Barrio perdido. Patrick Modiano


Domina la fantasmalidad de París bajo una prosa en blanco y negro

Modiano es misterio y pasado


Si bien sería exagerado, y reductor, calificar a Patrick Modiano como autor de novelas de estación, no es faltar a la verdad afirmar que, probablemente sin que lo pretenda, el formato de sus novelas se ha ido adecuando cada vez más a lo que se pedía de una novela de estación cuando los viajes en tren eran rituales y ceremoniosos, cuando la literatura de estación existía como un género en sí mismo, y no podía traicionar el deseo lector de procurarse un momento de misterio durante un lapso de transición, intermedio, dentro del misterio mismo de viajar de una ciudad a otra. Desde hace casi 40 años, Modiano es fiel a su cita con los anaqueles del otoño, y si el destino es Madrid, la novela de Modiano aparece en tus manos hacia las cinco de la tarde, en la estación de Austerlitz, con una persuasión que encierra su tonalidad propia, a la que es imposible resistirse. La novela se titula “L`herbe des nuits” y, en vísperas de una intervención del ejército francés en África, su lectura gana confrontada con la realidad: a su manera Modiano reescribe el Caso N`Gustro que dictó a Jean Patrick Manchette una de sus mejores obras. Manchette es febril y presente; Modiano es misterio y pasado. Domina la fantasmalidad de París, bajo una prosa en blanco y negro que reproduce los fuertes contrastes de Brassai, y el sabor del primer Louis Malle. Pero es la llegada a Madrid la que fantasmaliza aún más esa ciudad interna en la que viven la obra de Modiano y sus lectores: porque de pronto uno encuentra en el mostrador de una librería la cubierta de Barrio perdido, ilustrada maravillosamente en la edición de Cabaret Voltaire con una foto de Cartier Bresson, y apenas alejado del tren, se ve obligado a remontarse en el tiempo a otro viaje, un viaje 20 años atrás, hacia 1988, cuando Barrio perdido acababa de aparecer editado en Gallimard, y había acompañado un viaje en autobús desde Bruselas. En ese viaje de 20 años atrás había trabado contacto por primera vez con Ambrose Guise, trasunto literario de Jean Dekker, que en la novela abandona París hacia 1960 para ocultar su identidad y se instala en Londres bajo una piel nueva de escritor de novela negra, después de haber dado muerte a una mujer, por amor a Carmen Blin. Veinte años no habían borrado la tonalidad de la historia y los personajes, y del fondo del pasado afloraron las imágenes, tal como volvería a encontrarlas en una relectura: Jean Dekker, enamorado de Carmen Blin desde el momento en que decide convertirse en su “baggagiste”, el encargado de transportar su equipaje a París; su única profesión antes de convertirse en escritor. Es un equipaje del pasado para una persona de otro tiempo, y todo es intensidad en Modiano a la hora de envolver el mundo de Carmen Blin en una bruma de densidad proustiana. Escrita en 1988, la edición española de Barrio perdido en 2012 es un descubrimiento que no debería pasar desapercibido, porque es muy improbable que Modiano haya escrito otra obra con el mismo grado de emoción, casi sofocación. Sobre el retorno de Jean Dekker a París para reunirse con el editor japonés de su seria policial sobre el detective Jarvis, en medio de un verano agobiado de luz, y a la vez esquemáticamente abstracto, comienzan a acumularse las preguntas, el interrogatorio a un pasado sobre el que solo arrojan luz las actas policiales que la última superviviente de la época de Carmen Blin pone en manos de Dekker. Son papeles leídos frente a una pagoda japonesa que preside extrañamente el barrio de París donde se aloja: un barrio perdido y del que a través de unas actas policiales emerge también un mundo perdido, el de una época del cine francés que se asoma a su crepúsculo. Modiano da las claves suficientes para revivir el universo de Marcel Carné, de Jean Renoir, de Vigo, del celuloide donde podemos situar las primeras interpretaciones de Carmen Blin: un universo ahora en su momento crepuscular y que, como dice un personaje al narrador, está llegando a su final. Que ese mundo belle époque de entre guerras se cobra una vida antes de apagarse por completo, con sus escuderías de caballos de carreras, sus pamelas, sus palabras y sus gestos; que Jean Dekker es la mano ejecutora, es algo que late en la novela como una confesión que apenas logra emerger a la superficie, balbucearse a media voz. En último término, es la propia emoción del reencuentro con el pasado la que enturbia la evidencia del crimen, y a la vez le da forma, lo nombra: contrariamente a su personaje de ficción, Jarvis, Jean Dekker no puede delatarse: escribe su relato para ocultarse. Corresponde al lector oficiar las preguntas necesarias (“¿Quién es esa muchacha que aparece al final?”) para desentrañar que en la confesión de Dekker, puntuada de múltiples zigzagueos por los pasillos del pasado, se esconde un crimen, un crimen por amor a Carmen Blin. Y hay que llegar al fondo de esa pasión por Carmen Blin para entender que el crimen se produce en una especie de mundo paralelo, en el que las leyes de nuestro mundo poco tienen que decir. Jean Dekker, al fin y al cabo, se ha disuelto, ya no existe: era un francés aprendiz de escritor que se ha convertido en un escritor inglés de novela negra y se confiesa asomándose a lo que fue él mismo en otra época con un vértigo heredado de Graham Greene. El propio Modiano había entablado un contacto muy estrecho con el cine dos años antes de escribir Barrio perdido, como guionista de la película Lacombe Lucien de Louis Malle. Y del cine toma para Barrio perdido la metáfora más poderosa: la imagen del Citroën conducido por un viejo director de cine que noche tras noche circula por París, repitiendo un mismo trayecto, un trayecto de otro tiempo, por un París perdido, una vez más fantasmalizado, sabiamente perdido en su propio muelle de las brumas. 

De aquel viaje en autobús leyendo Barrio perdido, en 1988, recuerdo el paso por París bajo un sol de justicia, la compañía de la prosa de Modiano a través de las llanuras francesas con color a alhelí, a verano, y después las playas de la costa española, la visión de un enorme humedal a la entrada de Torrelavega, la voz de una chica holandesa todavía con el sopor del sueño, diciendo ‘moelijk’ (precioso) ante la visión de la ría. Ese moelijk ya no sería posible, porque la carretera ya no pasa por ahí: y la melancolía de Modiano tiene algo que ver con eso, son historias que transcurren en lugares del pasado junto a una carretera que ya no pasa por ahí (“boulevards de ceinture” para decirlo con sus palabras). La novela es también hermosamente autobiográfica por lo mucho que revela sobre Modiano como escritor: el extrañamiento proustiano como método, y la literatura como opción vital, o incluso como solución para un problema vital. Quizá por eso sea siempre un placer reencontrarle en la librería de una estación: constatar que al cabo de veinte años sigue ahí, que sus personajes siguen fantasmalizados en París, cubiertos de cuadernos de notas en los que figuran nombres, direcciones del pasado, intentando encontrar un sentido en el tiempo a través de esos nombres y direcciones de otro tiempo. Y que siempre habrá algún autobús, o algún tren, para novelas negras al viejo estilo como Barrio perdido, o L`herbe des nuits, apropiadas como lectura en vísperas de una intervención francesa en Mali.


Cabaret Voltaire, 2012
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Ramón García
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