Drive (2011)


El contraste entre la calma tensa y la violencia desatada se eleva a la milésima potencia, y se le saca todo su partido gracias a una puesta en escena ceremoniosa y lánguida

¿Pero qué me estás contando?

Recuerdo con simpatía aquella película de acción titulada Arma letal (1987). Me impactó la primera secuencia, de manera que ya iba toreado para aceptar de buena gana lo que viniera después. En esa primera secuencia, una chica que va drogada salta al vacío desde la terraza. Durante su larga caída no escuchamos nada. Todo es silencio. Un silencio tenso que nos prepara para un desenlace horrible. Por contraste, el estrépito que arma al caer resulta demoledor. El fuerte contraste entre el silencio y la tremenda caída es lo que me clavó a la butaca. Puede que la secuencia no fuese exactamente así, y que la chica no estuviera drogada, o que la hubieran drogado contra su voluntad. A estas alturas soy incapaz de recordarlo todo con exactitud. Ya decía que guardo un recuerdo agradable de esta película, y no me he atrevido a volver a verla, no fuera que ese recuerdo quedara sustituido por alguna sensación no tan positiva.

inesperada, sorprendente y efectista

Precisamente en Drive (2011), película de Nicolas Winding Refn que adapta la novela de James Sallis, el contraste entre la calma tensa y la violencia desatada se eleva a la milésima potencia, y se le saca todo su partido gracias a una puesta en escena ceremoniosa y lánguida. Resulta de veras tediosa y agobiante la vida de ese conductor a sueldo que, a cada paso que da, se acerca cada vez más al submundo delictivo. Tras una primera parte esteticista y reposada, que acompaña al conductor protagonista en sus paseos por la ciudad, irrumpen las secuencias más violentas que se puedan imaginar. Ese contraste hace que la violencia sea inesperada, sorprendente y efectista, en el mejor sentido de la palabra.

Sin embargo, durante más de un momento del metraje le aborda a uno la sensación de que las secuencias, perfectamente planificadas y resueltas, no están contando nada, obviando lo obvio. Queda una sensación repetida de melancolía y una estupenda ambientación, pero los personajes se antojan demasiado estáticos, y falta una historia que contar. Nos encontramos ante un ejercicio de estilo prodigioso que roza de forma peligrosa la vacuidad.

Terminada la película, puedo decir que he disfrutado, y no poco, pero –como ocurre en los títulos más flojos de Brian De Palma–, me da la sensación de que el truco ha sido demasiado evidente. Que no tendría mucho sentido volver a ver esta película, que he visto con la misma facilidad con que la estoy olvidando. En todo caso, preferiré guardar este recuerdo no del todo malo.

David G. Panadero
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