El último viaje



    

Sobrevolaba el océano, a 31.000 pies exactamente, cuando Dios se sentó a mi lado. A estas alturas ocurren estas cosas, pensé. “¿Es mi hora?”, inquirí. “Así es”, asintió seriamente. En esto, una azafata se acercó y me preguntó si quería té o café, y sentí que la banal pregunta adquiría en semejante contexto un matiz muy importante; de mi posible contestación dependería mi destino final. “Té”, musité tras reflexionar. “Has tenido buen juicio”, expresó Dios, complacido, y la azafata me sirvió una taza con reverencia litúrgica. La probé, y el avión puso rumbo al Cielo.

Roberto Malo es el más y mejor cuentista de la banda


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