Lecciones de Sitges 2012 (II): Fantástico de limusina


¿Por qué sentirá uno en Sitges nostalgia de lo salvaje?

Cosmópolis: el corazón del capitalismo financiero

Recuperamos nuestra crónica del festival a partir del nombre donde la dejamos: David Cronenberg. Recuerdo el viscoso anticipo de la libertad de conciencia que de chaval me supuso el visionado con nocturnidad de Vinieron de dentro de..., oficiado por Joan Lluís Goas en su programa "Noche de Lobos"; el aprender el lenguaje de la Nueva Carne a la par que el latín con una feliz copia de Videodrome; o cabalgar el camino a la madurez en las imágenes de Crash a todas horas, día tras día. Sus recuerdos cronenbergianos, querido lector, seguramente serán muy distintos, pero a su manera habrá experimentado el desmantelamiento de su  andamiaje mental por aquel cine fantástico, una fiera que recorre la estepa de lo real ofreciendo consuelo en su mirada antes de devorarnos. ¿Por qué sentirá uno en Sitges nostalgia de lo salvaje?

Quizá porque en esta edición el propio Cronenberg sustituía en Cosmopolis dicha estepa por una metáfora-croma de la misma, una limusina que desfiló en procesión con la de la ganadora Holy Motors de Léos Carax. La sumisión a lo literario de la primera y el conservadurismo emocional de la segunda ponen trabas al pensamiento que desdicen la vocación referencial de ambas, no digamos ya cualquier adscripción al género que en el marco del festival pudiera sugerirse. Robert Pattinson y Denis Lavant se dejan llevar al corazón del capitalismo financiero y las entrañas de la ficción en imágenes, respectivamente; una pena que Cronenberg no siga el ejemplo de Carax y renuncie a a desviarla hacia su coto estético particular, realquilado desde hace tiempo a jóvenes talentos como los citados en la crónica anterior.

Jennifer Lynch en Despite the Gods


El palmarés asimismo consagró otra impostura otorgando el Premio Especial del Jurado a Chained de Jennifer Lynch, quien ya hizo saltar la banca  con Surveillance, sorpresiva ganadora de 2008 que no oscureció los méritos muy superiores de The Sky Crawlers (Mamoru Oshii), Vinyan (Fabrice Du Welz) o Eden Lake (James Watkins) en la misma edición. Para contar la historia de un chico encerrado por un psicópata durante su infancia, Lynch mezcla registros dramáticos y elementos de género en una coctelera deluxe —si algo tienen en común los títulos comentados hasta ahora es su cuidada factura técnica— y aprieta el botón. Las consecuencias de esta concepción artística abarcan desde su doble carambola en Sitges hasta el rodaje fallido en la India que relata Despite the Gods (Penny Vozniak), un interesante documental que da cuenta de la zozobra creativa y vital de la hija del director de Dune, aquel fracaso de su mentor no por casualidad muy presente para Jennifer. Pese a todo es justo reconocer el carácter personal de su usufructo de las convenciones de un género dado al mero refugio emocional para friquis, como denuncia la más whedoniana que revolucionaria The Cabin in the Woods (Drew Goddard).

Antiviral, la bestia rugiente de Sitges


Afortunadamente el retoño del otro David, Brandon Cronenberg, nos devolvió con Antiviral la bestia rugiente de Sitges en forma de cuento de ciencia-ficción de discurso enérgico, bellamente embridado en correajes de serie B. Su fotografía de hirientes contrastes y el uso opresivo del sonido remiten a los ambientes clínicos donde conviven la asepsia y la enfermedad, contradicción elevada al plano filosófico sin verbalizaciones grandilocuentes gracias al actor protagonista Caleb Landry Jones, cuya fisonomía deviene única efigie de lo humano donde éste ha sido reemplazado por lo Social. Su labor es equiparable a la de Elijah Wood en Maniac (Franck Khalfoun), ya que ambos filmes contemplan el fantástico como la última expresión del individuo y sus tensiones en una sociedad donde éstas deben enmascararse antes de la zambullida diaria en el maremágnum de interacciones virtuales. En el caso de Khalfoun —en evolución prodigiosa desde la mediocre P2 (2007)— y su remake del clásico de William Lustig de 1980, el casi continuo uso de perspectiva subjetiva nos encierra en una olla a presión donde los episodios de violencia van acompañados de frustración y dolor; la dificultad de lidiar con cualquier aspecto de la realidad se transmite así inmediatamente a la cámara, impidiendo la distancia condescendiente con el personaje. A diferencia del fantástico de limusina, el del caminante solitario tiende a salirse del encuadre, siempre de vuelta al páramo estepario.

Álvaro Peña

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