El monstruo de las narices. Roberto Malo

      

Jacinto se peinaba a conciencia ante el espejo del baño (era primavera), cuando creyó ver algo rojo que se movía en las ventanas de su nariz.
Sorprendido, se fijó en su reflejo y, fuera lo que fuese lo que le había parecido ver, desapareció.
¿Se movía algo dentro de su nariz? ¿Y el qué era? ¿Acaso un moco algo inquieto?
No, no; era rojo lo que había creído ver. ¿Un coágulo de sangre acaso?
Elevando el cuello, Jacinto se volvió a fijar en los orificios de su tabique nasal. ¿Había algo ahí dentro?
Sonrió al espejo, pensando que sin duda había sido una absurda visión, un falso reflejo, y siguió peinándose despreocupadamente.
Pero de pronto, sin saber cómo, sintió que algo caminaba sin pies por el interior de su napia. Alzó el cuello, alarmado, y volvió a observar con atención los dos agujeros. Y vislumbró algo rojo que se escondió apresuradamente en las profundidades de sus fosas nasales.
¡Dios!, ¿qué era aquello?
Sacó rápidamente un pañuelo del bolsillo del pantalón y empezó a sonarse con rabia, intentando expulsar a toda costa aquello que anidaba en su interior.
Se sonó con fuerza, varias veces, pero nada salió. Lo que fuera, se aferraba con tesón.
Desesperado, Jacinto hurgó con un dedo en su busca; y su dedo sintió algo, algo que se escapó velozmente, alejándose como un travieso y agitado moco. Hurgó asimismo por el otro orificio, buscándolo enérgicamente, metiendo el dedo todo lo que la nariz le daba de sí. Después se volvió a sonar con todas sus fuerzas, soplando briosamente por los orificios, sacando tormentosos huracanes de aire.
Pero todo era en vano. El ser rojo que habitaba en las cavernas de la nariz se aferraba a las paredes como una lapa.
Encolerizado, Jacinto tomó su cepillo de dientes. Con furia y determinación, lo metió por la parte que acaba en punta. Al hacerlo notó cómo el plástico del cepillo aplastaba algo en el interior de las fosas nasales.
¿Lo habría matado?
Jacinto se sacó el cepillo con sumo cuidado. A modo de respuesta, empezó a manar sangre de los agujeros de su nariz.
¿Sería sangre del monstruo rojo?
“Sí, lo he matado. He acabado con él”, pensó Jacinto con optimismo, mirándose en el espejo y apoyándose con las manos en el lavabo.
Pero de súbito sintió que algo escalaba velozmente por los conductos internos de su nariz.
Y entonces sintió su cabeza estallar. Y la sangre empezó a manar de sus ojos, de sus oídos, de su boca...
Horrorizado, se miró en el espejo, viendo su rojo reflejo; sus ojos veían todo escarlata.
Pero pronto dejaron de ver. Su cabeza cedió, explotando por mil puntos internos, y se derrumbó –doblándose su cuerpo como si fuera de papel sobre el espejo, quebrándolo con la frente y cayendo después al lavabo, llenándolo de cristales rotos y agua roja. Acabó tendido por fin sobre el suelo del baño, sintiendo que, aunque su vida se apagaba como la efímera llama de una vela, algo vivo seguía latiendo y agitándose en su interior.



Al cabo de dos horas, Jacinto se había desangrado por completo. Toda su sangre había salido ya al exterior. En el interior del baño no había ni una gota de sangre. Ahora, sus casi cinco litros de sangre avanzaban por el pasillo como una mancha compacta, deslizándose como una ola, como un mar, como un ejército rojo, guiados por un gran coágulo de sangre que parecía ser su jefe, sintiéndose felices, dichosos, libres ya de la cárcel de carne del hombre.
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