Desayuno en Tiffany´s. Truman Capote


       

Mucho me temo que –como la paloma de Alberti– Joaquín Sabina se equivocó, se equivocaba cuando trovó aquello de que  “las niñas ya no quieren ser princesas”. De acuerdo, quizás no quieran ser disfuncionales princesas Disney (maniáticas de la limpieza, alérgicas al polvo y a las manzanas como Blancanieves; morbosas fetichistas del calzado como Cenicienta o formidables haraganas de tensión desplomada como La Bella Durmiente)  y hacen bien.

Lo que no quita para que quisieran emular a Holly Golightly la princesa pop por excelencia, asociada para siempre -en eso que se viene a llamar el imaginario colectivo- por la imborrable figura, elevada para siempre a los altares del vintage  de Audrey Hepburn.

Como es bien sabido, Holly nació en 1958 de la pluma de Truman Capote, quien, en la novela corta Desayuno en Tiffany´s, relató con prosa precisa, deslumbrada, evocadora y un tanto irónica  las andanzas de una Madame Bovary del profundo Sur de los USA que se niega a suicidarse por nimiedades como que sus ilusiones la decepcionen y, tozuda y firme, prefiere fabricar una especie de decepciones ilusionadas que le sirvan de gasolina para recorrer las calles del Manhattan más hip, moderno y, a la postre, fabulosamente irreal.

De paso, por cierto, fascina irremediablemente a todo lector o lectora perteneciente a  cualquier generación  (moderna, post moderna, repost contemporánea, etc) que se arrime, sin anteojeras o resabios, a este maravilloso cuento de hadas pop.

Desagraciadamente, la infancia y la juventud están expuestos a influencias tan dañinas como nocivas y esas generaciones de impúberes que bien podrían haber escogido como ejemplar modelo de comportamiento a Holly Golightly en su encarnadura mortal  de Lady Hepburn, han optado por reflejarse y reconocerse en sus versiones contemporáneas: la versión  low cost  representada por la irritante Sarahyesi  (Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York); la versión LadyDienchoni bordada por la impagable Belén Esteban o la  versión indescriptible a cuenta del muy hábil y caradura Alaskaymario (tanto monta…)    

Solo cabe reconocer que, implacable, la raza degenera y  la civilización se derrumba. Nada podemos hacer salvo rezar:  Solo Santa Audrey que estás en los cielos ruega por nosotros tus admiradores y protégenos de toda impostora.  Amen.

Luis de Luis
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