Sin hogar ni lugar. Fred Vargas

Unas novelas policiacas intimistas, a su manera comprometidas, e indudablemente personales

No hay posible vuelta al orden
Hace no mucho, un amigo me lanzaba una pregunta que, no por repetitiva, resulta menos comprometedora. ¿Cuál es entonces la diferencia entre la novela policiaca y la novela negra?, me preguntaba, esperando una aclaración escueta y rápida, algo con lo que salir airoso en cualquier tertulia. Quise responderle como me pedía, así que me saqué de la manga una explicación lo suficientemente gráfica, y me expliqué brevemente, sin abusar de su paciencia. 

En la novela policiaca, todos los esfuerzos se encaminan a desenmascarar al culpable, y una vez que se desvela su identidad, tiene lugar el merecido castigo a la vez que la vuelta al orden. Mi amigo escuchaba tomando nota mentalmente. Proseguí: pero en la novela negra, cuando se desenmascara al culpable, se descubre que la responsabilidad del delito es social, y por tanto compartida, y no hay posible vuelta al orden. 


los personajes, una panda de lunáticos


Pues bien, si nos ceñimos a esta explicación, veremos que lo que escribe Fred Vargas –como tantos otros en la actualidad– es más cercano a la novela policiaca clásica que al género negro puro y duro. Lo cual no quita méritos ni resta disfrute a la lectura. Lejos de las lecciones de sociología de un, pongamos por caso, James Ellroy, la Vargas nos ofrece unas novelas policiacas intimistas, a su manera comprometidas, e indudablemente personales.

Sin hogar ni lugar se desarrolla, en efecto, como una intriga policial clásica. Anda suelto un asesino de mujeres en París, y las sospechas recaen sobre un débil mental. La prostituta que lo educó, un grupo de historiadores y un policía retirado decidirán ocultarlo y protegerlo mientras tratan de descubrir al verdadero asesino, y ese policía retirado correrá con la investigación.

Contra todo pronóstico, son muchos los detalles que salvan de la rutina a esta novela de intriga, y la fuerte personalidad de la francesa acaba inundando las páginas de la novela. En primer lugar, llama la atención el humor estrafalario que impregna cada momento. Los personajes son casi y sin el casi una panda de lunáticos, y están magníficamente retratados, en especial, gracias a sus diálogos, a menudo enrevesados, llenos de malentendidos y retruécanos, y siempre divertidos.

Otro de los puntos fuertes de la novela reside en su clasicismo: a la hora de construir la investigación criminal, la Vargas hace que discurra ajena a los cauces oficiales. Por lo tanto, se mantiene al margen de toda la parafernalia acostumbrada de la policía científica, y recae sobre la capacidad de deducción de los personajes. Por este motivo, no hay trampa ni cartón, no hay ases en la manga, y dicha investigación se sigue con interés, de forma razonada, con la lógica como el único arma posible.

Punto de lectura, 2008

David G. Panadero
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