Soñé con elefantes. Ivica Djikic


los propios generales que organizaron las operaciones croatas en Bosnia serán los que zanjen el extraño intercambio: silencio, por pienso

Más silencio y desmemoria

En 1970, Indira Ghandi regaló al mariscal Tito de la antigua Yugoslavia dos crías de elefantes, macho y hembra: bautizados como Sony y Lanka, los elefantes se convertirían en una de las atracciones principales de la fabulosa mansión de Tito en la isla de Briuni, frente a la costa de Dalmacia. Una infancia idílica para unos elefantes cuya existencia no iba a ser feliz. 


En la novela de Ivica Djikic Soñé con elefantes, Sony y Lanka se convierten en una trágica metáfora de la guerra civil que desmembró a Yugoslavia, y de la que nació el estado de Croacia. Con la adhesión de Croacia a la Unión Europea en julio de 2013, Soñé con elefantes se presenta como una ágil introducción a los mecanismos secretos de esa guerra y a los fundamentos más turbios de ese estado. Y si el elefante, un animal hoy en peligro de extinción, se caracteriza por su memoria, la novela se construye a su vez sobre el principio de rescate de la memoria, desde el momento en que Bosko Suzic, un empleado del servicio secreto del nuevo gobierno croata, se entera por las noticias del asesinato del cuidador que había atendido a los elefantes en su refugio de Briuni, y ese cuidador pero esto es un secreto que nadie conoce resulta ser su padre: también es el factor que le impulsa a solicitar la investigación del caso. 



un giro irónico: el Embajador
 de Alemania ofrece mucha comida



A partir de ahí Croacia surge vertiginosa, sórdida y compleja ante nuestros ojos, envuelta en una elegía por dos elefantes. Porque la voz del asesinado ocupa muchas páginas como una de las tres líneas principales sobre las que se articula la narración, explayándose prolijamente en su larga relación, y fascinación, con los elefantes; en último término, su desvelo por procurar alimento, cobijo, supervivencia a dos elefantes desahuciados, maltratados inmisericordemente en un país que se deshace, será el detonante que pondrá en marcha los mecanismos asesinos de un Estado que nace degradado, a la vez que se agrava la degradada situación de los elefantes.

Es mucho, y muy grave, lo que Andrija Suzic, su cuidador, arriesga con el fin último de procurar alimento para Sony. Es, ni más ni menos, que la confesión de la verdad sobre un secreto de estado, celosamente guardado, sobre el origen de la guerra y sobre uno de sus actos más atroces: la masacre de serbios y bosnios cometida por tropas croatas al inicio de las hostilidades, y en la que Suzic, ahora cuidador de elefantes, tomó parte. En un giro irónico de la historia, ya al final de la novela, se nos informará de que el Embajador de Alemania ofrece mucha, mucha comida para los elefantes… En última instancia, pero ello equivaldría a desvelar excesivamente la trama, los propios generales que organizaron las operaciones croatas en Bosnia serán los que zanjen el extraño intercambio: silencio, por pienso.

En este caso, la realidad es complementaria de la ficción: los generales Gotovina y Radic eran liberados hace solo tres meses por el Tribunal que juzga los crímenes de guerra en la ex Yugoslavia, en medio del júbilo de la población croata, que llenaba la plaza Jelacic, en Zagreb: era noviembre de 2012. Más silencio y desmemoria para la memoria de los elefantes. Es la interacción de Bosko con todos estos elementos, todos estos seres, lo que dibuja el contexto, lo que retrata a Croacia en un momento crucial, y de no mediar elefantes, la novela bien podría denominarse “Croacia, año cero”, la Croacia que emergía de las llamas de la guerra bajo la férula de Tudjman, y en la que las reglas del juego eran dictadas por gángsteres como Jadran Rimac, vigorosamente descrito en el libro: mafias que compraban a fiscales y manejaban los hilos de la política sobre un espacio en el que toda legalidad había quedado abolida, en el que el Estado mismo se asentaba sobre un silencio a proteger a cualquier precio, sobre las mentiras compartidas.

Esa Croacia surge en las tabernas donde se codea ostentosamente la gente fina que adivinamos próspera e influyente en la nueva Croacia, en los clubs, en las calles de Zagreb. Y es la Croacia que, como un juguete al albur alemán, avanza ahora hacia la Unión Europea: “dentro de poco harán falta miles de kilómetros de carretera, miles de casas, campos de golf”, musita alguien en uno de los bares de esta novela. La continuación no resulta demasiado imprevisible, leído desde España. 

Pero el círculo de la historia no se cierra. Parece implacable: lo único que se puede oponer es un momento de reflexión nacida de la ficción, una ficción en la que no cabe espacio para el sentimentalismo: Mara, el amor de Bosco, es devorada a su vez por “la energía cruda” del gánster Rimac. Seres como Rimac, cuya historia compone otro de los pilares del libro, eran importantes en ese intervalo de tiempo que representan el alumbramiento de Croacia. Representan la violencia que nos envuelve en la vida cotidiana, la violencia a las puertas de la discoteca, o en las gradas del estadio deportivo, o en las trincheras del campo de batalla: una violencia que, en último término, se propaga hacia los estratos más elevados de las instituciones del país y las controla, Rimac en un momento dado tiene en sus manos la voluntad y el destino del fiscal general del país, Vladimir Magas; es la violencia detrás de los actos que luego aparecen desnudos, fríos, objetivos y sin mácula ante nuestros ojos, en la crónica negra de los periódicos, o en la pantalla de televisión, como aparecerá en los titulares del próximo mes de julio la noticia de que Croacia, anteriormente parte de Yugoslavia, es el 28 estado que accede a la Unión Europea.


La novela concluye con la imagen de una mujer, la madre verdadera de Bosco, que se interna entre el arbolado de un parque de Zagreb. Le pregunta a la mujer con la que se cruza, también esencial en la vida de Bosco: ¿ha visto usted un elefante? La pregunta podría sonar absurda, o cómica, pero en cambio está impregnada de una profunda tristeza. “Siga un poco más adelante y cuando llegue al cruce tuerza a la derecha”, le responde la mujer. “Allí encontrará al elefante”. 

Sony, uno de los elefantes que inspiraron la novela, murió en 2010. Lanka sigue viva. Y recuerda.


Sajalín, 2013

Ramón García


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