Webcam. Olloqui

Olloqui es, básicamente, un enamorado de la cultura popular. Serie B, ciencia ficción, comics y novelas de todo pelaje… Algunos le conoceréis por su pasión por la música electrónica y el pop; en las dos últimas décadas ha formado parte de numerosas formaciones, de entre las que destacamos Criaturas Celestiales, Moscú o nO! Siguiendo la sugerencia de sus amigos de Prótesis, Olloqui se lanzó con desparpajo y bravura a narrar, a través de su sección El Cowboy Japonés, su amor por el pop y su vida en el extrarradio madrileño. Sin embargo, hay una actividad que Olloqui ha desarrollado en solitario, diríase de manera clandestina. Nos referimos a la creación literaria. A lo largo de 2013 saldrá a la luz su primera novela, ¡Malditos terrícolas! Y como botón de muestra de su prosa, ofrecemos este relato online, en el que voluntariamente se desmarca de todo lo que había escrito hasta la fecha...

Delicada belleza, mirada inocente
El tipo enciende su portátil, y la pantalla ilumina inmediatamente la oscuridad de la salita. Después de comprobar su correo y constatar que solo hay spam, se dispone a actualizar el estado en Facebook y poner varios «Me gusta» por compromiso a las estupideces que han subido algunos amigos. Tras cumplir con sus obligaciones sociales, entra en un portal de sexo que frecuenta. Allí lee con poco interés algunos relatos eróticos, se entretiene revisando los videos porno que han subido los usuarios en el último día, y finalmente echa un vistazo al apartado de fotos. Encuentra una sección en la que alguien ha colgado un reportaje de una chica de grotesca delantera, vestida de colegiala —aunque haga ya mucho tiempo que dejó atrás la edad escolar—, a la que dos enormes moles de músculo sodomizan sin piedad. El tipo nota cómo la polla se le endurece bajo los pantalones del chándal. Sigue curioseando por la página, hasta que advierte que en la esquina superior han colocado un banner que no había visto hasta ese momento. Anuncia una página de chicas que se exhiben por webcam: «Traviesas.tv».

Ávido de novedades, el tipo pincha en el banner. De inmediato, la página despliega su catálogo de jóvenes disponibles, en un largo escaparate de escuetas indumentarias y sugerentes poses. El tipo examina la colección de ventanas, hasta que se decide por una. La chica es morena, esbelta y menuda. Parece muy joven, y no tiene la pinta de putón en el ocaso de su hermosura que otras participantes atenúan con toneladas de maquillaje y obscenos gestos. Posee, además, una delicada belleza y una mirada inocente que contrastan con la sordidez de la página, cosa que al tipo le resulta aún más morbosa. Un formulario le exige el número de su tarjeta de crédito, y, una vez resuelto el trámite económico, la muchacha aparece por fin a pantalla completa. Es aún más guapa que en la ventana de presentación, y va vestida con una camisa de hombre entreabierta, por la que se adivina una lencería blanca de encaje. Está recostada sobre una cama cubierta por una colcha con motivos hindúes, repleta de cojines. Tras la cama, una pared azul pastel ha sido decorada con tules y gasas de colores suaves, en un raquítico intento de dotar a la escena de un aire lujoso o exótico. Al advertir que se ha producido la conexión, la muchacha sonríe a la cámara.

—Buenas noches, cariño —saluda musicalmente, con un acento que el tipo identifica con algún país del Este—. Soy Jade. ¿Cómo te llamas tú, mi amor?

El tipo inventa un nombre y lo teclea. La chica se acerca un poco a la cámara, y se humedece los labios con la lengua.

—¿Qué quieres hacer, cielo? —pregunta, ahuecándose el cuello de la camisa en un seductor gesto que, por lo que el tipo intuye, tiene perfectamente estudiado.

—Quiero que me enseñes esas tetitas tan ricas —teclea el tipo.

—No seas impaciente, cariño —la chica adopta un mohín coqueto—. No tengas prisa y verás qué bien lo pasamos los dos.

