Lecciones de Sitges 2012 (I)



El terror no tiene forma



El spot anual de compadreo con los fans al que el festival de Sitges nos tiene acostumbrados alcanzó su mayor cota de sintonía en la edición de 2011, ya enfangados en la crisis hasta la cintura: "La realidad nos mata" constituía una invitación al escapismo en toda regla, reflejo de una programación modesta en lo que se refiere a cine de género, oportunamente auxiliada por autores tangenciales al mismo de la talla de Béla Tarr (El caballo de Turín), Nicolas Winding Refn (Drive) o Shinya Tsukamoto (Kotoko). Cuando el "Nuestros fans son difíciles de impresionar" de este año hacía temer una definitiva reclusión en caducos esquemas del fantástico devenidos exploitation, una serie de títulos —maltratados en algún caso por su proyección a horas intempestivas— hizo trizas los esquemas de esos aficionados en perpetua lactancia cinematográfica, conformando una cabeza de puente del fantástico como no veíamos en Sitges desde hace un tiempo.
Lo primero a reseñar es la madurez a la que la técnica del found footage se ha visto abocada. El flaqueo de Paranormal Activity 4 en la taquilla norteamericana parece dar el relevo a una autoría capaz de llevar el formato a nuevos límites; después de la tabla rasa que supuso la saga iniciada por Oren Peli y pasos intermedios como Apollo 18 (Gonzalo López-Gallego, 2011) o La casa muda (Gustavo Hernández, 2010), el ómnibus V/H/S deshace ataduras con el pasado y plantea cinco piezas de horror, unidas por una sexta (Tape 56), desde una radicalidad frontal. De entre ellas podemos destacar esta última, donde el talento de Adam Wingard para trasladar la atmósfera a las texturas de la imagen se multiplica en el soporte analógico que da título al filme; la dirigida por la figura del mumblecore Joe Swanberg —titulada (agárrense) The Sick Thing That Happened to Emily When She Was Younger—, que destapa el horror oculto tras el velo de enajenación que preside cualquier sesión de Skype; o la escalofriante Second Honeymoon de Ti West, quien después de sus incursiones necesariamente referenciales en subgéneros tan trillados como el satanismo (The House of the Devil, 2009) o los fantasmas (The Innkeepers, 2011), se atreve con una ficción más cruda en el filón infraexplotado de las dinámicas de la relación de pareja.
Wingard y West intervienen asimismo en la más irregular The ABCs of Deathcolección de 26 cortos con el tema común de la muerte, como el título indica. De ésta sobresalen el australiano Andrew Traucki  —sublimando el enfoque naturalista de sus filmes de bestias acuáticas Black Water (2007) y The Reef (2010) en dos elementos: el mar y su víctima— y sobre todo el japonés Noboru Iguchi, director estrella de la productora Sushi Typhoon, el cual aniquila con su salvaje humor cualquier viso trascendente de la película en su conjunto. No hay cabida, por tanto, para nostálgicos de Jörg Buttgereit, pese a que tanto The ABCs of Death como V/H/S guardan en común con el autor alemán su fuerte apuesta por el concepto por encima (que no en detrimento) de la puesta en escena, sin duda una de las corrientes más osadas de las que fuimos testigos en el festival.
The Tall Man, niños desaparecidos

Que el nuevo terror es reacio a los peajes en pos de dicha apuesta lo prueba The Tall Man, el regreso nada triunfal de Pascal Laugier a Sitges después de la brutalísima Martyrs (2008). En aquel entonces muchos críticos cortos de miras, entre los que me incluyo, nos apresuramos a adscribir a Laugier a la ola de Nuevo Extremismo Francés capitaneada por Alexandre Bustillo y Julien Maury (À l'intérieur, 2007), Xavier Gens (Frontière(s), 2007) y demás aporreadores de mesas de aquellos años. Nos equivocamos. Para entender el trabajo de Laugier les propongo un símil: ¿recuerdan cuando en Déjà Vu, del llorado Tony Scott, el agente Doug Carlin emprende la persecución de un criminal siguiendo su rastro en el pasado (gracias a un ingenio futurista) mientras hace en su vehículo el mismo recorrido por carretera en el presente? Análogamente, el cineasta galo traza una ruta inexorable hacia su tesis sin considerar las circunstancias que pudieran alterarla en el mundo real, tales como las reglas del género o las expectativas comerciales. Es por ello que The Tall Man, siempre en torno al grave tema de niños desaparecidos, comienza como un relato de terror de raíces ancestrales y termina como un drama social de esos para redondear con la cuota de cine en V.O. una tarde de café en Starbucks y sexo con causa. Ni su audacia ni su cuidada factura estética le valieron el perdón de críticos y fans, quienes despellejaron a Laugier a falta de una nueva ración de gore.
Otro insobornable muy esperado en el festival era Eduardo Sánchez, el verdadero talento (al menos a octubre de 2012) del tándem con Daniel Myrick que alumbró El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999). El autor de origen cubano que ya nos sorprendió con Seventh Moon (2008) sale airoso en Lovely Molly en una categoría tan difícil como el drama de horror, donde además mantiene su visión del mito como origen del fantástico ya presente en los dos filmes citados. Sánchez nos sumerge en la crónica del desmoronamiento psicológico de una mujer (brillante actuación física de Gretchen Lodge) que tras la mudanza con su marido a casa de sus padres se ve asediada por extraños fenómenos, acaso relacionados con un pasado traumático —una premisa similar a la menos interesante The Pact (Nicholas McCarthy), también exhibida en el festival. En apariencia la cinta menos original del director, su innovación consiste en la utilización formal de los mecanismos del subgénero de metraje encontrado (que tanto debe, de hecho, a El proyecto...) sin pertenecer realmente al mismo. El inteligente uso de tomas largas, la cámara flotante y los encuadres anormales le permiten desplazar el énfasis del sobresalto a la intensidad dramática; sin apenas percatarnos la película se nos hace minuto a minuto cada vez más difícil de soportar, hasta un desasosegante final fácilmente percibido como la consecuencia lógica de lo anterior.
Sinister, potente propuesta

