La ciudad vestida de negro. VVAA (II)


Puñado de relatos exquisitamente escogidos que pertenecen al paraje urbano, al estado de ánimo incierto, a las soledades inquietantes, a las incertidumbres viscerales... 

Escribidores que destilan lo más inevitable

Una vez más, David G. Panadero se remanga para ejercer de maestresala de evento, contramaestre de tripulación y cabeza de rebaño para poner (des)orden, (des)concierto, regla y dictamen a una caterva de escribidores que destilan lo más inevitable de si mismos. Narran los equívocos certeros, el pavor sutil y el terror sibilino que se encuentran al abrazo de una esquina, en el recodo de una calzada o en el penúltimo centímetro de una acera. Y es que este puñado de relatos exquisitamente escogidos no puede pertenecer a otro paraje que al urbano, ni a otro contexto que el madrileño —salvando algunas excepciones—, ni a otro estado de ánimo que al incierto, ni a otras soledades que a las inquietantes.

Y Andreu Martín no se priva con “Cuando yo no estaba” de flexionar la ironía, desentumecer el sarcasmo y confeccionar la humillante y acojonada carta de un patético periodista a un capo mafioso. Manuel Nonídez hace suya, en “Mire, Señoría”, la voz severa y doliente de un padre frente al asesino de su hija. Juan Madrid destapa el tarro de las esencias del madrileñismo para, sin aparente esfuerzo, narrar en “Cuidado con equivocarte” el día a día de esa cuna del casticismo secular: la calle Montera donde se ajustan las cuentas como un mero trámite laboral similar al que Carlos Aguilar describe, con (nobleza obliga) evidentes guiños cinéfilos, en su eastwoodiana plegaria: “Nunca es tarde si la bala es buena”.



palabras realistas, veraces, falsas, importantes...



Juan Jose Plans sabe dar la vuelta a rancios roles y narrar la atrocidad sexual en el brutal “Sonsoles está triste”; Esteban Gutiérrez Gómez se convierte, si se me permite, en un henryjames viajero de Metro en el excepcional y suburbano “En la otra dirección”. Una conversación casual y tal vez inocente será el trampolín de David G. Panadero para fabular en “Así empiezan las peleas” lo cotidiano de la violencia.

“¿Que es el miedo? Miedo es que llamen a tu casa a las cuatro de la mañana y te encuentres un tipo vestido de payaso”

Esa es la espléndida definición de David Roas, que se incluye en la angustiosa vuelta a casa de “Universos paralelos”. Y es Fernando Cámara, que por cierto, lleva años entrenando su mirada para descubrir la desazón en la más leve rutina, quien remueve las tripas del lector relatando en “La bici amarilla” una historia de APAs, recreos y madre coraje.

Con urgencia y precisión sazona David Jasso “El reto de matar”, relato de vueltas de tuerca, de equívocos certeros que conducen a un asesinato tan absurdo como sincero. Y mira tú por donde, va Alejandro M. Gallo y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Panadero, vuelve a descolocar a quienes le quieren colocar y resuelve y disuelve su “Verso atragantado” como una fábula allenpoeiana sobre los letales efectos de esas mujeres que damos en llamar fatales. Como si, me permito añadir, hubiera alguna que no lo fuera.

Anita Haas encuentra en “Angie hace una amiga de verdad” el terror amenazante y acogedor de la realidad virtual con una efectiva vuelta de tuerca no inferior a la que Pedro de Paz da en “El día menos pensado”, destilando el adrenalínico monólogo interior de “un pibón de cojones” durante la celebración de la sandez de moda, el ritual chorra y banal que se da en llamar “afterwork”. Será en el excepcional “En tus brazos” de Santiago Eximeno donde se escuche la voz de una pareja. La vida de los desahuciados por la puta plaga de la corrección política...

No cabe pensar que Panadero fuera a olvidarse de Carlos Pérez Marinero. No le pega. No le cuadra. No le va. Y, en consecuencia, le invoca en dedicatoria y reserva lugar de honor para “Lo que suele ocurrir por atracar bancos, sin hacer cursos previos de filosofía” para que desde el Más Acá se escuche un relato en que la prosa exuberante, descarada, sabia y bienhumorada desbroza un frustrante, frustrado y a la postre feliz atraco a un banco.

Mucho me temo que Francis P. Fernández no pueda ni quiera impedir que su prosa se empape de sorna y descarnamiento y cuenta a porta gayola, lúcido y sin cuartel en “Recursos Humanos” el inocente chantaje a dos tipos tan banales, obvios y dispares como usted y como yo, cuyo único pecado es pulular por ese útero maligno y emponzoñado que se da en llamar “empresa”.

Sigo. Es en “Compro oro” donde Javier Quevedo Puchal abarca y aprieta, en alegoría y parábola, en cuento y fábula, el pavor de la caída en desgracia de un nuevo rico que muta en eterno pobre. Y Rubén Sánchez Trigos sostiene en “La lluvia” con oficio, pericia y talento, el difícil reto de mantener la tensión sobre las emociones inclementes de unos personajes a la deriva, ante un aguacero impío e implacable.

Justo antes de acabar, Lorenzo Silva ofrece “Irina y el flautista”, la fábula densa e intensa sobre venganzas y recuerdos por la que nunca ganará el Planeta, afortunadamente. Alfonso Sastre ejerce su magisterio apropiadamente en “Que sabemos! Amigos míos... ¡Que sabemos!”, retahíla de metaliteratura y remembranza sobre los mecanismos de la ficción, las tripas de la narración y las vísceras de la nostalgia.

Palabras las de Sastre que, como las del resto de los cuentos que reúne esta brillante antología, son tan realistas, tan veraces, tan falsas, tan importantes, tan banales, tan fantasiosas, tan imprudentes, tan inconvenientes, tan... ¿qué?

Drakul, 2012
Luis de Luis


Publicar un comentario en la entrada