Sombras sobre Berlín. Volker Kutscher

La Historia, así, a palo seco, es un puto koñazo y es mejor aliñarla con una vinagreta literaria que incluya un par de conspiracioncitas más o menos incomprensibles, unos asesinatitos más o menos truculentos, sus pizquitas de sordideces, desviaciones sexuales y atrocidades


Ni orteguea ni gassetea


El otro día dijo no sé quién una parida que, para no ser mía, no me pareció desacertada. Así el sujeto en cuestión, de cuyo no nombre no puedo acordarme, venía a decir que hoy en día la gente lee para acabar el bachillerato. Y no deja de tener un huevo de razón.

libro que no arranca, ni se gripa

No sé si se habrán fijado pero el público lector, escoge a menudo sus lecturas (sean del género que sean), con ánimo de sacar nota alta en selectividad ampliando contenidos o de recuperar, en septiembre, lo pencado en junio. Cuántas veces no habrán visto en librerías y bibliotecas a lectores y lectoras, de todo tipo pelaje o condición, escudriñando con fervor solapas u oteando con dedicación contraportadas mientras suena el zumbido de sus meninges restregándose al evaluar la conveniencia, oportunidad y, sobre todo, provecho a obtener de cada novela, elaborando razonamientos de esta textura o similar: “Esta está ambientada en la china mandarina. De eso no sé nada. Interesa”: “Esta otra sucede en el Paleolítico inferior; no lo dimos por un ataque de tos ferina del profesor. Me conviene”; “Y aquella de allí acontece durante las Guerras Boer, me cayó en Selectividad y me pencaron. Ya va siendo hora de ponerme al día...”

Cabe plantearse, con una cierta lógica, que este tipo de lectores haría mejor en agarrarse a un manual de historia para resetear las cuentas pendientes con su ignorancia, pero claro, la cosa entonces perdería toda la gracia y, sinceramente, entre ustedes y yo, la Historia, así, a palo seco, es un puto koñazo y es mejor aliñarla con una vinagreta literaria que incluya un par de conspiracioncitas más o menos incomprensibles, unos asesinatitos más o menos truculentos, sus pizquitas de sordideces, desviaciones sexuales y atrocidades, unos gramitos de crítica social, amor y lujo y unos personajes reconocibles –no pueden faltar el chico pobre y honrado, la pindongo de corazón de oro y la chica maravillosa que acabará por caer, irremediablemente, en brazos del primero– con quienes se identifica el sufrido lector mientras para que deambulen por la novela con mentalidad de socialdemócratas y/o liberal conservadores del siglo XXI.

En este sentido, Sombras sobre Berlín, la larga (eterna) novela (500 eternas páginas) del historiador metido a novelista Volker Kutscher, es modélica y ejemplar, cumple todos los requisitos anteriores y, a mayor abundamiento, está ambientada en un periodo histórico particularmente atractivo.

Quizás los más jóvenes del lugar no lo recuerden pero, años ha, Alemania no estaba gobernada por un matrona ahíta de chucrut jugando al aserejé con las Bolsas sino por señores con bigotes estrafalarios que tenían a bien amenizar, cada cierto tiempo, la vida europea organizando un especie de Fallas reloaded a las que llamaban Guerras Mundiales. Y es en esa apasionante época, entre cremá y cremá, en la Alemania de entreguerras donde transcurre el tan profe como sional libro de Kutscher.

Es Sombras sobre Berlín, ya se ha dicho, libro modélico y ejemplar. Es libro que no tira, ni afloja;  libro que no pincha, ni corta; libro que no ramonea, ni cajalea, libro que no arranca, ni se gripa; libro que no mea, ni echa gota; libro que no orteguea, ni gassetea... es, en definitiva, es un libro que no.

Ediciones B, 2010
Luis de Luis
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