Otra lógica diferente, la comercial, por poco se impone en el último tercio de Sinister, una potente propuesta de Scott Derrickson que afortunadamente salva los muebles en el balance final. Derrickson reedita su capacidad demostrada en El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, 2005) de componer breves set pieces de horror, casi instantáneas, y la hace explotar en breves interludios de (nuevamente) found footage insertos en una tópica trama de escritor con familia en casa encantada deudora de El Resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980). Más tierno y luchador que Nicholson/Torrance, Ethan Hawke echa el resto en su interpretación sentida de una crisis personal similar a la de Lovely Molly, puntuada esta vez por notables escenas de conflicto de pareja que aisladas bien podrían atribuirse a la filmografía de Woody Allen. Con la frescura que aportan estas singularidades, desde sus primeros fotogramas Sinister sugiere su vocación de caballo de Troya dispuesto a hacer saltar los engranajes del cine de terror desde dentro; de hecho, la buena acogida entre el público y la crítica indica que ya está dentro. Esperemos al anochecer...
The Lords of Salem, una obra de impacto

Donde la guardia pretoriana de las esencias del género se empleó a fondo fue en el pase de The Lords of Salem, recibiendo el último trabajo de Rob Zombie con silbidos y abucheos —¿habrá mayor motivo de orgullo en un festival cuyo público apenas tolera lo transgresor? Para describirlo podría aburrirles con los innumerables referentes cinéfilos y culturales a los que acude Zombie para contar esta historia de brujas y satanismo, o encuadrarlo académicamente en su ejemplar trayectoria como director. Todo esto tan necesario, y de lo que otros ya se han ocupado con más acierto del que yo sería capaz, para mí supondría traicionar mi percepción como espectador. Porque el impacto de esta obra única me previene de hablar de películas, sociología o cualquier otra influencia que oriente el debate hacia una cuestión de causalidad; en otras palabras, hasta un segundo visionado no me sentiré preparado para racionalizar la experiencia. Así que si me perdonan el arranque bloguero, creo que lo mejor será transmitirles mi estado de confusión y zozobra durante los créditos finales de la película, reventadas mis preconcepciones como un gato en el microondas. En los minutos anteriores, el fin del mundo: estética de videoclip con estética de cine, sustos que desconciertan en lugar de sobresaltar, la narrativa pegajosa —seminal— de un sermón evangelizador, el culo de Sheri Moon Zombie. Y sobre todo, la terrorífica intuición de que no es un farol. De que algo hay de cierto, quizá sin saberlo sus autores, en los cultos y amenazas primordiales de las mencionadas The Tall Man, Lovely Molly y Sinister; en The Barrens (Darren Lynn Bousman, 2012) y en Ahí va el Diablo (Adrián García Bogliano) —proyectada también en Sitges 2012. The Lords of Salem contiene todos estos filmes y muchos más, empeñados todos en expandir nuestra percepción de lo real hasta cohesionarlo con la mitología que subyace en el inconsciente... o en otra parte. Zombie ha fusionado los juegos expresionistas de su cine anterior con un impresionismo de rigor casi científico, y probablemente nos estemos situando demasiado cerca para apreciarlo, de igual manera que en nuestra vida diaria nos apegamos a las personas y a las cosas para protegernos de la devastación psicológica que acarrearía una visión panorámica de nuestro mundo.
Terminamos este repaso al nuevo terror que nos deja el festival —nos dejamos la irrelevante Compliance (Craig Zobel)— con otra exploración dramática de protagonista femenina, American Mary, que como The Lords of Salem abandona el naturalismo en favor de algo tan punk en los tiempos que corren como la composición minuciosa del plano. Las gemelas Jen y Sylvia Soska, autoras de Dead Hooker in a Trunk (2009) —desde ya laguna cinematográfica imperdonable para un servidor—, abordan mezclando desparpajo y rigurosidad las morbosas andanzas de una estudiante de medicina en el negocio de la cirugía plástica clandestina. Contrasta así la delicada paleta cromática de Brian Pearson con los tonos cómicos de la actriz principal Katharine Isabelle; el estilizado diseño de producción con las torturas y un gore de lo más cafre. Podemos bien tacharlo de cóctel para estómagos fuertes, bien considerar la nada remota posibilidad de que constituya una fiel traslación de la psique ¿compartida? de las hermanas Soska, en cuyo caso va siendo hora de que los fans del agotado David Cronenberg cedamos su trono a sus herederas (y herederos, como veremos en las siguientes entregas). En paralelo a otro tipo de hálitos renovadores, American Mary es la prueba de que todavía existe un cine de terror que sabe guardar las formas. 
Álvaro Peña

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