Cine negro español: El crimen de la calle Bordadores (1946)


Edgar Neville ofrece un alegre canto a las calles y a las gentes de Madrid


De raíz popular y alejado
de oficialismos


No sé si son razones ideológicas o simple ignorancia quizá ambas cosas lo que lleva a algunos a afirmar que la cultura española durante el franquismo era prácticamente inexistente, un vasto desierto asperjado por alguna que otra gota de talento. Cuando oigo esto siempre recuerdo aquella frase de Orson Welles en El tercer hombre: “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y ¿qué tenemos? el reloj de cuco”. En España, sin entrar en inútiles comparaciones y ateniéndonos sólo al celuloide de los años 40 y 50, tenemos a Rafael Gil (El clavo, La calle sin sol), Nieves Conde (Surcos, Los peces rojos), Saénz de Heredia (Los ojos dejan huellas, Historias de la radio), Antonio Román (Los últimos de Filipinas, Pacto de silencio), Ladislao Vajda (Marcelino, pan y vino, El cebo), por supuesto Juan Antonio Bardem (Muerte de un ciclista, Calle Mayor) y Luis García Berlanga (¡Bienvenido, Míster Marshall!, Calabuch), y el que ahora nos ocupa: Neville.

          
entreverado de humor y
 diálogos codornizescos


Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, nació en Madrid en 1899. Aficionado al jockey, la caza y el submarinismo, escribió diez novelas, once comedias y dirigió veintiuna películas, entre las que destacan La torre de los siete jorobados (1944), película de culto basada en la novela homónima del mujeriego Carrere, La vida en un hilo (1945), El último caballo (1950) y Mi calle (1960).   
        
En 1928 viajó a EEUU como miembro del cuerpo diplomático pero en cuando pudo se marchó a Hollywood. Allí entabló amistad con algunas de las estrellas del momento era muy amigo de Chaplin, en cuya casa se reunían con frecuencia, convenció a Jardiel Poncela, López Rubio y Tono (Miguel Mihura no quiso moverse del Café Gijón) para que arribaran al desierto californiano, y allí escribieron y adaptaron guiones, supervisaron rodajes, diálogos, dirigieron alguna película, se aprendieron los mecanismos de la industria. Luego, de regreso a España, cada uno continúo su relación con el séptimo arte de distinta manera.    
        
El crimen de la calle Bordadores (1946) nos traslada  a un Madrid de finales del XIX, como indican las referencias a Isaac Peral y a Sagasta. Magistralmente ambientada con decorados y vestuario de la época, realizada con pulso narrativo, a base de flashbacks,  y con un final feliz, la película reúne en hora y media todas las características del cine de Neville. De raíz popular, alejado de oficialismos, muy adelantado para su época, entreverado de humor y diálogos codornizescos, su filmografía es un prodigio de sensibilidad e inteligencia, un alegre canto a las calles y a las gentes de Madrid, a esta ciudad que, como decía alguien, la construyeron el Marqués de Salamanca y un albañil de Jaén.

Lorenzo Rodríguez Garrido


España, 1946. Director: Edgar Neville. Guión: Edgar Neville. Fotografía: Enrique Barreire. Música: José Muñoz Molleda. Intérpretes: Mary Delgado, Manuel Luna, Julia Lajos y Rafael Calvo.

Esta crítica de El crimen de la calle Bordadores forma parte del dossier sobre "Cine negro español" que ha elaborado Equipo Prótesis. Dicho dossier fue publicado en papel, dentro de la revista Prótesis nº7, aparecida en primavera de 2012, dedicada a indagar en los orígenes de la novela negra española. Los interesados pueden pedir su ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.

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