Obituario. Carlos Pérez Merinero, contra casi todo el mundo


la cultura popular también puede ser una bomba de relojería
Se definía como terco y radical


Fue guionista de cine y novelista, destacando dentro del género negro, y él se definía como terco y radical. Para nosotros era un excelente amigo. Le conocí hace siete años; quería enseñarle el artículo que había escrito sobre su obra en la revista Prótesis. El título del texto era el mismo que el de este obituario, Carlos Pérez Merinero, contra casi todo el mundo. No tardé en preguntarle si le parecía excesivo ese titular, y él me dijo que me había quedado corto, “Sobra el casi”. Hace muchos años que apenas salía de casa. No conducía, ni montaba en metro o autobús porque decía, “¡que yo no viajo, hombre!” Por esa razón, no es de extrañar que le sorprendiera la muerte en la tranquilidad de su hogar, a los 61 años, cuando menos se la espera: un domingo por la tarde. El pasado domingo 29 de enero.

Carlos Pérez Merinero nació en Écija, la sartén de Andalucia, el 17 de octubre de 1950. Después de algunos viajes motivados por la profesión del padre, que era militar, acabó viniendo a Madrid a principios de los años setenta. Apareció en el momento más indicado, en plena efervescencia de los cine-clubes, cuando a Franco le quedaba poco tiempo de vida, y los estudiantes empezaban a salir a la calle a la espera de los cambios. De hecho, él formó junto con su hermano David y más amigos el cine-club Peeping Tom, de espíritu iconoclasta, que rompía los tópicos de la progresía de la época. Podían programar películas de Dreyer o Bergman, pero no se les caían los anillos por hacer una retrospectiva dedicada a Jerry Lewis.

En aquella época escribió incendiarios libros de cine junto con su hermano; recordemos sólo algunos títulos para ver cómo las gastaban: Cine y control, Cine español: algunos materiales por derribo… También colaboraron en revistas míticas de la Transición, como Posible o Cuadernos para el diálogo, incluso a veces usando el seudónimo colectivo de Marta Hernández.

Pero sin duda, si por algo ha pasado Carlos Pérez Merinero a la posteridad es por sus novelas negras. Empezó a publicar en Bruguera en 1981, con Días de guardar y El ángel triste, superando unas ventas de 10.000 ejemplares por título. Merinero contaba que en su día nadie se escandalizó con esas novelas; si acaso los propios colegas, los escritores policiacos, pues alguno de ellos le remitió cartas indignadas por el contenido de sus novelas. No es de extrañar que el hispanista Albert Buschmann bautizara como “sex & crime” el subgénero que forman sus novelas. Su última novela, La niña que hacía llorar a la gente, publicada pocos meses antes de su muerte, demostraba una ferocidad tan enconada como la de sus inicios, aunque también delataba el paso del tiempo y un cierto afán por la experimentación formal.

También debemos destacar su trabajo dentro del cine español. Trabajó como guionista en 19 películas, de las que destacan Amantes (1991) o La buena estrella (1997), y dirigió la iconoclasta Rincones del paraíso (1997).

Hoy sólo nos queda el recuerdo, que no es poco, y una obra para la posteridad que demuestra que la cultura popular también puede ser una bomba de relojería. Y nos llega la palabra con la que acaban todas las películas, y que yo ahora escribo. La palabra “FIN”.

David G. Panadero
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