La chica se aleja un poco de la cámara, justo para entrar completa en plano. Está arrodillada sobre la cama, y la camisa le cubre escuetamente la parte superior de los blancos muslos. Se estira, desperezándose, y en la maniobra deja entrever un tanga a juego con el sujetador que se adivina entre los botones de la camisa. Sonríe de forma inocente y, con el dedo índice de la mano derecha, hace un gesto para que se aproxime. Luego se lleva ese mismo dedo a la boca, y lo chupa lentamente.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta la chica, y acto seguido, se gira dando la espalda a la cámara. Muy lentamente, se inclina hacia delante, levantando el culo en el movimiento, con lo que el tipo puede disfrutar de un primer plano de la parte trasera de su anatomía, sucintamente cubierta por el tanga blanco. El tipo comienza a sobarse la polla por encima de la tela del chándal.

—¡Venga, nena, no seas mala! —teclea.

—¿Qué es lo que quieres, mi amor? —pregunta la muchacha, girando la cara hacia la cámara mientras oscila el culo.

—Enséñame las tetas, por favor —suplica el tipo.

La chica vuelve a incorporarse y se coloca de rodillas con una perversa sonrisa en el rostro. Con premeditada lentitud, comienza a desabotonarse la camisa. Tras unos segundos que al tipo se le antojan interminables, permite que las mangas se deslicen brazos abajo. La camisa cae sobre la cama, hecha un rebujo. La chica arquea la espalda, acercando sus pechos, cubiertos por el sujetador blanco, a la cámara. Se humedece de nuevo los labios y entrecierra los ojos. Comienza entonces a acariciarse sobre la lencería. Sus dedos describen pausados círculos entre las puntillas.

—Hummmmm —ronronea la chica—. No te imaginas lo duros que tengo los pezones. ¿Te gustaría verlos, mi amor? Seguro que sí…

—Estás para comerte, preciosa —teclea el tipo, cada vez más excitado e impaciente. Se ha sacado la polla para masturbarse con comodidad. Los pantalones del chándal se resbalan por las velludas piernas, hasta quedar arrugados sobre los tobillos. Busca con la mirada el rollo de papel higiénico que tiene para estas ocasiones, y que debe andar por algún lado. Finalmente lo localiza sobre una silla, encima de un montón de ropa sucia. La chica, por su parte, ha cruzado los brazos sobre sus pechos y ha comenzado a deslizar los tirantes del sujetador, dejando los hombros descubiertos. Con sorprendente habilidad, ha desabrochado la prenda, quedando sujeta tan solo por sus muñecas. Por fin la deja caer, y cubre los pechos con sus manos.

—No me has contestado —dice la chica, con mirada traviesa, mientras abre un poco las piernas, haciendo que su sexo se marque en la ceñida tela del tanga— ¿Quieres verlas? ¿Quieres que te enseñe mis tetas?

—O^jnmnbmjbddsaiiiiiiiiii —intenta escribir el tipo con la mano izquierda, mientras se sigue masturbando suavemente con la derecha. Decide cambiar de mano, por el bien del entendimiento entre ambos, y vuelve a teclear—. ¡Siiiiiiiii!

La muchacha retira poco a poco las manos de sus pechos, hasta que tan solo quedan sus dedos cubriendo los pezones. Juguetea con ellos un largo rato, pellizcándoselos y trazando espirales con los dedos, pero sin descubrirlos del todo en ningún momento. Por fin separa los dedos lentamente y exhibe unos pequeños pezones, rosados y duros, que coronan unos blancos pechos algo más grandes de lo que cabría esperar de una chica tan delgada. Arquea la espalda hacia atrás, irguiendo el busto desafiante ante la cámara. El tipo se olvida del teclado y comienza a masturbase frenéticamente.

—Mira mis tetas —suspira la muchacha, arrastrando las eses. Va acercando los desnudos muslos a la cámara—. Te gustan, ¿verdad? ¿Te gustaría llenarlas de leche? Seguro que sí. ¡Dame tu lech…!

Un fuerte golpe interrumpe a la chica. El tipo, sobresaltado por el ruido, detiene su momento de autosatisfacción. La chica mira hacia su derecha, y la sonrisa se le congela en la cara.

El tipo solo tarda un segundo en descubrir lo que ha provocado la mueca de espanto que muestra el rostro de la chica: un hombre enorme ha entrado en la habitación, tapando con su espalda una porción del plano que muestra la cámara. Lleva el cabello rubio rapado, y por encima de la camiseta asoma la cabeza de un tigre tatuado en el cuello.

