Carlos Pérez Merinero, el escritor que miraba por la ventana


¡Que yo no viajo, hombre!

Observar la vida a través de la ventana, escribir cada día y uno de esos días, apacible e inesperado, morir como si nada, sin transición dolorosa, sin solución de continuidad. Levantarse un día y sentirse mal. Algo no va bien, quizás en los días anteriores algo columbró, quizás. Pero ese día se sentía mal, tenía mal cuerpo, sin ganas, como abandonado. No parecía grave, un día flojo, pero se queda en la cama. La madre pregunta. No me siento bien, me levantaré más tarde. Al mediodía el malestar persiste. No le apetece comer, seguirá en la cama. A primeras horas de la noche, ha de ir al servicio. Se nota pesado, le cuesta pero llega hasta el cuarto de baño,  se sienta y ya no puede levantarse. Llama y la madre acude. Intenta ponerle en pie. No puede. Carlos está gordo, una gordura que viene arrastrando desde hace algunos años. La madre, más mal que bien le arrastra a duras penas hasta el pasillo y ahí, justamente, Carlos se derrumba. Cae, la cabeza hacia el comedor, los pies hacia el dormitorio. Está muerto. Son las 20,30 h. del 29 de enero, domingo.  En la calle José del Hierro de Madrid, barrio de Ventas. Había nacido en Ecija, en 1950.

Su cuerpo fue incinerado el lunes 30, a las 20 h. en el crematorio del cementerio de La Almudena. El jueves 9 de febrero en una iglesia cercana a su domicilio, se celebró una ceremonia funeraria según el rito católico.

Adiós Carlos. Ya no estás. Ya no estarás nunca.

 Nos quedan, claro, tus libros, tus estupendas  historias, unas publicadas y otras, aun en algún mueble de tu casa, la que compartías con tu madre y en la que, de vez en cuando, acudíamos a verte, a oírte, a intercambiar impresiones, a tomarnos un refresco y disfrutar de unas horas de calma, como fuera del mundo, aunque no de la vida. 

Pero  no quiero parecer uno de sus íntimos. No llegué a serlo; nos conocimos ya talluditos ambos y no nos dio tiempo. Así que no le conocí demasiado, pero hasta donde lo hice, fui un buen amigo suyo y tuve que ver muy directamente con la edición de tres de sus novelas, excelentes novelas: Razones para ser feliz, Caras conocidas y La niña que hacía llorar a la gente. Género negro distinto a todos, con auténticos personajes, bien escrito, lejos de la crónica de sucesos y de la apología policial, literatura, auténtica literatura, nada más y nada menos.

Nos apreciábamos y nos gustaba, como acabo de apuntar, pasar la tarde, junto a dos o tres amigos más, en el salón de su casa, charlando de esto y aquello o, parafraseando a Unamuno, contra esto, contra aquello y contra lo de más allá.

Hablaba de cosas simples, le gustaban las cosas simples, aparentemente banales, los detalles bien observados de la vida cotidiana; quizás porque a lo largo de los años había ido eliminando los temas superfluos, es decir, los que se consideran  importantes, los que, en definitiva, no llevan a ninguna parte más que a sentirse uno tontamente importante por la simpleza de hablar de ellos. La conversación con él  se desarrollaba siempre de manera sosegada, aunque se insultase a tal y cual personaje  pretencioso, y siempre quedaba uno compensado de haberse trasladado hasta su casa, quizás desde el otro extremo de Madrid.

Carlos salía poco y, durante sus últimos años, aun menos. Acompañaba a su madre al supermercado o a comprar cualquier cosa en la tienda correspondiente; una vez a la semana se pasaba por la librería más cercana del barrio, en su misma calle, a apenas doscientos metros…y  poco más. Si se le incitaba a alejarse de su domicilio, incluso para la presentación de uno de sus libros en el centro de Madrid, daba siempre la misma justificación: “pero si ya sabes que yo no viajo.” Vivía en un primer piso, tenía vértigo y para subir y bajar utilizaba el ascensor.

Merinero respetaba y amaba de manera excepcional a su madre, Aurelia. Llegabas a su casa y lo primero que te decía era “pasa a saludar a mi madre”; cuando te marchabas, “despídete de mi madre”. Cuando ya eras un visitante habitual, el ceremonial se repetía sin indicación alguna por parte de Carlos y a todos los que lo cumplíamos nos resultaba grato y familiar. Aurelia era y lo  sigue siendo, una mujer pequeña, delgada, amable, de sonrisa alegre,  lectora incansable, siempre sentada junto a la ventana de una pequeña habitación que da a la calle, repleta de libros, con el periódico del día entre las manos o con una novela que, una vez leída, comentaría a su hijo… La primera lectora de cualquier cosa medianamente legible que entraba en la casa era ella. Ambos, madre e hijo, solían llevar a cabo cada día dos actividades en equipo: el crucigrama y la sesión nocturna de cine televisivo, todo ello, me imagino, en un silencio familiar, entreverado por una intermitente conversación poniendo verde, por qué no, a quien se lo hubiera ganado con su propio esfuerzo.  

Merinero observaba la vida desde su ventana, en especial durante las mañanas.

Cierto día, en conversación telefónica, me dijo que estaba impresionado. ¿Por qué, le pregunté, qué ha pasado? Esta mañana, prosiguió, como siempre, he echado un vistazo desde mi ventana y he visto al carnicero de enfrente, también como siempre, abriendo  la carnicería. Ha llegado, se ha agachado y ha levantado el cierre metálico de dos impulsos. De dos impulsos, no de uno, de dos. Por primera vez en veinte años ha levantado el cierre de dos impulsos. Se está haciendo viejo, ¿comprendes? Y yo aquí, mirándole cada día, me estoy haciendo viejo, igual que él, perdiendo fuerza, también para mi han pasado veinte años.

Desde entonces, cada vez que le visitaba, no podía evitar mirar los azulejos de intenso colorido que adornan la carnicería. Nunca entré en ella ni quise nunca ver al carnicero, como si no quisiese envejecer. Sólo pensaba en cuántos impulsos necesitaría para levantar aquel cierre metálico que se me antojaba particularmente pesada, mas pesado a cada visita.

Desde entonces y para mis adentros definía a Carlos como el hombre que miraba la vida desde su ventana, un hombre singular y un escritor que pasaba las tardes en su mesa de trabajo, escribiendo a mano, ajeno a la informática y cuyo ordenador estaba vacío. Los cajones llenos, como su corazón y su cabeza y el ordenador vacío.

Ya sé que sesenta y un años, los que vivió Carlos Pérez Merinero, sin ser demasiados, dan para mucho y a él también le dieron para mucho, pero he querido hablar de mis impresiones más profundas, de esos últimos años en que su existencia transcurrió disciplinadamente atada a su mesa de escritor, sin preocuparse por publicar, dedicado a su madre y a unos pocos amigos y mirando la vida por una ventana en un barrio de Madrid

Manuel Blanco Chivite *

*Periodista y director de El Garaje SL, la última editorial de Carlos Pérez Merinero
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