Policías en el cine, tercera entrega: Moralmente dudosos, éticamente condenables



Años 50: el lado oscuro del policía. Sus contradicciones, dilemas y oscuras motivaciones diseccionadas en melodramas criminales como Brigada 21


En el interior de la comisaría

Pese a que cada vez había más películas destacando la eficacia de la labor policial, en pocos años llegarían cintas que abordarían al agente del orden de una manera distinta. A principios de la década de los cincuenta nos acercábamos al lado oscuro del policía, a sus contradicciones internas, sus dilemas, las más ocultas motivaciones…

Resulta modélica Brigada 21 (1951), dirigida por William Wyler. Esta película, que transcurre prácticamente en el interior de la comisaría, adapta una exitosa obra teatral de Sidney Kingsley. El protagonista es el detective James McLeod (sobresaliente Kirk Douglas), un hombre endurecido, incapaz de empatizar con sus detenidos, para los que defiende la pena de muerte.


métodos despiadados y brutalidad


A lo largo de la película, mediante afilados diálogos, iremos descubriendo perfiles desconocidos de este brutal policía, desde sus malas relaciones familiares y su conflictiva infancia hasta los secretos que guarda su esposa. Y serán estas intensas vivencias las que harán reflexionar a McLeod sobre lo despiadado de sus métodos. William Wyler saca a relucir con habilidad las heridas más íntimas del policía en esta conmovedora obra, un sobresaliente melodrama criminal.
           
Camino parecido toma Nicholas Ray en On Dangerous Ground (1952). El cineasta nunca se mostró muy contento con su película, sin embargo se cuenta entre sus obras maestras, muy cerca de Rebelde sin causa. Y Ray parece tomar el testigo de Wyler al contarnos la historia de un policía implacable, sin sentimientos, encarnado por Robert Ryan, que gracias al descubrimiento del amor acabará por humanizarse, librándose de su obsesión patológica por la justicia. La película destaca por la poética de sus imágenes, la fuerza expresiva de su blanco y negro.




Aún debemos destacar otro policía turbio, el capitán Hank Quinlan, al que dio vida Orson Welles en Sed de Mal (1958). La música de Henry Mancini, de toques jazzísticos y latinos, nos sitúa en esa peligrosa y fascinante tierra de nadie que es México, la zona fronteriza, allá donde la justicia no llega. Y la estupenda dirección de fotografía de Russell Metty aporta un registro post-expresionista que dota de un aire abstracto a la película.

En este ambiente extraño se enfrentan a muerte dos policías, el mexicano Mike Vargas (Charlton Heston), algo tosco pero honesto y defensor de la ley, contra el gringo Quinlan, una sobrecogedora interpretación de Orson Welles que ha marcado un hito en la Historia del cine. Por cierto, su enfrentamiento final sería homenajeado bastantes años después por Michael Cimino en Manhattan Sur (1985), Mickey Rourke y John Lone entrando a matar… Pero esa es otra historia.

David G. Panadero



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