En la casa (2012)

Cada nivel de lectura encierra otro, siendo En la casa una película efervescente, llena de sugerencias

¿Pequeñas mentiras o verdades a medias?


Cuando abrimos las puertas a la ficción, podemos acabar viviendo resultados totalmente inesperados. Da igual que todo sea verdad o mentira, hechos relatados de manera testimonial o engaños conscientes y voluntarios del narrador, porque la esencia de la ficción no es la verdad ni la mentira, sino la fascinación que llega a producirnos. Vayamos un paso más allá, y dejémonos engañar por unos instantes. Sigamos leyendo. Valdrá la pena si las pequeñas mentiras y las verdades a medias que se nos cuentan llegan a interesarnos. 

una tensión creciente
 a cada minuto

De hecho, el punto de partida puede ser gris e insignificante: un profesor de literatura cincuentón, que en su día publicó una novela y fracasó en el empeño de ser escritor, al que la vida le ha convertido en un intelectual melancólico. Huelga decir que no es el único que defiende un pasado idealizado, y que sufre literalmente cuando corrige los ejercicios de sus alumnos, donde no se habla más que de pizzas y teléfonos móviles. Pero compliquemos más el planteamiento: por esos azares de la vida que tan bien cuadran con la ficción, resulta que su mujer regenta una galería de arte conceptual, donde se exhiben obras que le despiertan repugnancia. Por supuesto, este matrimonio no tiene hijos, y no se tienen más que el uno al otro.

François Ozon no tarda en sacar la artillería pesada: una tarde cualquiera, tan aburrida como la anterior y la que está por venir, mientras el ilustrado profesor corrige las redacciones de sus alumnos, encuentra una que le resulta especialmente absorbente: el chico plantea un texto cargado de ironía con el que arremete contra la aparente felicidad de una familia de clase media. La familia de su mejor amigo, su compañero de clase por más señas.

De manera oblicua nos es presentado el joven estudiante (un prometedor actor llamado ErnstUmhauer), un chico de inteligencia sobresaliente que está creciendo en el seno de una familia disfuncional, cuya falta de empatía hacia los demás lo hace parecer un sofisticado proyecto de sociópata. Y precisamente intentará llenar sus carencias emocionales invadiendo la casa ajena, el terreno privado de su compañero de clase. No tardará en enamorarse de la madre de su amigo (una madura e interesante Emmanuelle Seigner), en la que verá tanto un fetiche erótico como una segunda madre.

La pasión por mirar -¿acaso no somos mirones todos los lectores, tan ávidos por escrutar intimidades ajenas?- devolverá la juventud al talludo profesor, que incitará al joven a seguir escribiendo más y más entregas sobre esa familia típica, que, vista a través de sus ojos, resulta digna de caricatura y burla cruel... Con tan ingenioso planteamiento -no dejemos de mencionar que la película adapta una obra teatral del madrileño Juan Mayorga-, François Ozon plantea un thriller donde, sin necesidad de armas blancas ni armas de fuego, se palpa una tensión creciente a cada minuto.

Ozon otorga un tratamiento fluido e imparable a la acción, sin dejar puntos muertos, constituyendo así un entretenimiento inteligente al que bien se podría aplicar el símil de las muñecas rusas. Cada nivel de lectura encierra otro, siendo En la casa una película efervescente, llena de sugerencias, de esas que darían pie a interminables -y contradictorios- debates. Pero sin perder de vista que, en un primer acercamiento, engancha y funciona como película de suspense.

Porque François Ozon no es precisamente un debutante, y demuestra soltura y oficio tras la cámara, como ya ha demostrado con títulos tan sugestivos como 8 mujeres o Swimming pool (La piscina). Por eso, porque tiene tablas, es capaz de cogernos por las solapas desde las primeras secuencias para no soltarnos hasta el final, fascinándonos con su inventiva, llevando hasta las últimas consecuencias el juego de la ficción, donde todo está permitido y nada es real.

David G. Panadero
Publicar un comentario en la entrada