El Imperio del Tecnopreboste I. La Perdición Fucsia. Fermín Moreno


Fermín Moreno sabe lo que se hace. Es narrador de raza y organiza una sólida trama como puntal y cañamazo imprescindible para sostener su caricatura de la novelística fantacientífica

No trata sobre Bill Gates


Acabo de conocer a Fermín Moreno vía su excelente narración “Señor del Moncayo” incluida en el volumen colectivo Nuevas leyendas aragonesas cuando, sin apenas solución de continuidad y por estas cosas que tiene la vida, encuentro frente a mis retinas La Perdición Fucsia, primer tomo de El Imperio del Tecnopreboste y primera novela del escritor, editada el pasado abril por Ediciones Nalvay, la exquisita editorial turolense, siempre infatigable en su quijotesco afán de publicar libros escritos con desdén hacia modas, rutinas o corrientes al uso.

se lo debe haber pasado en grande

Las señales previas no pueden ser mejores. Así que me abalanzo sobre el libro dispuesto a disfrutar como un gocho y, durante el tiempo que dedico a la lectura de sus más de 300 páginas, no paro de hacerlo de la cruz a la raya.

Y no, a pesar de lo que pudiera deducirse de su doble título, no es esta novela ni una oda a Bill Gates, ni un delirio gay. A ver, para que se vayan haciendo una idea cabal: el fucsia del título se refiere a un rayo zaser (si, con z) que derrama a, discreción, un arma de destrucción masiva capaz de fulminar -con la misma eficacia que el Cucal Tm. chinches– planetas de un ignoto, imaginado y pobladísimo sistema solar (iluminado por estrellas denominadas, por ejemplo, Globulina XVII).

A estas alturas de la reseña, el lector/a medianamente perspicaz ya habrá deducido que la novela de Fermín Moreno está encharcada de humor y, muy probablemente, haya empezado a fruncir el ceño ya que la sola mención de la existencia del humor en género tan riguroso como la Fanta–Ciencia suele horripilar a sus inflexibles aficionados, que gustan que sus mundos de Fanta estén impecablemente diseñados, con sus razas, castas, ciencias y guerras perfectamente delimitadas y que los culebrones e intrigas que los recorren tengan gravedad y circunspección extremas. Por otra parte, también se exige de esta literatura que las ucronías, distopías y utopías que -en su vertiente de Ciencia- se narren, sean firmemente constituidas, enhebradas y razonadas, además de cuantificables y expresables en ecuaciones, fórmulas, mínimos, comunes y denominadores.

Si a lo anterior se le añade la secular desconfianza del lector hispano –después de décadas de procesiones, santos inocentes y honores mancilladas– hacia todo lo que se tenga que ver con humor que no sea camilojoseceliano (“¡juasjuasjuas! ¡ absorbo una litrona de agua por la retambufa!¡juasjuasjuas!”) se comprenderá que La Perdición Fucsia despierte, cuanto menos, recelos.

Pues si ¡Que se le va a hacer! Esta novela es un libro de humor: lo que no significa que sea un amontonamiento de chorradas, una recopilación de sandeces o un florilegio de mamarrachadas.

Fermín Moreno sabe lo que se hace. Es narrador de raza y organiza una sólida trama como puntal y cañamazo imprescindible para sostener su caricatura de la novelística fantacientífica; algo que, por otra parte, solo se puede llevar a cabo con éxito si se conoce y aprecia (hasta la extenuación) lo parodiado.

Así, La Perdición Fucsia narra la historia de tres estudiantes que se ven envueltos en un viaje iniciático por unos mundos imaginarios desolados por guerras constantes e inacabables con las que lograrán acabar. Hasta ahí bien.

Otra cosa es que ese terceto de héroes con habilidades y dones complementarios que atienden por Viriato (un cachas inofensivo) ; Liver (un formidable descerebrado) y Clonch ( un “algo” indefinido que bien podría ser, por su aspecto físico, el hijo tonto de un Pokemon y un Blandi Blub) encuentren una (i)lógica digna de Hernández y Fernández a todo lo que les rodea, que la Universidad de la que provienen se llame Gomosa, que los mundos por los que transitan sean (en el mejor de los casos) hediondos y que su citado viaje iniciático sea un deambular atropellado y trastabillante por un camino que los protagonistas recorren perplejos, sorteando paradojas, esquivando dislates y brincando entre necedades, como unos Hermanos Marx guionizador por Robert Crumb y escritos por Quevedo; y es, especialmente en este último aspecto donde reside, a mi juicio, el gran triunfo de la novela, en la prosa –y ahí si recoge Moreno la gran tradición de la literatura española– abigarrada y barroca, elaborada y estrambótica, valleinclanesca, quevediana y cervantina que logra que cada línea sea un placer, cada párrafo una delicia y cada página un disfrute.

No ofenderé al autor diciendo que se lo debe haber pasado en grande creando la novela ya que, a pesar de lo que pueda parecer, el humor y la excelencia –sostenidos durante tres centenas de páginas– requiere seriedad, rigor y responsabilidad. Quede pues, entonces, para los lectores que se zambullan en esta Perdición... el disfrute y confórmese aquel con la satisfacción de haber logrado su objetivo de escribir un libro que no es, ni mucho menos, poco.

Por si fuera poco, no cabe olvidar las nueve viñetas de David Guirao que ilustran, inteligentemente, nueve secuencias clave de la novela creando un contrapunto en negro y gris, buscadamente plomizo, serio y – paradójicamente – melancólico que sienta a gloria a las descabaladas peripecias que abarrotan el excelente texto de Moreno.

Nalvay, 2011
Luis de Luis
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