Yo, Curtis Garland. Juan Gallardo Muñoz. Ilustraciones: José Antonio Troya


Juan Gallardo Muñoz (1929-2013) nos cuenta en Yo, Curtis Garland su experiencia con los bolsilibros de forma sincera y honesta


El hombre de los mil seudónimos

Juan Gallardo Muñoz falleció el pasado 5 de febrero de 2013, a los 84 años de edad. Puede que ese nombre no os diga nada, de hecho él se hizo famoso bajo el seudónimo de Curtis Garland. Y no fue su única "careta" como escritor. También firmó como Adisson Star, Donald Curtis, Dan Kirby, Elliot Turner, Kent Davis, y de muchas otras maneras, hasta escribir más de 2000 novelitas. En efecto, Juan Gallardo Muñoz perteneció a aquella generación que en la posguerra española encontró una salida en la escritura de bolsilibros, principalmente para editoriales como Bruguera o Rollán. Condiciones de trabajo leoninas, literatura estajanovista escrita en nombres de resonancia anglófila para engañar a los lectores más despistados.

Esta generación literaria, a la que pertenecen autores como la célebre Corín Tellado —la autora más leída en castellano después de Cervantes o Francisco González Ledesma/Silver Kane —que obtuvo el Planeta en 1984, después de haber inundado los kioskos con aventuras del oeste—, ha sido tradicionalmente despreciada y ninguneada. Pero la situación ha cambiado en los últimos años; cada vez hay más estudios académicos centrados en la cultura popular, y además, el gusto por lo retro ha atraído a una vanguardia de lectores, que vuelven a intercambiar bolsilibros en foros virtuales como si el paso del tiempo no fuera con ellos.



la soledad del escritor era
 entonces más acusada que ahora


Pero no todos tuvieron la suerte de Tellado o Ledesma. De muchos de aquellos modestos escritores no recordamos ni el alias, y a otros, como es el caso de Curtis Garland, les costó trabajo reubicarse cuando, a principios de los 80, la moda de los bolsilibros remitía sin solución. Según podemos leer en este libro de memorias, Garland/Gallardo Muñoz pasó años complicados: después de años centrado en la escritura, tuvo que reciclarse profesionalmente trabajando como comercial a sus casi 60 años. Más adelante tendría que cuidar de su enferma esposa, Teresa Asensio, de la que estuvo profundamente enamorado toda su vida, hasta que le dejó viudo. 

Pero aunque parecía olvidado por todos, el destino —la admiración de un grupo de seguidores— tenía reservado una sorpresa a Curtis Garland... En sus últimos años, nuestro autor fue redescubierto de forma pionera por la barcelonesa editorial Morsa, que reeditó en 2007 su clásico de ciencia ficción La noche de América agonizante, y le encargaron la redacción de sus memorias.

Los tiempos han cambiado, y Garland sabía que tenía que olvidarse de aquellas tiradas que se contaban por miles, que llegaban a los kioskos de toda España. Quizás por eso, porque no se sentía leído por una inmensa mayoría, el escritor tomó las riendas y perpetró estas memorias con total honestidad, sin querer complacer a nadie más que a sí mismo.

Garland sigue un orden cronológico y empieza contándonos su infancia, marcada a fuego por el estallido de la Guerra Civil. Sorprende cómo, en lugar de buscar las rencillas políticas, el autor prefiere retrotraerse a sus sensaciones y vivencias como niño. Después se impondría el rigor de la posguerra, pero Garland era inquieto y siempre tramaba algo: sin contar 18 años ya ejercía como crítico de cine para periódicos de provincias. Después vendrían los ambientes teatrales —influido quizás por el que fue el oficio de sus padres—, y acabaría centrándose como escritor. Incluso probaría suerte como guionista de cine.






Según cuenta Garland en estas memorias, la soledad del escritor era entonces más acusada que ahora. De hecho, al parecer, la editorial Bruguera no facilitaba ni fomentaba el contacto entre los escritores. Divide y vencerás... Bien distinta era la relación con la editorial madrileña Rollán. Tal y como cuenta:

Manuel Rollán, el editor, tenía por costumbre citarnos un día al año en Madrid, darnos una comida a los autores, y como postre muy jugoso, un cheque de premio. Sobra decir que eso era un aliciente muy bueno para nosotros. Allí conocí a Lou Carrigan, a su hermano Mortimer Cody, a Eirik Jarber y muchos otros autores...

No cabe duda, a juzgar por su actividad y por estas memorias, sencillas y sinceras, de que Curtis Garland vivió intensamente, y solo en ocasiones contadas le faltaron las fuerzas. Quién sabe qué hubiera pasado de haber vivido diez años más. Garland planeaba últimamente reciclarse como escritor de best seller; de hecho, en 2009 publicó La conjura con Ediciones B. Experiencia e ideas no le faltaron, solo necesitaba algo más de tiempo...

Morsa, 2009

David G. Panadero


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