Nuestro amigo común: Charles Dickens


Europa pasaba los días relajándose en sus spas. Dickens resultaba demasiado sentimental...

¿Dickens sospechoso de "popular"?

Es curioso lo que pasa con Dickens. Tuvo éxito y gran popularidad en vida. Incluso después de muerto le ha acompañado a su obra un considerable número de lectores. Y, ahora, cuando en el 2012 se cumplieron los doscientos años de su muerte, vuelve a estar de actualidad en el caso de que alguna vez la hubiera perdido. Parece que ahora todos nos volvemos a acordar de Dickens, como nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. El gran Dickens fue, además, uno de los precursores, junto a su amigo Wilkie Collins, de lo que ahora llamamos novela de detectives. Y curiosamente es la novela negra, durante la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos de XXI, el género literario que ha continuado ofreciendo una visión crítica de la realidad y de los conflictos sociales. Y también curiosamente, la novela negra ha sido despreciada y denigrada por los grandes gurús de la literatura como baja cultura. Quizá tenía demasiados lectores y este hecho le hacía sospechosa de «popular».


¿Había hecho demasiadas
 concesiones al público?


Qué acertada la lectura que hace Petros Markaris sobre la crisis en su novela, Con el agua al cuello. Ciertamente, todos somos responsables de lo que pasa, pero no todos en la misma medida, ni muchísimo menos. Todos estábamos dopados y deslumbrados por el consumismo, el dinero fácil, pero mientras unos se endeudaban para tener una casa y un coche, otros se enriquecían con los préstamos. Con una clase obrera y una clase media adormecidas por el consumo, el mercado, el intocable mercado, que tiene nombres y apellidos, comienza a convertir las finanzas en una versión más cruel y mafiosa que cualquier película cruel y mafiosa sobre Las Vegas.

Es evidente que no es lo mismo, por mucho que se empeñen los políticos y demás poderes de este mundo en culpar al ciudadano corriente por inconsciente y derrochador  Si ya en 1865, en Nuestro común amigo, Dickens mencionaba al opio bajo cuya influencia estaba la sociedad de su época para justificar la permisividad de los desmanes de unas finanzas sin control, quizá es que el mal no es una cuestión coyuntural de nuestra época, sino que esté en el mismo interior del sistema que se desborda cuando no está sometido a regulación.

Los años de apogeo del estado del bienestar coinciden con los años de mayor experimentalismo en la literatura, pensando sobre todo en la narrativa. Desde una perspectiva histórica, es lógico. Las necesidades materiales no sólo estaban cubiertas, sino que Europa pasaba los días relajándose en sus spas. Dickens resultaba demasiado sentimental, incluso «sensiblero».

Y su mayor e imperdonable pecado: había hecho demasiadas concesiones al público, decían los escritores que jamás hacían concesiones al público. Y cuanto más progresista y más de izquierdas, menos concesiones al público. Tanto nouveau roman y tanta atención al yo tenía que desembocar en pérdida de lectores. Se ha de ser Joyce para escribir sin signos ortográficos y hacerlo bien, como se ha de ser Kafka para hablar del absurdo de la existencia, sin provocar la huida en masa de los lectores.

Habría que plantearse la responsabilidad de la posmodernidad –como movimiento filosófico y de interpretación de la cultura del momento– en este adormecimiento social. Su defensa del pensamiento débil, su sobrevaloración de la parodia, es decir, de la utilización de la creación de otros para crear algo que efectivamente es distinto, pero está bajado una nota, como los cantantes de ópera que hacen trampa bajando un tono las arias que representan.
¿Y aún se preguntan por las razones del auge actual de la novela negra?

Debolsillo, 2011
Ángeles Salgado


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