Las Crónicas del Sochantre. Álvaro Cunqueiro


Y será a una de estas huestes espectrales a las que se unirá Charles Anne para dejar transcurrir tres años de su vida “tomando gusto a aquel libre vagar y a gustar el día sin apremios”

Una Bretaña imaginada


Andando el tiempo Álvaro Cunqueiro contó que cuando escribió Las crónicas del Sochantre, dado que no conocía la Bretaña francesa, no le quedó otra que sacársela de la manga, extirparla de la pluma y exprimirla de la imaginación y, mira tú por donde que, cuando andando más el tiempo, tuvo la oportunidad de conocer la región comprobó –supongo que con perplejo agrado– que la Bretaña real en poco o en nada difería de la imaginada.

en 1959 también había zombies

A fe mía que la anécdota no solo es espléndida sino ilustrativa y definitoria de la literatura de Cunqueiro, un tipo que, allá por 1959, sorprendió a propios y a extraños ganando el Premio de La Crítica e irrumpiendo (para quedarse) en el rancio establishment de las Letras Hispánicas con las citadas Crónicas del Sochantre con las que aprovechó para desatar, en menos de 200 páginas, un caudal de invenciones, imaginaciones y lirismo para narrar la aventuras y desventuras, durante los primeros días de la Revolución francesa, de Charles Anne de Cruzon, un músico experto en tocar el bombardino, haciéndolo sonar “humano y sumiso”, mientras recorre las tierras bretonas “viciosas de caminos que hieren los vientos y las noches”; caminos por los que “andan fáciles y vigilantes pasajeros, gente de soterradas alamedas, finados vespertinos, fantasmas, huestes caballeras y ánimas redimiéndose de penas”.

Y será a una de estas huestes espectrales a las que se unirá Charles Anne para dejar transcurrir tres años de su vida “tomando gusto a aquel libre vagar y a gustar el día sin apremios” mientras se permite sentir que “nunca había sido tan joven”, ni “nunca había tenido el mundo tan obsequiosa y fácil novedad”.

Y será acompañando a la sobrecogedora mesnada -acorde de bombardino arriba, acorde de bombardino abajo- por vericuetos, trochas y senderos bretones -el músico tendrá ocasión de escuchar y Cunquiero de relatar las historias de amores contrariados, tratos con el diablo, muertes sin saldar y pecados pendientes que obligan a vagar a los espectros a la espera de poder “ir a mi tumba en el viejo cementerio, tan vecino del mar que en los temporales de marzo se suelen encontrar peces en los nichos. Y yo no quiero más que dormir, dormir, dormir...”

Y será junto a la tropa de no–muertos (si, ¿qué pasa? en 1959 también había zombies) con quienes el músico descubrirá las virtudes de la guillotina, enredará en artes sobrenaturales, tendrá tratos con el diablo (de nombre Ismael Florito) y con el mismísimo Judío Errante, participará en una representación delirada y delirante de Romeo y Julieta... y lo hará, tan maravillado y dichoso, como el lector que se conceda asistir a la verídica versión de su peregrinar afortunadamente vertida al castellano por el gran Álvaro Cunqueiro, a mayor gloria y beneficio de lectores no unicejos, esos que son perfectamente capaces de leer exclusivamente para disfrutar de la lectura; esos que circulan por ahí desprovistos de anteojeras, desarmados de pre y perjuicios e insuficientes de altura intelectual.

Mucho me temo que para ellos ¡Que se le va a hacer! es este extraordinario (en serio) libro.

Pues eso.

Luis de Luis 
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