El fantasma. Ana Zarzuelo

No tienen sexo, ¿o sí?

Ella no sintió dolor cuando la bala la atravesó el costado. Sólo sintió quemazón, más que quemazón era ardor, un ardor que la impedía respirar. Ella lo miró, como quien mira a un fantasma, un fantasma de su familia, generoso y amable, alguien que la protegía.
¿Crees que lo he conseguido esta vez?, le preguntó la mujer. Él la respondió con voz dulce; amanerada: ambigua. No se sabía si él era un hombre o una mujer;  pero los fantasmas no tienen sexo, ¿o sí?
Ella sintió que él la acarició la cara, y sintió la frialdad de su beso en  los labios, y sintió...  En ese momento ella se dio cuenta que seguía viva.
Oyó el sonido de una sirena,  mientras percibía  la oscuridad que se cernía sobre ella, y el descanso. De repente sintió calor, dolor y una claridad que le molestaba la retina, como la propia voz del agente que indagaba sobre su vida: ¿Puede usted describir a la persona que la disparó? No, respondió ella, nadie me disparó, no había nadie en casa, sólo estaba yo y mi fantasma. Pero los fantasmas no existen, ¿o no? 
Publicar un comentario en la entrada