La muchacha ha comenzado a retroceder, hasta que su espalda choca contra la esquina de la pared. Al ver que no tiene escapatoria se encoge, intentando cubrirse los pechos con sus brazos. Mira al tatuado con una expresión de súplica, que no consigue esconder su pánico. El tatuado brama algo en un idioma que el tipo no entiende. Su voz es grave y rasposa. La chica da un respingo en la cama. Musita algo ininteligible, y comienza a gimotear. El tatuado vuelve a hablar, esta vez más alto y más enfadado. La chica intenta contestar, pero antes de que pueda articular una palabra completa, la mano del tatuado vuela hasta su cara. El brutal bofetón retumba distorsionado en los altavoces del portátil del tipo. El tatuado vuelve a gritar algo que parece el rugido de una bestia. La chica, desconcertada, ya no habla. Solo llora, e intentar cobijar su cuerpo desnudo bajo la colcha hindú. El tatuado brama una vez más, y se abalanza sobre ella. Comienza a descargar un puñetazo tras otro en la cara de la muchacha, que intenta cubrirse inútilmente con sus brazos, delgados y huesudos. La feroz paliza dura unos pocos segundos, tras los cuales el tatuado se vuelve a incorporar, jadeando. La chica está derrumbada sobre la colcha, con la cara hinchada por los golpes. De la boca y la nariz manan sendos hilos de sangre que manchan la cama. Llora y boquea como un pez fuera del agua. El tatuado gesticula y gruñe de nuevo. Repite una y otra vez una palabra que el tipo no entiende, pero que le suena a insulto. La muchacha, rendida y humillada se ha arrebujado sobre la cama. Masculla algo que parecen frases de clemencia. El tatuado salta de nuevo sobre ella, como un animal sobre su presa. Ambos se revuelven sobre la colcha, forcejeando. Durante unos segundos el tipo no puede ver lo que ocurre. La chica lanza un ensordecedor chillido inhumano. El tipo se revuelve en su silla. Tras unos instantes, el tatuado se incorpora de golpe y escupe algo viscoso y parduzco. Tiene la boca llena de sangre. La chica se retuerce, arrugando la colcha. No deja de gritar, y se sujeta la cara con las manos. El tatuado la agarra, obligándola a separar las manos, y el tipo ve lo que ha ocurrido: el tatuado le ha arrancado un pedazo de la mejilla con los dientes. Bajo el ojo izquierdo de la chica cuelga un coágulo gelatinoso, que oscila con su llanto. El tatuado desaparece del plano, pero vuelve al momento. Lleva un enorme cuchillo en la mano derecha. Agarra a la muchacha del pelo, obligándola a incorporarse. La cara de ella indica que ha entrado en un estado de semiinconsciencia. El tatuado levanta la cabeza de la chica y desliza con limpieza la brillante hoja del cuchillo por su garganta. La chica abre mucho los ojos, como si de pronto fuera consciente de lo que la está ocurriendo. Del tajo horizontal brota una cortina de sangre, que se desliza pecho abajo hasta formar un charco en la colcha. La chica intenta decir algo a la cámara, pero solo consigue emitir un extraño gorgoteo. Se desploma sobre la cama, boca arriba, mientras continúa desangrándose por el cuello. El tatuado limpia el cuchillo con la colcha, sin mirar a la muchacha, y se va. Suena un portazo fuera de plano. La chica, sobre la colcha empapada, se convulsiona cada vez más lentamente, hasta que se detiene, rígida y silenciosa, con los ojos velados vueltos hacia la pantalla, donde el tipo la sigue contemplado.

El tipo cierra la página, desconcertado. Apaga el ordenador y camina por el pasillo hasta su habitación, arrastrando los pies. Decide que la primera cosa que hará mañana cuando se levante será enviar un reporte al administrador de la página. Resulta intolerable que en una página que se publicita como erótica emitan contenidos como el que acaba de presenciar.

—¡Si quiero ver asesinatos, ya conozco otras páginas! —exclama en voz alta, mientras selecciona una película porno de la polvorienta estantería.


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