Los aprendices. Rebeca Murga


una lectura paciente de Los aprendices nos hará ver que su interpretación en clave de metáfora nos puede llevar más allá que la lectura literal

La infancia y sus límites

Los que leemos novelas de género estamos (mal)acostumbrados a encontrarnos, cada vez más, con títulos “pasapáginas”, escritos con prisas para ser leídos con prisas. Da igual el calado de la obra o las reflexiones que pueda suscitar; lo más importante es llegar cuanto antes al final para, lo antes posible, desentenderse y pasar a otro título.

El aprendizaje vital va paralelo a
 la corrupción moral

En medio de este frenesí, aparecen obras que invitan a una lectura reposada, como la presente de Rebeca Murga, Los aprendices, una novela taciturna que bien se podría definir como el viaje iniciático hacia ninguna parte de un grupo de niños criados en la miseria.

Porque son los niños los protagonistas absolutos de estas páginas. Aunque la ternura que pudieran inspirarnos se transformará rápido en inquietud. Murga ha escrito una novela que tiene no pocos puntos en común con títulos como La noche del cazador, El señor de las moscas o El espinazo del diablo. Así, los aprendices de la vida han de traspasar las fronteras de la inocencia para llegar a ser maestros. Y para conseguirlo, valga la redundancia, deberán asesinar al Maestro. El aprendizaje vital va paralelo a la corrupción moral.

De hecho, una lectura paciente de Los aprendices nos hará ver que su interpretación en clave de metáfora nos puede llevar más allá que la lectura literal. En efecto, todos los elementos vienen a reforzar la metáfora: el escenario único de la narración, La Casona, un centro de acogida “que destila sobre ellos toda su frustración de casa abandonada; una húmeda pena que les provoca fiebre, tos, diarreas y la sensación de que el invierno es demasiado largo”.

Narrada desde la inmediatez del presente, la novela nos aboca, sin solución de continuidad, a un futuro inmediato desconocido. Todo apunta a subrayar una idea: en medio de la miseria sólo hay una forma de medrar, que es la fuerza bruta. Los niños pasarán a ser adultos comportándose como tales, mediante una feroz, vertical e inhumana competitividad.

Atmósfera Literaria, 2012

David G. Panadero
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