El hombre de las sombras (2012)

Una cinta de pretensiones sociológicas que acaso interese por los temas que, de forma dispersa, apunta


Los niños desaparecen...


Una idea, una imagen, un ambiente determinado... A eso se deben reducir las buenas películas, según dicen los que saben de cine. Las películas que se convierten en verdaderos iconos poseen siempre un momento, un detalle, que sirve de almendra y motor para toda la historia, y que además, por su intensidad, contiene la fuerza del largometraje y sirve de epítome. La melodía que silba el asesino por las calles de Düsseldorf -M-; una casa destartalada, motor de las tragedias, en una población perdida de Estados Unidos -Psicosis-; unas niñas gemelas avanzando en triciclo por un pasillo interminable -El Resplandor-... Son solo algunos ejemplos de cómo el cine nos puede inquietar dando protagonismo a detalles cargados de significación.

colores desvaídos,
 ambientes deslustrados

En El hombre de las sombras, Pascal Laugier se ve incapacitado para generar un solo momento así, para conjurar la inquietud desde las imágenes. Seguramente, porque reducir su largometraje a una sola idea se antoja tarea ímproba. Más bien da la impresión de que el autor de la aclamada Martyrs (2008) no solo ha querido poner varias guindas al pastel, sino que ha cocinado varios pasteles para una sola función, columpiándose entre el terror de tintes sobrenaturales y la lección de sociología -ya sabemos todos que la letra con sangre entra-. Finalmente, la mezcolanza de temas y de ideas, ninguna de las cuales llega a buen puerto, acaban por situar la película en una extraña tierra de nadie, desde la cual, posiblemente no quede nadie para reivindicarla.

Quiero llamar la atención sobre el brillante comienzo de la película: el pueblo, azotado por la pobreza y la crisis económica, está al borde del delirio colectivo, porque están desapareciendo todos los niños. La imaginación popular vuela lejos, y no son pocos los que hablan de un nuevo hombre del saco. ¿Amenaza real o imaginaria? ¿Paranoia compartida o miedo justificado? En el ambiente claustrofóbico del pueblo renacen las viejas supersticiones, y muchos se dejan arrastrar por el miedo... La cinta no tarda en tomar otros derroteros, guardándose varios ases en la manga para confundir y enredar al espectador. Inciso: ese planteamiento sobre la génesis del miedo en el imaginario colectivo me hizo recordar Anatomía del pánico, una película escrita por Fernando Cámara que todavía NO existe por la falta de riesgo de los productores.

Laugier, que en tiempo fue considerado la promesa blanca del Nuevo Extremismo Francés, se descuelga, por tanto, con una cinta de pretensiones sociológicas que, más que interesar en sí misma, interesa por los temas que, de forma caótica y dispersa, va apuntando. Pero, insistimos, el cineasta no respeta lo más mínimo el pacto de ficción, incurriendo en puntos de vista parciales, y haciendo una presentación y desarrollo de personajes que llevan a engaño -de hecho, y una vez más, la cinta es más confusa que compleja-, y, por otro lado, si profundizamos mínimamente en el discurso que sostiene la película -expuesto de manera forzada y melodramática en un vis a vis en la cárcel- lo encontraremos delirante, disparatado dentro de sus pretendidas buenas intenciones...

Entretanto, destaca la excelente factura de la cinta, filmada en colores desvaídos, ambientes deslustrados, todo para mostrar un pueblecito azotado por la crisis económica, donde la gente sufre, donde los niños desaparecen... Lástima que el buen pulso conque se crea este ambiente no se vea acompañado por una narrativa fluida, una cadena de acontecimientos coherente... En definitiva, una historia.

David G. Panadero
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