Vidas imaginarias. Marcel Schwob


Es un libro arrebatado de sentido de la maravilla y de la fascinación que produce la reinvención de vidas, quizás tan extraordinarias como las de cualquiera

    


Cuentan las crónicas –es decir, la Wikipedia- que Marcel Schwob (1867 – 1905) vivió el París del fin de siécle padeciendo la enfermedad de Robert Louis Stevenson, lo que le empujaba a buscar una existencia excepcional forzando los (estrechísimos) límites de la vida diaria hasta el patetismo y la bienaventuranza, que de ambas formas pueden entenderse, por ejemplo, sus sublimados amores con la sinpar Monelle o su disparatado peregrinaje a Samoa en pos de la leyenda de Tusitala.

No se preocupaba de la realidad de las cosas

Y, sin embargo, fue la literatura la vía de escape que permitió a Schwob escaquearse del zulo de la rutina y de la mazmorra del tedio. Aquejado de una enorme erudición en lo que se viene a llamar cultura clásica concibió, tal vez en una noche de desesperación y lucidez complicarla su sabiduría con la imaginación e intoxicarla de lirismo para narrar otras existencias probables -y quizás más veraces- de grandes, menores e insignificantes personajes de tiempos remotos para entregar a la imprenta, en 1896, la serie que tituló Vidas imaginarias.

El lector que acepte acercarse a este libro asistirá a breves notas biográficas (de apenas seis páginas escritas con prosa exacta e impregnada de evocación mítica y lirismo alucinado) que, ajenas a datos y despojadas de fecha alguna, desvelan existencias colmadas de pathos, ventura y providencia.

Así, a ese hipotético y juicioso lector, le será dado conocer de primera mano los destinos de Empédocles, el auténtico dios griego a quien “nunca se vio sino majestuoso” , cuyos gestos eran todos sagrados y que, entre otras maravillas “expulsó la fiebre en Selinonte haciendo que dos ríos vertieran en el lecho de un tercero y cantó versos de Homero sobre el nepentes que proporciona la insensibilidad” ; la razón del incendiario Eróstrato quien “en medio de la tortura comprendió que su alma era la más perfecta, y que había querido proclamarlo. No alegó más causa a su acción que su pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre” o los amores necrófilos de Séptima a causa “del desenlace fúnebre de la lucha entre Eros y Anteros” o los incestuosos de Clodia, la impúdica matrona a quien invadían la cabeza los estupros con su hermano Clodio a quien veía imberbe o femenino”.

No dejará de saber el lector sobre las andanzas insolentes e inimaginables de piratas quiméricos y delirados como William Phipps, el pescador de tesoros quien encontró un lingote de plata del tamaño de un guijarro de 300 libras en las raíces enmarañadas de un alga de plata; el refinado y cruel Capitan Kid “cuya bandera de seda negra estaba bordada con una calavera y una cabeza de cabrito” o el brutal Walter Kennedy, “cuya bandera era de seda negra. Con una calavera, un reloj de arena, dos huesos cruzados, y encima un corazón rematado por un venablo, de donde caían tres gotas de sangre”.

Averiguará el lector sobre la princesa Pocahontas, de verdadero nombre Matoaka, quien vestía “con un sombrero alto de fieltro, con dos guirnalda de perlas; una gran gorguera de encaje rígido, y sostenía un abanico de plumas. Tenía el rostro afilado, los pómulos salientes y grandes ojos llenos de dulzura”; la pintura de Paolo Ucello “quien pintó un fresco de los cuatro elementos y que dio por atributo al aire la imagen del camaleón que representó como un camello panzudo con la boca abierta” o el Gabriel Spenser, el prodigioso actor errante que nada poseía “sino está lentejuelas de cobre y estas piezas de camelote teñido”.

Es un libro arrebatado de sentido de la maravilla y de la fascinación que produce la reinvención de vidas, quizás tan extraordinarias como las de cualquiera, a condición claro de que fueran regurgitadas por alguien como Marcel Schwob cuya literatura, para desdén de fidedignos y desprecio de notarios, bien pudiera definirse así : “No se preocupaba de la realidad de las cosas, sino de la multiplicidad y al infinitud de las líneas; de suerte que hizo campos azules, y ciudades rojas, y caballeros vestidos de armaduras negras sobre caballos de ébano de boca incendiada, y lanzas apuntadas como rayo de luz hacia todos los puntos del cielo”.

Thule, 2005

Luis de Luis
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