Cine negro español: El cebo (1958)


Mucho antes que Guillermo del Toro, Ladislao Vajda se adentró en la mirada infantil para cruzar las fronteras de la inocencia


Una película visionaria, sí


Resulta todo un lugar común afirmar que una película se adelantó en el momento de su estreno a ciertas corrientes o tendencias que aún estaban por venir. Visionario es el palabro que define este fenómeno y que ha acabado por perder cualquier legitimidad a fuerza de usarlo en exceso. El cebo (1958), co-producción hispano-suiza-alemana dirigida por el nunca suficientemente valorado Ladislao Vajda es, sin embargo, de los pocos títulos de nuestra cinematografía que pueden presumir con justicia de una hazaña así. Mucho antes de que Guillermo del Toro hiciera de la mirada infantil y del mundo fanta-terrorífico una formula casi patentada, ya el film de Vajda aplicó la retórica de los cuentos de hadas a la estructura canónica del thriller policíaco; de la misma manera, dos años antes de que Psicosis y El fotógrafo del pánico prefiguraran las señas de identidad del horror moderno, El cebo supo hacer del arquetipo del asesino en serie, y sobre todo del uso de recursos cinematográficos puestos al servicio de su representación, el vector que diferenciaba esta película de otros títulos policíacos producidos en los años cuarenta y cincuenta no sólo en el cine español.


desde la lógica
 de los cuentos


Respecto a lo primero, resulta reveladora la estructura narrativa planteada por Vajda y sus guionistas, de una claridad expositiva encomiable, y que se confiere en su mayor parte al punto de vista del comisario Matei. Más allá del dilema moral que comporta emplear a una niña como cebo con que atraer al monstruo, El cebo narra el proceso (más enfermizo de lo que su puesta en escena da a entender) por el cual un hombre de mediana edad, celoso de su trabajo hasta el punto de haberlo convertido en el eje de su plácida existencia, debe adoptar los modos y maneras de un niño (o lo que es lo mismo, debe pensar como tal) para atrapar a un depredador que se nutre de ellos. De ahí ese falso ambiente bucólico, ese falso maniqueo que maneja la película, y esa dicotomía entre ogro (asesino) y héroe (comisario) que vertebran la trama, dado que todo se narra (estética y conceptualmente) desde la lógica de los cuentos.

En cuanto a la figura del asesino, sin duda uno de los iconos de mayor fuerza legados por el cine negro español, la representación que de él hace Vajda tiene, quizás, más de la película de Powell que de la de Hitchcock. Haciendo acopio de una honestidad cada vez más en desuso en el terreno del thriller, el artesano Vadja elude cualquier posible trampa, como la de mantener la identidad del monstruo en secreto hasta el último tercio, como sí hizo Sean Penn en su versión de la misma historia El juramento (2001). Así, ya en la primera mitad del metraje rompe el punto de vista del comisario para ofrecer al espectador un retrato del asesino en su (enfermiza) cotidianidad, limpio, sin coartadas narrativas, y precisamente debido a esa transparencia más aterrador que cualquier artificio. Decisiones como esta conceden a El cebo el estatus de pieza maestra que durante años se le ha negado, una de esas pequeñas lecciones de cine que apelan al viejo placer de contar historias antes que a cualquier consideración autoral.


Rubén Sánchez Trigos


España-Suiza-Alemania, 1958. Director: Ladislao Vajda. Guión: Friedrich Dürrenmatt, Ladislao Vajda, Hans Jacoby, José Santugini y Miguel Pérez Ferrero. Fotografía: Enrique Guerner. Música: Bruno Ganfora. Intérpretes: Heinz Rühmann, María Rosa Salgado, Michel Simon y Gert Fröbe.

Esta crítica de El cebo forma parte del dossier sobre "Cine negro español" que ha elaborado Equipo Prótesis. Dicho dossier fue publicado en papel, dentro de la revista Prótesis nº7, aparecida en primavera de 2012, dedicada a indagar en los orígenes de la novela negra española. Los interesados pueden pedir su ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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