle. Aunque para contradecirme un coche pasó a mi lado y sus faros iluminaron la silueta de un hombre que caminaba hacia mí. Iba embutido en una cazadora de cuero y en unos pantalones vaqueros y era tan delgado como alto.


Al verle el rostro, instintivamente, estuve a punto de saludarle, pues su cara me resultaba conocida, pero al verlo bien me di cuenta de que no me acordaba de qué lo conocía.

Nos cruzamos, sin saludarnos. No obstante, no bien seguí caminando empecé a pensar de qué lo conocía. Pero no conseguía acordarme. Y si había algo que no soportaba era el reconocer a alguien y no saber de qué. ¿De qué me sonaba tanto su cara? ¿Dónde lo había conocido?

Vi cómo un hombre mataba a navajazos a otro hombre

De pronto sonó la flauta y me acordé. Lo vi claro, terriblemente claro. ¿Cómo iba a olvidar esa cara? Sí, recordé lo que había visto haría unas tres semanas, en una noche semejante. Vi cómo un hombre mataba a navajazos a otro hombre. Yo pasaba cerca y le vi la cara al agresor. Él también me vio. Nos miramos durante sólo un segundo, aunque fue el segundo más largo de toda mi vida. Yo me quedé quieto, como un bobo, y él salió corriendo de allí a toda prisa. No volví a saber nada de él, y quise pensar que la policía ya se encargaría sola de atraparlo. Sin embargo, ahora me había dado cuenta por mí mismo de que no lo habían atrapado, pues era él, sin duda alguna.

“¿Me habrá reconocido?”, pensé de pronto, “No creo, aunque...”

Me volví inmediatamente. Su silueta me seguía, a unos diez metros de mí. “¡Mierda!”, pensé, “Me está siguiendo el muy desgraciado. ¡Me ha reconocido! ¿Y qué querrá de mí? ¿Matarme? ¿Silenciarme?”

Acobardado, empecé a caminar ligeramente más deprisa, aunque lo que yo realmente quería era echar a correr, a volar, pero algo me lo impedía. Lo tenía detrás, a pocos metros, y esto me ponía demasiado nervioso como para correr. No oía sus pisadas, pero lo sentía cerca de mí. Era una sensación horrible. Horrible. ¿Acaso tenía que morir por ver un crimen? Claro que, ¿quién me mandaba a mí estar en medio de todos los fregados?

Maldije mi perra suerte y seguí caminando a buen paso, contemplando la ciudad dormida en la que no había un alma, contemplando sus casas apagadas y puertas cerradas. ¡Y qué lejos estaba mi casa!

Estaba acojonado, desde luego, pero con el poco valor que me quedaba me detuve y me volví.

No había nadie en la larga calle. No me seguía nadie.

Nadie.

Rompí a reír. ¡Qué estúpido había sido! Mi propia imaginación me había jugado una mala pasada. Había empezado a imaginar cosas sobre la nada.

Buenas noches dijo una voz a mis espaldas.

Me volví, sobresaltado, y vi la misma silueta que me seguía antes, empuñando una navaja.

Vas a morir dijo secamente. Su cara enjuta y pálida, envuelta en el frío de la noche, me heló el ánimo.

No he hablado ni hablaré me apresuré a decir. No me mates, por favor. Te meterás en otro lío al matarme.

Me encanta meterme en líos dijo sonriendo mientras se acercaba, blandiendo su navaja como un cirujano asesino lo haría con su escalpelo.

Yo estaba totalmente quieto; me había quedado congelado de miedo, invadido por el helado pavor.

No me mates seguí diciendo. Te juro que no diré nada.

No me fío de ti dijo apuntándome con su navaja.

Aterrado, sintiendo que la muerte llamaba a mi puerta, di un paso hacia atrás.

Pero me has caído bien continuó diciendo. Te voy a dar una oportunidad.

Y dicho esto dejó caer su navaja al suelo, cayendo cerca de mis pies.

Cógela dijo sonriendo. Defiéndete.

Aturdido, observé la navaja que estaba a mis pies y lo miré a él: estaba sonriendo tranquilamente, con las manos dentro de los bolsillos.

Si se me ocurre agacharme...

“No es estúpido”, pensé, “El muy cabrón se está riendo de mí. Si se me ocurre agacharme a coger la navaja, él seguramente sacará otra de su cazadora y me la clavará. Pero, si no la cojo, ¿qué puedo hacer?”

Sin mediar palabra me volví rápidamente y eché a correr tan veloz como pude: tenía que salir de allí. Pero al momento el tipo salió tras de mí, a toda pastilla. Recorrí la calle como alma que lleva el diablo y torcí hacia la izquierda por una bocacalle; el miedo daba alas a mis pies. Yo me consideraba un buen corredor, pero el muy hijo de puta corría tras de mí a toda leche. Azuzado al escuchar las pertinaces pisadas de él detrás, volví a torcer hacia la izquierda, doblando la esquina casi derrapando como los motoristas. Entonces giré la cabeza un segundo y vi que él corría tras de mí empuñando una navaja. Pero no era la misma que había tirado al suelo: era otra. Mis suposiciones eran acertadas. El muy cerdo llevaba dos navajas. A toda velocidad, impelido por el terror, volví a torcer hacia la izquierda y llegué corriendo a la misma calle donde él me había detenido. Había dado la vuelta a la manzana: el círculo se cerraba. Llegué presuroso donde estaba la navaja y me detuve en seco. La cogí del suelo y lo observé corriendo hacia mí. Al verme con la navaja, se detuvo a unos cinco metros.

Vaya, ya estamos igualados dijo cínicamente mientras se acercaba muy despacio, pasándose la navaja de mano a mano en plan macarra. Venga, ataca dijo flexionando las piernas y señalándome con la navaja.

Me has caído bien le dije llanamente. Te voy a dar facilidades.

Y dicho esto lancé la navaja al suelo.

Él la miró asombrado, a dos palmos de sus pies.

Cógela le dije. Es tuya.

Él me miró alucinado.

Puedes irte dijo sonriendo. Tienes sentido del humor.

Soltó una sonora carcajada y se agachó confiadamente a cogerla.

Yo entonces saqué mi navaja del bolsillo; mientras con una mano le sujetaba la muñeca donde llevaba la suya, se la clavé hasta el fondo del alma.

Luego, cuando sacaba la ensangrentada navaja del corazón del desdichado, un tipo enfundado en una gabardina marrón pasó por la calle y se quedó paralizado, mirándome sin decir nada.

Yo salí corriendo de allí.


Al cabo de tres semanas, por la noche, me crucé con el tipo de la gabardina...


Roberto Malo es el más y mejor cuentista de la banda


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