A propósito de Letal como un solo de Charlie Parker

Compartiremos Martinis y risas con un encantador Dean Martin asqueado de Jerry Lewis; Intercambiaremos puños y pullas con un Wayne encañonado por su esposa; y tendremos el privilegio de asistir a un espectáculo privado con el gran Frank Sinatra

           
La trágica desaparición de la nunca suficientemente añorada Editorial Júcar, que hizo posible, entre muchos otros, el desembarco de Stuart Kaminsky a este lado del charco, hizo que los fans de su detective de estrellas Toby Peters nos viésemos forzados a releer una y otra vez las seis entregas que llegaron a nuestras estanterías de mano de Etiqueta Negra (pues la séptima, Jamás te cruces con un vampiro, no apareció en la legendaria colección coordinada por Paco Ignacio Taibo II, sino en Fórum).

chispeantes diálogos repletos de
 giros y expresiones yanquis

Siete novelas deliciosamente entretenidas, sin pretensiones intelectualoides ni delirios de grandeza literaria, que, no obstante, lograban encandilar al lector merced a su entrañable protagonista, sus magníficas tramas al más puro estilo hard boiled, y, ante todo, por los inolvidables cameos de las más grandes y variadas celebridades de la América de principios de los 40. Sirva como ejemplo, mi botón favorito: en una memorable escena de Judy, segunda entrega de la serie, Peters sospecha que un desconocido le anda siguiendo. Ni corto ni perezoso, el detective se esconde en un portal en tinieblas, y en cuanto la figura de su perseguidor pasa por delante, salta sobre él, descubriendo que su sombra no es ningún criminal deseoso de ajustar cuentas, sino un insignificante cuatro ojos que dice ganarse la vida escribiendo historias de detectives, un tal Raymond Chandler en busca de inspiración para su Marlowe.

Sencillamente impagable.

Otro tanto ocurría con la peculiar versión de Big Sleep del irreverente PGarcía , titulada El calzoncillo eterno, un auténtico disparate (en el mejor sentido de la palabra), donde el bello y muy privado detective Gay Flower, ayudará al mismísimo Humphrey Bogart a dar con un valioso calzoncillo extraviado en una larga noche de borrachera.

Lástima que las alocadas pesquisas del gran Flower nunca volvieran a situarse en la meca del cine.

Por eso, años después, en un vano intento por ahogar penas y ausencias, me eché al coleto el Trago amargo de F. G. Haghenbeck, novelita con más grados que argumento, donde cada uno de sus brevísimos capítulos se iniciaba con la receta de un cóctel y la acción era un cúmulo de borracheras y despropósitos sólo apto para renegados de Alcohólicos anónimos y cinéfilos fetichistas, provocándome una resaca de aúpa en menos de 200 páginas.

Resaca que no superaría hasta que, recientemente, llegó a mis manos la divertidísima y más que recomendable antología de relatos pulp protagonizados por el detective de Hollywood Dan Turner, salidos de la prodigiosa mente de Robert Leslie Bellem, que me hicieron recobrar la sed de sangre peliculera.

Si a todo ello sumamos la proverbial cinefilia y enciclopédico conocimiento que Javier Márquez posee del “Rat Pack” al que dedicó un ensayo en 2006, no es de extrañar que muchas fueran las esperanzas depositadas en esta su primera novela netamente negra.

Las Vegas, 1955. Dorothy Evans, una de tantas bellas aspirantes a actriz aparece muerta mientras participaba en el rodaje de El conquistador de Mongolia, un kafkiano western protagonizado por John Wayne donde el célebre vaquero interpretaba, ojos achinados incluidos, al mismísimo Genghis Khan.

Y, a fin de evitar que se desate el escándalo, su productora, propiedad del excéntrico multimillonario Howard Hughes, ha contratado a la empresa de seguridad de Larry Marvin, que encarga a su hombre de confianza en la ciudad, el antiguo mafioso Eddie Bennett, certificar que la defunción ha sido un mero accidente.

Y es que, pese a su impertinencia, cinismo y desmedida afición por las faldas y los cócteles, el legendario ingenio y don de gentes del Figura, apodo por el que Bennett es más conocido, lo han convertido en el mejor solucionador de problemas de la ciudad del pecado, a aquel a quien debes recurrir si no quieres disfrutar de un viaje con todos los gastos pagados a un confortable hoyo del desierto de Nevada.

Sin embargo, como pronto comprobará, el caso Evans hunde sus raíces en las más altas esferas del poder y le viene grande incluso a él.

Por suerte, Eddie contará con la inestimable ayuda de la bella y ambiciosa periodista Jane Baker, del último sheriff íntegro del estado y de un variopinto grupo de barmans-confites, que le ahorrarán más de un disgusto y beso de plomo.

Entretanto, disfrutaremos de los actos más exclusivos y las compañías más glamourosas del momento: compartiremos Martinis y risas con un encantador Dean Martin asqueado de Jerry Lewis; Intercambiaremos puños y pullas con un Wayne encañonado por su esposa; y tendremos el privilegio de asistir a un espectáculo privado con uno de los mayores iconos del siglo XX: el gran Frank Sinatra.

Aparte del carisma de sus personajes y su subyugante trama policial inspirada en hechos reales, sin duda, otro de los aspectos destacables de la novela es su espléndida ambientación: revistas, cócteles, casinos, La caza de brujas, los secretos de Estado, las secuelas de la guerra, la lucha por la igualdad racial… nada escapa al objetivo de Márquez, que hace gala de un estilo tan cinematográfico que parece un director mentalista filmando un clásico del cine negro en nuestro cerebro.

Otro aspecto que contribuye a (tele)transportarnos a aquella época es su lenguaje. Sus chispeantes diálogos repletos de giros y expresiones yanquis, sus metáforas y juegos de palabras con coches y personajes de aquel entonces, sin las habituales anacronías lingüísticas tan tristemente habituales entre nuestros autores, harán que creamos estar leyendo la traducción de un coetáneo en vez de la creación de un novelista patrio que, para más INRI, por aquel entonces ni siquiera había nacido.

Una obra más redonda que un rollo de película, que combina a la perfección la rigurosidad del documental y la diversión de una sesión continua con palomitas, tan letal que incluso fulmina al mítico Peters.

Así pues, devotos del noir, mitómanos del celuloide, dadle una oportunidad a Márquez Sánchez, y os aseguro que dejaréis de implorar a las editoriales que rescaten a Kaminsky del olvido para centrar vuestras plegarias en que el hispalense no tarde en regalarnos más aventuras de Eddie Bennett.

Salto de Página, 2012

Sergio Vera Valencia
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