Tonos de gris


Olvidemos el blanco y negro; es en la infinita gama de grises donde debemos buscar los porqués. Ahí se encuentra la esencia de la novela negra. 


Chesterton habla de la
profundidad poética


Para que una novela negra sea negra de verdad y funcione como tal, se ha de mover en el gris. Sin ambigüedad corre el riesgo de convertirse en un divertimento sin sentido y no me refiero a la condición ineludible de toda novela negra que es resultar entretenida o, en el extremo opuesto, en un sermón, en una fábula con lección moral.


el mal existe y todos
 lo tenemos muy cerca


Ya Chesterton en su libro, fundamental para todo aficionado a la novela negra, Como escribir relatos policíacos, a partir de un relato tan pretendidamente científico nada más cierto y comprobable que la ciencia como El crimen de la calle Morgue de Poe, puso en evidencia que, si funcionaba, no era por su carácter científico, sino por su profundidad poética: «la lógica de Poe es superior, precisamente porque no es la lógica de un científico, es decir, de un especialista. Es la lógica de un filósofo y un poeta».

Los clásicos americanos se mueven en ese paisaje: protagonista superviviente, que intenta no juzgar a sus clientes ni a sus enemigos. Incluso los mejores clásicos británicos ponen en evidencia que, ante una buena herencia, cualquiera puede cargarse a una tía solterona. Y si por algo se caracterizan las novelas de Maigret es por explicarnos que un asesino surge de la cotidianeidad, una persona mata cuando su pequeño mundo diario sufre alguna convulsión, por mucho espíritu pequeño burgués, cumplidor e incluso creyente de cualquier religión se tenga. Elizabeth Sanxay Holding tiene como tema fundamental la inocencia como fuente del mal más absoluto. Para Sanxay Holding, la inocencia y la perversión tienen el mismo origen y se mueven en el filo de la navaja, dispuestas a intercambiarse los papeles en cualquier momento.

    
Muchas de las novelas de asesinos en serie que se publican actualmente rompen esta básica regla del género negro: no juzgarás. Ya sabemos que uno de los atractivos de las novelas negras es que, al final de la historia, el orden moral y sobre todo social, se restablece, pero nos queda el desasosiego de saber o intuir que el impulso criminal anida en cualquiera de nosotros.


Los serial killer nos han traído un personaje nuevo, el profiler. Un profiler sólo tiene sentido en una novela en la que el asesino es un psicópata y, en ese caso, ya no estamos en el ámbito de la ambigüedad, de la literatura, sino en otro más próximo a la psiquiatría. Qué lejos del género esa profusión de cadáveres simbólicamente diseccionados en paralelepípedos regulares con los pulmones en los pies y una uña en la oreja izquierda.

Por eso, creo yo, muy pocos nórdicos funcionan, tan dados a relacionar mal con disfunción psíquica. Indridasson destaca en esa medianía porque su personaje sufre y observa. El recurso que De Giovanni utiliza en su comisario Ricciardi no es sólo un mecanismo para “individualizar” y caracterizar su personaje. Se constituye, más bien, como una metáfora, una alegoría de la mirada compasiva del comisario, de su capacidad de comprender el sufrimiento ajeno, de  su negativa a optar, a tomar partido por unos o por otros. Porque Ricciardi ha escuchado todas las voces, conoce todos los puntos de vista, todos los humanísimos motivos que tienen las personas para actuar como actúan. Y esa es la esencia de la novela negra: explicarnos que el mal existe y que todos lo tenemos muy cerca. Nada más gris, más fantasmal, más poético, como diría Chesterton, que el negro don de Ricciardi.

Lectura recomendada:
La primavera del comisario Ricciardi
Lumen, 2012
Ángeles Salgado
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