Estornudos. Roberto Malo


Tchissssssss...

Siendo sólo un niñito, Adolfito asombraba ya a todos con sus ostentosos estornudos. Cuando estornudaba, parecía que sacudiera a la tierra un terremoto. Era algo increíble. El estornudo resonaba como una explosión (más de una copa de cristal había estallado en mil añicos por el sonido), los objetos pequeños se tambaleaban ligeramente, como tocados por el seísmo producido, y de hecho poco a poco era capaz de tumbarlos.

Sus padres no se preocupaban en modo alguno por sus estornudos; no les parecía que fuese nada malo. (Además, el médico les había dicho que estaba perfectamente.) Más bien, se divertían con ello. “Estornuda, hijito”, le decían, “que vea este señor cómo sacudes todo”.

No fue hasta que cumplió veinte años cuando Adolfito –ya Adolfo- tomó conciencia de su poder, de su peligroso poder. Fue en una noche de abril, en el interior de un bar de mala muerte. Allí, Adolfo y sus amigos tuvieron una discusión con el camarero, y él con cierto enojo estornudó. Todos los vasos, copas y espejos del bar explotaron en pedazos. (No hace falta decir la cantidad de vasos y copas que puede haber dentro de un bar.) El estruendo fue impresionante, y todo el mundo se quedó boquiabierto, sin poder reaccionar. Entonces, Adolfo se echó a reír y se burló del camarero. Y el camarero, que era un auténtico gorila, salió de la barra y se lanzó a golpearle.

Adolfo era pequeño y delgado; no tenía nada que hacer contra él. O mejor dicho, tenía algo que hacer. Y lo hizo. Estornudó. Estornudó hacia el camarero, con todas sus fuerzas, como nunca había estornudado antes. El miedo y el odio le dieron las fuerzas suficientes. Fue como si soplara el dios del viento. El camarero salió despedido hacia atrás, volando materialmente, y se estrelló por fin contra la barra.

Todo el mundo permaneció inmóvil, sin poderse creer lo que veían sus ojos. El camarero había quedado tumbado en el suelo de la barra, completamente abatido. Mientras varios pares de ojos con bocas abiertas de asombro les seguían, Adolfo y sus amigos salieron tranquilamente del bar.

La noticia se propagó como la pólvora por todo el pueblo. “Lo tumbó de un estornudo”, decían todos. Esto le dio a Adolfo en qué pensar. Su extraña capacidad de estornudar le podía servir como medio de defensa. Sin embargo, también podría tener otros fines su poder. Sí, habría que pensar bien esos fines.

Por la noche tuvo un extraño sueño. Se aparecía ante él Thos, el dios bárbaro del viento que mataba a sus enemigos a base de estornudos, y le decía con aire solemne: “Dejo en ti mi poder”.

Adolfo se despertó en ese momento, resonando esas palabras en su mente. “Sí, tengo un poder”, pensó. Pero ¿cómo sacarle provecho?

Si Adolfo hubiera sido una mala persona, habría sabido qué hacer. Por ejemplo, entraba en el banco del pueblo y decía: “¡La pasta o estornudo!”. Y le daban todo el dinero, no cabía duda. Pero Adolfo era una buena persona: esos pensamientos no pasaban por su cabeza. Además, tenía que tener cuidado. Si estornudaba demasiado fuerte, él mismo se podría reventar los tímpanos por el sonido. Sí, tenía que pensarlo bien. Algo habría que pudiera hacer. Para algo le tenía que servir su poder.

Pero Adolfo, lamentablemente, era una persona sin imaginación, y nunca se le llegó a ocurrir nada. Murió al tiempo de un fuerte resfriado, en el que sepultó toda su casa sobre sí mismo, sin llegar a sacarle provecho a su maravilloso poder.
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