Lo peor que le puede suceder al marido. Roberto Malo


    

Se podría decir que Sara y Jaime formaban un matrimonio feliz... si no fuera porque Jaime era demasiado celoso.

Jaime era demasiado celoso porque Sara era demasiado coqueta. Sara era demasiado coqueta porque era demasiado hermosa.

Jaime estaba obsesionado con la idea de que Sara se la pegaba con otro. Y no lo podía soportar.

-¿Hay otro hombre? –le preguntaba temeroso.

-¡Claro que no! –respondía ella, tronchándose de risa.

Jaime aborrecía que ella se burlara de él. No aguantaba que les sonriera a sus amigos, detestaba que hablara sola con otro hombre y, sobre todo, no toleraba estar sin ella. Estaba convencido de que le engañaba, pero no había ninguna prueba, ningún miedo en la expresión de ella, nada que le hiciera dudar de su fidelidad.

-Sin duda, es muy lista –se decía él.

Estuvo a punto de pagar a un detective para que la espiara, pero no lo hizo porque pensó: “¿Y si me la pega con el detective?”

Desconfiaba incluso de sus mejores amigos. “Ésos son los que más posibilidades tienen”, se decía.

Desde luego, el matrimonio lo había cambiado. Su carácter, antes alegre y tranquilo, se había transformado en nervioso y gruñón. Y debido a sus continuos enfados y celos, que como todos saben no traen nada bueno, empezó a sufrir unos terribles dolores de cabeza.

A consecuencia de esto, el médico le recetó reposo absoluto, lo que agravó todavía más su dolor de cabeza, pues al tener que estar constantemente dentro de la cama no podía controlar a su mujer.

-No me dejes solo –le decía, simulando estar peor.

-No te preocupes, aquí estaré –lo consolaba ella.

Sin embargo, una desgraciada mañana se despertó y vio que ella no estaba en la habitación. La llamó a gritos, como un loco, y se dio cuenta de que ella no estaba en casa. Encima de la mesilla de noche había una nota que decía: “Me voy a ver a mi madre, que está muy enferma. Volveré mañana sin falta. Cuídate, cariño”.

Jaime se sintió morir.

“Mentira. Estará con otro, aprovechando que estoy enfermo”, pensó, “Será zorra...”

Al pensar esto sintió odio, sólo odio. Y su cabeza ardió de manera increíble, formándose un calor craneal impresionante, tremendo, que se acentuaba en dos puntos, uno a cada lado de la cabeza.

Se levantó trabajosamente de la cama y se miró en el espejo. Se habían formado dos diminutos bultitos en la cabeza.

Acongojado, pasmado, se desmayó.

Cuando despertó, la cabeza le seguía ardiendo. Se levantó del suelo y se miró en el espejo de nuevo. Los bultitos habían aumentado de tamaño y habían adoptado una forma apuntada.

-¡Me están saliendo los cuernos! –gritó asombrado-. ¡Esto es la prueba! ¡Mi mujer me engaña! ¡Soy un cornudo, un asqueroso cornudo!

Se maldijo y la maldijo desde el fondo del alma, una y otra vez, una y otra vez. Después, se calmó un poco y comenzó a pensar qué hacer.

“Bueno, pero aun así necesito una confirmación... Quizá...”

Tomó su agenda y buscó el teléfono de un vidente o un adivino o algo así que le habían recomendado en una ocasión. Nunca se había atrevido a llamarlo, por miedo a que le confirmara sus suposiciones, pero ahora las cosas habían llegado demasiado lejos. Lo llamó por teléfono y le rogó que acudiera cuanto antes.

Cuando llegó por fin el adivino, los cuernos de Jaime tenían un tamaño considerable.

-Siempre sospeché que mi mujer me engañaba –se apresuró a decirle mientras le hacía pasar-. Ahora, como puede ver, me han salido los cuernos...

-Dios mío... –dijo el adivino con un hilillo de voz.

-Quiero saber cuándo y cuántas veces me ha engañado –siguió diciendo Jaime, casi exigiéndolo-. Y sobre todo: con quién me ha engañado.

“Lo mataré”, pensó Jaime para sus adentros, “lo mataré si es necesario”.

-De acuerdo –accedió el adivino, conforme, como si pedidos así se los hicieran todos los días-. Lo intentaré.

Se sentó en la cama plácidamente, acarició las sábanas con delicadeza extrema y cerró los ojos como si se estuviera concentrando. Jaime le dejó hacer, se acercó al espejo y se tocó con las yemas de los dedos las puntas de sus cuernos.

El adivino se estremeció de pronto y abrió los ojos.

-Lo he visto claro –empezó a decir.

-¿Qué? –preguntó Jaime, sorprendido y ansioso.

-Su mujer... no le engaña –dijo el adivino temblorosamente-. Nunca le ha engañado. Los cuernos que le han salido se deben a otra cosa. Le han salido porque en usted se está reencarnando un demonio.

-¡Buf! –resopló Jaime, tremendamente aliviado-. No sabe el peso que me ha quitado de encima.
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