La sonrisa del león. Roberto Malo


Al traspasar la pesada puerta y la cortina negra del sex-shop, Vicky se dio cuenta de que no había sido una buena idea el ir sola a un sitio como aquél. El siniestro dependiente que regentaba el mostrador exento de clientes la atravesó con la mirada y sintió que todos los objetos de la tienda en penumbra se volvían hacia ella con cierto arrobamiento.

    


Vicky se ruborizó ligeramente y trató de no mirar la jungla de descomunales vergas, vibradores multiformes, revistas y películas pornográficas, vaginas artificiales y muñecas hinchables que había por todas partes. Infundándose ánimos (pero con pies de plomo) se acercó al propietario del sex-shop y le dijo en voz baja, apenas un susurro:

-¿Me da una caja de preservativos de colores?

El lóbrego dependiente, alto y de unos cuarenta años, dejó escapar una risita muy poco profesional.

-¿De qué colores? –escupió mientras calibraba a la chica de arriba abajo.

-Bueno..., da igual –acertó a decir, sintiéndose acosada visualmente-. Son para mi novio... –aclaró dando un paso atrás mientras se rascaba una media con cierto nerviosismo y se maldecía por haber decidido comprar un regalo sorpresa a su novio.

-De acuerdo –accedió el dependiente, tras dejar pasar unos segundos.

Los ojos del dependiente brillaban como los de un dragón hambriento. Hizo como si buscara lo pedido entre el mostrador, sonrió tétricamente y pulsó un botón rojo.

Bajo los pies de Vicky el suelo se abrió de golpe, y la chica cayó sin remedio al vacío.



Cuando Vicky despertó, un buen rato después, se dio cuenta al momento de que estaba completamente desnuda: el frío la despertó. Estaba tumbada boca arriba sobre un suelo arenoso y sentía algo entumecidas las nalgas y las costillas. A duras penas se incorporó y advirtió que se hallaba en el centro de una pequeña sala circular, que extrañamente se le antojó como una reducida plaza de toros, ya que el suelo también era de arena. Las paredes que la rodeaban eran negras y en su parte superior había un pequeño y oscuro cristal por el que le pareció ver la silueta de un rostro humano. Un rostro humano en cada cristal, en cada pared del octaedro en el que se hallaba. Se tapó instintivamente su cuerpo con las manos y el odio y el aturdimiento la invadieron. Estaba siendo observada por hombres anónimos. Estaban viéndola desnuda en el maldito sex-shop. ¡La habían secuestrado, desnudado y mostrado como un número erótico más! ¡Pues se iban a enterar! Cuando se encaminaba decidida y con furia hacia una pared, advirtió que uno de los lados del octaedro se abría de súbito como una puerta corredera, revelando una negrura sin nombre. Vicky titubeó y se acercó a la puerta, pero de pronto se detuvo aterrada. La cabeza de un león, a la que le seguía todo el cuerpo, apareció por la puerta. Vicky palideció y dio un paso atrás, sintiéndose como una cristiana en los tiempos de Cristo; cuando vio que el fiero animal se lanzaba sobre ella, cayó desmayada.



Cuando Vicky se volvió a despertar, sintió que era violada enérgicamente por algún desalmado. Abrió poco a poco los ojos y advirtió horrorizada que era el propio león, el león que se había lanzado sobre ella, quien la estaba penetrando de forma salvaje; sus garras la aferraban con fuerza y su cuerpo se volcaba violentamente sobre ella; y no era un hombre con piel de león: era un león auténtico. Advirtió también que el león sonreía ostensiblemente –una mueca de satisfacción coronaba su untuosa boca colmada de dientes y colmillos-, y Vicky pensó, con absurda ironía dada la situación, que tal vez en verdad el león no fuera tan fiero como lo pintaban, o que quizás los leones disfrutaban más copulando que comiendo a sus víctimas.
Pero Vicky se equivocaba por completo, de cabo a rabo, pues de pronto la sonrisa del león se cerró sobre su cuello.



Los hombres anónimos, en su mayoría tras haber eyaculado de gusto ante semejante visión, se fueron apartando poco a poco de los cristales de las cabinas y se encontraron unos con otros en el exterior del sótano del sex-shop.
-Esto sí que es un buen espectáculo, un buen circo, y no los que veíamos siendo niños –comentaron entre ellos.
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