Cine negro español: La mala educación (2004)

Un puñado de ángeles caídos, toda una paleta de masculinidades trazada con soltura, un surtido de placeres, y el reencuentro con todos los fantasmas del pasado

Cuentos feroces sobre niños terribles

«El humo de un cigarro no maquilla la miseria, ni impera un riguroso claroscuro. Por el contrario, La mala educación (2004), de Pedro Almodóvar, se sirve de un cromatismo enloquecido y de un cocktail de ficciones –nunca tanto color ni tanto hitazo sesentero sirvieron para trazar tanta negrura– en un film que conquista las trazas del género a golpe de intertexto y melodrama. Pero si el atrezzo y el tono no son propiamente ‘noir’, resulta fácil reconocer al cineasta Enrique Goded como trasunto del detective empapado en bourbon o en Ángel Andrade –uno y trino– el contoneo cadencioso y la réplica mordaz de las rubias más fatales. No por casualidad, la primera escena se resuelve en un despacho: desde ese instante un relato furioso, ‘La visita’, singularísimo halcón maltés, hará girar a su alrededor, como aspas de una turbina, a toda la troupe de Almodóvar.



la vida puede ser vivida
porque puede ser contada


Nunca la ficción, por tanto, estuvo tan en el centro –tan en el vórtice–. Si en La ley del deseo era un diálogo sordo entre Pablo Quintero y sus amantes, o en La flor de mi secreto el cuerpo donde sangran todas las heridas –que diría Amanda Gris–, la ficción en La mala educación vertebra cada pliegue de la trama hasta convertirse, junto a la pasión, en el gran tema de la película. Como bien supo ver Frédéric Strauss, el cine de Almodóvar cuenta, no obstante, con una nutridísima cantera de narradores: desde la incipiente Pepi, los novelistas de ¿Qué he hecho yo para merecer esto! o Kika, Sor Rata de Callejón –monja y superventas– en Entre tinieblas, la biógrafa de Becky del Páramo en Tacones lejanos, Esteban en Todo sobre mi madre o Marco en Hable con ella, hasta el buen número de cineastas que salpican su filmografía. La vida, en su cine, queda justificada como mero fenómeno narrativo, como garante de que puede ser vivida porque, en definitiva, puede ser contada.


En virtud de lo cual, es fácil suponer que cuando Almodóvar sustituye a un detective por un director de cine, está subrayando con firmeza la naturaleza altamente detectivesca latente en todo acto narrativo –amén de una confianza ciega en que la justicia poética, por lo tanto, suplante a la penal–. No es extraño, dicho esto, que el crimen de rigor no se descubra sino en forma de monólogo –como narración–, pues la búsqueda, desde el principio, se plantea en esos términos.






Cuenta Michaux en ‘Un bárbaro en Asia’ –y Almodóvar en un par de relatos– el modo en que los japoneses abordan cualquier asunto sin ir directos al grano, creyendo así burlarse del Diablo, que siempre camina en línea recta. La mala educación, como laberinto recursivo –‘La visita’ es ‘La visita’ es ‘La visita’–, contiene, sin embargo, un puñado de ángeles caídos, toda una paleta de masculinidades trazada con soltura, un surtido de placeres –no siempre prohibidos–, y el reencuentro –que no reconciliación– con todos los fantasmas del pasado. No se trata, en cambio, de hacer las paces con todos esos fantasmas –ni siquiera de vengarse–, sino de volver a encerrarlos donde siempre tuvieron que estar o de donde nunca debieron salir: los cuentos feroces sobre niños terribles.»


Tristán Duanel



España, 2004. Director: Pedro Almodóvar. Guión: Pedro Almodóvar. Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Gael García Bernal, Fele Martínez, Daniel Giménez Cacho y Javier Cámara.

Esta crítica de La mala educación forma parte del dossier sobre "Cine negro español" que ha elaborado Equipo Prótesis. Dicho dossier fue publicado en papel, dentro de la revista Prótesis nº7, aparecida en primavera de 2012, dedicada a indagar en los orígenes de la novela negra española. Los interesados pueden pedir su ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.



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