Mario Bava. Carlos Aguilar


Carlos Aguilar nos introduce de forma minuciosa y a la vez apasionada en el mundo de Mario Bava, ese cineasta italiano que consagró su vida al "romanticismo negro"


Aguilar traduce en palabras una filmografía
de plástica desbordante

Mario Bava (1914-1980) fue uno de esos artesanos del cine de los 60 que casi desde el anonimato, desde la humildad que se necesita para hacer buen cine de género, marcó con su personalidad desbordante tanto el terror gótico como el giallo —el policial sensacionalista italiano que popularizaría definitivamente, ya en los 70, Dario Argento—. Y fue tal la humildad del cineasta de San Remo que, como nos dice Carlos Aguilar en esta monografía, a pesar de ser un genio "posiblemente falleció sin saberlo". Simplificando, diremos que Bava es al terror lo que Sergio Leone al western, con la diferencia de que el autor de Hasta que llegó su hora pudo integrarse en la industria y consolidar una trayectoria exitosa, mientras que el cineasta que nos ocupa se vería atrapado con el paso de los años en condiciones de producción cada vez más penosas.

Bava debutó en el cine teniendo una gran experiencia como cámara y director de fotografía. Además, había estudiado Bellas Artes y tenía experiencia y talento como pintor. De ahí que su opera prima fuera una película con una plástica tan barroca y esteticista: La máscara del demonio (1960). Este título, protagonizado por una turbadora Barbara Steele, inauguró toda una corriente, el gótico all´italiana, que superaría en carnalidad, retórica y atrevimiento a los modelos anglosajones en los que se inspiraba.



por su erudición y precisos conocimientos,
 parece que Carlos Aguilar estuvo allí...


No contento con dinamitar un género —con una película modesta, filmada con oficio y rapidez—, Mario Bava también alumbró el giallo, como decíamos, con títulos como La muchacha que sabía demasiado (1963) o Seis mujeres para el asesino (1964). Incluso se atrevió con la ciencia ficción; véase Terror en el espacio (1965). El gran acierto de este ensayo de Carlos Aguilar está en su capacidad de traducir en palabras una filmografía personal e inefable que, a través de una puesta en imágenes pasional y desbordante, a través de un uso del color único y muy expresivo, nos conduce a un estado de ánimo que Aguilar define acertadamente como "romanticismo negro". Da igual que las tramas contengan puntos muertos, redundancias o retruécanos. Todo está permitido si Mario Bava se compromete a ofrecernos algunos momentos cumbre. En sus propias palabras, insistiendo en la precariedad de los presupuestos que manejaba:

He hecho mis películas en quince días, veinte como mucho. Rodando siempre deprisa, con todo muy claro. Rodaba pensando en el montaje, que ya tenía ordenado en la cabeza, y sin desperdiciar nada, ni un metro de película virgen.

Carlos Aguilar ofrece un ensayo definitivo, único en España, destacando por su tratamiento literario, ofreciendo nervio y tensión narrativa —resulta emocionante cómo retrata la carrera descendente de Bava, desde películas sobresalientes como Diabolik (1968) hasta productos mercenarios y puramente alimenticios como Shock (1977)—. Quizás en esto influya su experiencia como novelista, al saber medir los tiempos y mantener un ritmo preciso e inquieto.






Como es habitual en la literatura cinematográfica de Aguilar, destacan la erudición, la reconstrucción de la época, el conocimiento de los más mínimos detalles, hasta el punto de que se permite contradecir algunas opiniones del cineasta, por estimarlas algo exageradas. Da la impresión de que Carlos Aguilar estuvo allí... Y gracias a este ensayo conocemos los pormenores de un cineasta que, desafortunadamente, no obtuvo el reconocimiento que merecía en vida, pero al que no falta una parroquia de incondicionales dispuestos a recordarle.

Cátedra, 2013
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David G. Panadero


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