Policías en el cine, segunda entrega: Proteger y servir

Los gánsteres someten a la ciudadanía a base de balas, pero los votos y la democracia acabarán con ese reinado de terror

Un policía obstinado

Resulta llamativa la película El gran tipo (Great Guy, 1936), de John G. Blystone, en tanto que establece al policía como héroe de la función. Eso sí, de forma voluntariamente ingenua, con un moralismo evidente, al presentarnos a un agente tenaz y de intachable vida familiar.

El protagonista de esta cinta es Johnny “Red” Cave (James Cagney), un antiguo boxeador que ahora trabaja en el Departamento de pesos y medidas de Estados Unidos, un organismo encargado de evitar fraudes en el consumo. Una banda criminal protege a todos los comerciantes en sus trampas cotidianas. Cuando Johnny quede al frente del departamento no cejará en el empeño de acabar con el crimen organizado… 
           

la vigilancia hará que América sea más segura
Edgar Hoover


Si bien con El gran tipo tenemos una producción de segunda fila, ya en ese mismo año llegaría una obra más ambiciosa, actualmente reivindicada por los cinéfilos: Balas o votos (Bullets or Ballots, 1936), de William Keighley. El significado del título es bastante fácil de comprender: los gánsteres someten a la ciudadanía a base de balas, pero los votos y la democracia, defendida por la policía, acabarán con ese reinado de terror.

Balas o votos se sitúa en un momento histórico muy interesante: cuando ha acabado la prohibición, el crimen organizado ha de realizar un reajuste en sus actividades, y encontrarán en los juegos de azar y la lotería su nueva fuente de ingresos. El detective Johnny Blake (Edward G. Robinson), policía obstinado que roza el fanatismo, conoce Nueva York y sus calles como la palma de la mano. Blake se acabará infiltrando en el Sindicato del Crimen, para acabar con ese submundo delictivo, aunque ello le llevará a enfrentarse contra un peligroso hampón, Nick “Bugs” Fenner (Humphrey Bogart).




Lo más curioso de esta película es que retrata la relación existente entre las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación. Precisamente en la primera secuencia, Fenner acude al cine a ver los cortometrajes del “Sindicato del Crimen”, pequeñas películas que buscan tranquilizar a la ciudadanía subrayando la eficiencia de la policía a la hora de protegerlos.

Finalmente, Balas o votos invierte habilidosamente el esquema típico del cine gansteril. Sigue los pasos del “ascenso y caída”, pero tomando como protagonista a un policía, Blake, en lugar de un criminal.

La calle sin nombre (The street with no name, 1948), también dirigida por William Keighley, todo un especialista del cine parapolicial de aquellos años, insiste una vez más en la eficacia de las fuerzas de seguridad, implacables cuando hay que combatir el crimen. Y en cierto modo radicaliza la propuesta, al emplear técnicas de cine documental. Ya durante los títulos de crédito, un rótulo nos explica que la película adapta directamente casos que han sido resueltos por el FBI. Y además, la película está rodada en los escenarios donde tuvieron lugar esos casos, siendo muchos de los actores verdaderos agentes del orden.


técnicas documentales que aportan mayor realismo


Con este título tenemos una operación de lavado de imagen por parte del FBI. De hecho, tras los títulos de crédito podemos leer una carta que nos remite su jefe, Edgar Hoover, que concluye diciendo, “La vigilancia hará que América sea más segura”. Además, a lo largo de la película el propio Hoover hará un breve cameo.

Al igual que en Balas o votos, Keighley recupera en La calle sin nombre el tema del infiltrado, un policía que se adentra en la banda de Alec Stiles (estupendo Richard Widmark) para resolver dos asesinatos que aparentemente no tienen conexión.
           
Orden: Caza sin cuartel (He walked by night, 1948), de Alfred L. Werker y Anthony Mann (este último sin acreditar), parte de presupuestos similares a los de La calle sin nombre al reconstruir un caso real. Cuenta la historia de un ladrón que asesina a sangre fría a un policía. No tardará en movilizarse al completo el Departamento de policía de Los Angeles para dar caza a este asesino. Y al igual que en La calle sin nombre, se emplearán para la narración técnicas documentales: un narrador en off nos va situando en la historia, filmada en asépticos planos medios, buscando un distanciamiento y frialdad que otorgan mayor realismo. Y apenas encontraremos música que acompañe la acción. El perfecto pulso narrativo y la tensión nos conducirán al momento culminante: una persecución por las alcantarillas de la ciudad que bien podría haber influido a El Tercer Hombre (The Third Man, 1949). Apuntaremos una última curiosidad: el encargado del Laboratorio de Investigación Criminal en esta película lo encarna Jack Webb, actor y también autor de varias novelas negras.

David G. Panadero

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