No hay dos sin tres. Peter Cheyney

Para heterosexuales de sangre caliente

Un canto a la fuerza bruta.

Nada nuevo se puede decir sobre Peter Cheyney que no se haya dicho ya, de una u otra manera. Hasta tal punto es convencional este escritor británico de novela negra, que desarrolló el grueso de su carrera entre las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Sus novelas nos llevan por terrenos bien conocidos y deparan poca sorpresa. Aunque hoy en día nadie lo recuerda, quizás se acuerden de él los críticos de cine más completistas, porque Godard tomó como base a su personaje Lemmy Caution para el clásico del cine moderno Alphaville (1965). Personaje, por otro lado, protagonista de varias cintas policiacas que hoy en día tampoco se recuerdan.

las virtudes del soldado

La novela que nos ocupa hoy confirma la tónica que estamos comentando. No hay dos sin tres nos presenta un personaje, Nicolás Gale –me permito castellanizar el nombre porque he trabajado sobre una edición de Plaza & Janés que, en efecto, castellaniza nombres tal y como se hacía años ha–, que viene de combatir en la Segunda Guerra Mundial, donde ha demostrado su valía como hombre y como soldado. Y de vuelta a la vida civil, cuando se supone que va a sentar cabeza y pasar por vicaría, recibe el encargo de trabajar como detective. La cabra tira al monte: se implicará en un caso donde tendrá que vérselas con un homosexual depravado y unas cuantas mujeres bellísimas de moral dudosa cuando menos.

Como podéis ver, Cheyney ensalza las virtudes del soldado, del hombre, del detective que suelta puños, conformando un canto a la fuerza bruta muy del gusto de los lectores de la época. Su coetáneo Ian Fleming, creador de James Bond, lo dejó bien claro: "Escribo para heterosexuales de sangre caliente". Absténganse de leer, tanto a Cheyney como a Fleming, amantes de la exquisitez, el buen gusto, y la actual corrección política. Absténganse también de leer, claro está, a Mickey Spillane, quien junto con los dos citados, formaría un verdadero trío de la bencina.

Narrada en la consabida primera persona, que profundiza en las tribulaciones y dilemas del detective, la novela va profundizando en un caso de difamación –una joven dama de la alta sociedad británica se va a casar pero aparece en un periódico local aparece un libelo difamándola, cuestionando su honra–, donde, como suele suceder, nada es lo que parece ni lo que aparece.

Por lo demás, No hay dos sin tres incurre en otros vicios de la temprana novela negra, como el de dedicar los últimos capítulos a justificaciones y reconstrucciones aparatosas, acumulando fechas, nombres y circunstancias, para justificar el desenlace. La acción no se desarrolla con fluidez, y para introducir la sorpresa final, el detective ha de resumir sus investigaciones en unas cuantas páginas, por medio de monólogos cansinos y reiterativos.

Queda pues esta novela como reliquia, perfecto ejemplo de los bolsilibros que se escribían en otros tiempos, desde otras ópticas, cuando a las minorías no se las respetaba, la corrección política no existía, y la misoginia campaba a sus anchas. Un botón de muestra:

Yo pensé: "No discutas nunca con una mujer, mientras tengas un arma para atacarla". Y yo tenía un arma, en mi opinión...

En resumidas cuentas, de Peter Cheyney podemos destacar poco, a parte de su valor documental, de testimonio de épocas pasadas. Se trata de un escritor hoy en día casi completamente olvidado, cuyas obras están descatalogadas, al que sólo salvaría de la quema un afán nostálgico, de gusto por lo retro.

Plaza & Janés, 1984
(edición comentada)
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David G. Panadero




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