En homenaje a Thomas De Quincey


El placer contemplativo es estético, fuera de moralinas absurdas, y lo bello no siempre coincide con lo que consideramos bueno


Thomas de Quincey,
por Sir John Watson-Gordon,
National Portrait Gallery, Londres, 1865.


Uno de los mejores paradigmas de la modernidad literaria, el escritor inglés Thomas De Quincey ha pasado a la historia por ser el autor de un famoso ensayo, Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), pero su obra va mucho más allá. Ejemplo de amplitud de miras, de vasta erudición excéntrica y penetración intelectiva, sus numerosos ensayos, artículos y divagaciones desperdigadas en papel poseen un calado y una repercusión de enorme importancia en el desarrollo, no sólo de la literatura, sino del pensamiento europeo que comenzaba a gestarse en el siglo XIX. Asimismo, puede considerarse con todo motivo un escritor inclasificable; contando su magisterio en los campos de la ficción y la prosa poética además del ya mencionado ensayo podría autodenominarse filósofo sin pudor. No en vano gustaba mucho de vagabundear en esa tierra de nadie que se extiende entre la literatura y la filosofía, puntualizando, en ocasiones, al mismo Kant.


íntimas relaciones
 con los mundos oníricos


Con todo, hay que reconocer que las Confesiones conforman un texto imprescindible. Su exploración personal de los estados alterados de la conciencia puede bien ser considerada pionera, dado el avance que suponía para su tiempo. En cualquier caso, sería un error considerarle meramente como un vate de la embriaguez o como un opiómano precursor de la psiconáutica lisérgica; De Quincey empleó el opio como vehículo para extraer un análisis de la existencia, se asocia a la facultad de soñar marcada por una sensibilidad intelectual extrema, sin la cual la droga hubiese sido un producto estéril. Podemos, por tanto, señalar que su intención al escribir este ensayo no fue tanto narrar los efectos de le exposición reiterada al opio como exponer sus influencias en una mente como la suya propia, que sabía dotada de una capacidad intelectiva y de percepción fuera de lo común. Todo un resabio de la modernidad en una pauta de conducta seguida por otras buenas piezas, entre las que podemos contar a Baudelaire con sus Paraisos artificiales, Gerard de Nerval, que cristalizó sus mórbidas apetencias por oriente en Le Club des hachishins (1847), o bien Théopile Gautier con aquel famoso cuento, La Pipe d`opium, de 1878. Se trata, en definitiva, del cultivo de los excesos sublimes y de la bruma de la distancia a través de una intoxicación tanto literal como figurativa; algo que conduce a la experimentación estética y estilística y caracterizará la potencial transgresión en la modernidad de Baudelaire o Walter Benjamin, una serie de elementos ya presentes en De Quincey, aún bajo el disfraz formal del clasicismo.

Aunque aprecio en gran medida las Confesiones de un ingles comedor de opio, me inclino por destacar otros dos textos que, pese a ser más o menos conocidos (no por el lector medio español, por supuesto) adscriben una prosa aún más virtuosa y una penetración mental ajena a estadios alucinatorios inducidos y no por ello menos brillante. Me refiero a Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes y al breve pero memorable Suspiria de profundis.

En el primero, bajo el tibio disfraz de un ensayo de transgresión gratuita, en aras de escandalizar a las mentalidades burguesas, se esconden reflexiones acerca de filosofía de la estética y la moral, empleando la sutil mordacidad con los presupuestos discutibles que abundan en la obra de autores como Kant (véase la soberana memez del “imperativo categórico”) o el alemán Gothold E. Lessing. Asimismo, enfoca una de las verdades universales para cualquier buen degustador de los placeres de la creación artística, esto es, que el placer contemplativo es estético, fuera de moralinas absurdas, y que lo bello no siempre va a coincidir con lo que consideramos bueno. En cuanto a Suspiria de profundis, pocos textos conozco que lleven a cabo un análisis de los estados anímicos enfocado bajo pensamiento abstracto de una manera tan inquietante y preclara. Tocando los umbrales de la locura y sus íntimas relaciones con los mundos oníricos, tanto naturales como inducidos, este ensayo supuso un inmejorable material para que el cineasta italiano Dario Argento pergeñase una de las grandes películas de terror de la historia del cine; Suspiria (1977).

Thomas De Quincey, que pasó su vida dedicado a la adscripción del conocimiento y la erudición más variopinta, ejemplificó un espíritu sensible como pocos, fue enemigo jurado de la vulgaridad pedestre y de la pereza mental y en su obra no cabe duda de que se aúnan felizmente los componentes de lo fantástico y lo grotesco, el pensamiento más lírico y la paradoja lúdica. Desde aquí hago llegar mi incondicional admiración por el que considero, con justicia, uno de los mejores prosistas de la literatura inglesa.


Del asesinato considerado 
como una de las Bellas Artes
Alianza
J.F. Pastor Pàris
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